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El Mundial de los privilegios

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Por: La Jornada Zacatecas •

La FIFA ha logrado construir uno de los negocios más rentables del planeta bajo la apariencia de una celebración deportiva universal. El futbol, que nació en los barrios, en las plazas y en los espacios populares, ha sido convertido en una maquinaria global de extracción de riqueza donde las ganancias se privatizan mientras los costos se socializan.

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Cada Copa del Mundo reproduce el mismo esquema. Los gobiernos nacionales y locales destinan miles de millones de pesos o dólares en infraestructura, remodelaciones, seguridad y servicios públicos para cumplir las exigencias del organismo rector del futbol mundial. Sin embargo, las utilidades terminan concentradas en un reducido grupo de patrocinadores, cadenas televisivas, corporaciones transnacionales y en la propia FIFA, una organización que exige privilegios extraordinarios allá donde instala su espectáculo.

Las exenciones fiscales, los contratos blindados y las zonas exclusivas de explotación comercial son apenas una parte del modelo. Los recursos públicos que podrían destinarse a hospitales, escuelas, transporte o vivienda terminan subordinados a las necesidades de un evento temporal cuya principal finalidad es generar ganancias privadas.

La contradicción resulta todavía más evidente cuando se observa que ni siquiera los habitantes de los países anfitriones son los principales beneficiarios de la fiesta. Los precios de los boletos son prohibitivos para amplios sectores de la población, los servicios se encarecen y los espacios urbanos se transforman para satisfacer las necesidades de turistas y patrocinadores antes que las de los propios residentes.

Peor aún, la FIFA suele guardar silencio frente a violaciones de derechos o abusos que afectan a aficionados, trabajadores, periodistas e incluso a las propias delegaciones participantes. Lo que importa es que el espectáculo continúe y que los contratos comerciales se cumplan. La defensa de los derechos humanos suele quedar relegada a comunicados diplomáticos mientras los negocios siguen su curso.

El Mundial de 2026 muestra con claridad esta lógica. Mientras se celebra la derrama económica y el prestigio internacional, poco se discute sobre quién paga la cuenta y quién se queda con las ganancias.

Bajo estas condiciones, la conclusión resulta incómoda pero necesaria: tal vez sea mejor no organizar la fiesta del futbol en tu propia casa. Al final, no puedes entrar porque los boletos son inaccesibles, te cobran precios desorbitados por todo y, para colmo, terminas sometido a reglas que privilegian a intereses privados por encima del bienestar colectivo. Bien dijo Eduardo Galeano: “el fútbol profesional condena a lo inútil todo lo que no es útil”.

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