Hay números que sirven para contar y otros que terminan contando cosas sobre nosotros. El 65, por ejemplo, parecía un número perfectamente inocente hasta que decidió instalarse en México.
Primero apareció en París. México terminó en el lugar 65 del medallero de los Juegos Olímpicos de 2024, con cinco medallas y ningún oro. Luego, como esos desconocidos que uno vuelve a encontrar en el elevador, apareció de nuevo en PISA. Lugar 65.
Naturalmente, una cosa no tiene que ver directamente con la otra. PISA mide competencias de estudiantes de 15 años y los Juegos Olímpicos miden algo muy distinto: la capacidad de unos cuantos seres humanos para correr, saltar, nadar, lanzar, golpear o resistir mejor que casi todos los demás habitantes del planeta. Comparar ambas cosas sería como comparar un termómetro con un reloj.
Pero ocurre que el termómetro y el reloj pertenecen a la misma casa.
Quizá el 65 sea una casualidad. Lo inquietante es la casa.
Siempre he pensado que ganar una medalla olímpica es casi tan difícil como ganar un Premio Nobel. No porque un velocista tenga que resolver ecuaciones mientras corre ni porque un físico nuclear deba entrenar el salto de longitud. Se parecen por otra razón: cuando llega el momento de la fotografía vemos a una sola persona, pero detrás de esa persona hay una multitud.
Antes del Nobel hubo una escuela, un maestro, una universidad, un laboratorio, años de investigación, recursos, colegas, errores y alguien que creyó que valía la pena seguir. Antes de una medalla hubo una familia, cancha, un entrenador, competencias infantiles, alimentación, médicos, instalaciones, viajes, derrotas y también alguien que creyó que valía la pena seguir.
El podio es individual. La fabricación del podio no.
Lo mismo sucede con un estudiante. Uno ve a un muchacho frente a una prueba y piensa que está midiendo al muchacho. Pero alrededor de él, aunque no aparezcan en el examen, están sentados sus maestros, su familia, su alimentación, la escuela a la que asistió, los libros que encontró, los que no encontró y hasta las decisiones presupuestales tomadas muchos años antes por personas que jamás conocerá.
Por eso quizá PISA y los Juegos Olímpicos no sean dos fotografías distintas. Quizá sean dos ventanas de la misma casa.
México no parece tener un problema de falta de talento. En el propio informe PISA, una enorme mayoría de los estudiantes mexicanos dice que le gusta aprender cosas nuevas, saber cómo funcionan las cosas y esforzarse cuando una tarea se complica. Sin embargo, apenas una fracción diminuta alcanza los niveles más altos de desempeño.
En el deporte conocemos perfectamente esa historia.
De vez en cuando aparece alguien extraordinario. Un campeón, una campeona, un atleta que vence al mundo y, con frecuencia, también al sistema que debía ayudarlo. Entonces lo llamamos orgullo nacional, ejemplo de superación o, con una expresión profundamente mexicana, garbanzo de a libra.
La expresión es reveladora.
Nos hemos acostumbrado tanto a la excepción que terminamos celebrándola como modelo.
Pero una política pública seria no debería dedicarse a producir garbanzos de a libra. Debería producir campos enteros.
Las grandes potencias no carecen de historias heroicas, desde luego. La diferencia es que alrededor del héroe existe una densidad de excelencia: buenos entrenadores, buenos maestros, competencia suficiente, instalaciones, ciencia aplicada, continuidad, evaluación y una estructura capaz de descubrir talento antes de que el talento tenga que descubrir por sí mismo cómo sobrevivir.
Ahí quizá se encuentre la relación más profunda entre PISA y una medalla olímpica.
No en el estudiante ni en el atleta, sino debajo de ellos.
Un país es también aquello que hace con sus capacidades. Puede encontrarlas, desperdiciarlas o convertirlas en excelencia. Puede hacer que dependan del azar o construir caminos para que lleguen lejos. Puede comenzar programas cada seis años o sostenerlos durante veinte. Puede confundir inauguraciones con procesos y discursos con resultados.
El estado de un país termina apareciendo en lugares insospechados.
Y uno empieza entonces a sospechar una cosa incómoda: que los países poseen una especie de calificación secreta. Nadie la publica y quizá ni siquiera exista, pero termina asomándose por todas partes. Se filtra en las escuelas, en los hospitales, en los laboratorios, en los estadios, en la calidad de una carretera o en el tiempo que tarda una oficina pública en resolver un trámite.
Quizá el problema del 65 no sea estar ahí, sino descubrir que empieza a parecernos familiar.
El país aparece en un salón de clases, en una pista de atletismo, en un laboratorio, en un hospital, en una orquesta. No de la misma manera ni con la misma velocidad, pero aparece. A veces tarda años en hacerlo, porque las instituciones poseen una peculiar lentitud: lo que se abandona hoy puede convertirse en fracaso dentro de una década y lo que se construye hoy quizá no dé una medalla hasta que quien tomó la decisión ya no ocupe el cargo.
Por eso las sociedades que producen excelencia tienen una virtud poco espectacular: la continuidad.
México terminó 65 en París y aparece 65 en PISA. No prueba nada. Estadísticamente, quizá sólo sea una coincidencia.
Pero las coincidencias tienen mala educación: a veces hacen preguntas que nadie les pidió.
La pregunta no es por qué México ocupa dos veces el lugar 65.
La pregunta es qué clase de país tendríamos que construir para que dentro de algunos años ese número ya no nos reconozca y no nos represente.



