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sábado, 13 agosto, 2022
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Es tiempo de abrir los ojos

■ Historia y Poder

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Por: MIGUEL ÁNGEL AGUILAR •

Mi padre que estuvo como militar en diversas tareas y fue miembro del servicio secreto y guardia presidencial del entonces presidente Gustavo Diaz Ordaz -de triste memoria para los mexicanos- fue invitado por la mafia de Ciudad Juárez y EEUU a trabajar como enganchador para el libre aborto en esa ciudad fronteriza, dado su dominio de idiomas y porte viril incontrolable.
Nuestra familia había dado girones en varios estados del país, Ciudad de México, Monterrey, San Luis Potosí, etc., y Ciudad Juárez se presentaba como una ciudad prometedora donde la nieve helaba la ciudad entera, las casas amplias, las idas a EEUU sin ningún tipo de requerimientos y una consigna había entre mis 5 hermanos: ya no pasaríamos hambres como antes.
Mi madre de ascendencia gitana estaba feliz y tuvo a otros dos hijos en esa ciudad, mi padre a veces se ausentaba días y días, pero siempre volvía cargado de dólares y nos compraba lo que queríamos, pero tomaba y fumaba constantemente.
Un día que estábamos mi hermano Lázaro y yo bailando una pieza escolar en el famoso PRONAF -un escenario espectacular- vestidos de inditos, al término, mi ‘apá nos enseñó un periódico donde era señalado por la justicia norteamericana por haber desertado del ejército de ese país -donde fungió como paracaidista en la guerra de Vietnam- y rápidamente huyó de Ciudad Juárez, dejando a mi madre con sus 7 hijos en el desamparo y bajo amenazas de otra mafia de aborteros de matar a mis hermanas, mi ‘apá huyó con su amante sin dar ninguna explicación.
Ello provocó en mi jefita un desequilibrio en la mentalidad y concordia “yéndose” de la realidad y gritando en las noches por constantes pesadillas y empezó el tour de la locura, pues nos corrían constantemente de las casas, mi hermano mayor a los 12 años era un consumado drogadicto y yo, siendo el segundo de la familia, empecé a trabajar a los 10 años donde despuesito fui detenido por la temible policía judicial de Juárez acusado de un robo que obvio nunca cometí.
Mi madre repetía: “yo tengo un hermano, yo tengo a papá” pero no se acordaba ni de dónde veníamos ni mucho menos su dirección, yo por casualidad un día le abrí la puerta a unos gringos que entraban a un restaurant y de inmediato me dieron monedas y peniques, y ¡zaz! Se me ocurrió, junto a mi hermano menor, empezar abrir las puertas de todos los gringos y gringas que viéramos, así nos hicimos de dinero e íbamos al cine, que era sagrado para nosotros.
Un día le dije a mi mamá que por qué no leía las cartas como mi abuela y dijo que sí, fuimos y le compramos con los peniques unas cartas y les avisamos a las vecinas, a obreras de las maquiladoras y a empleadas de tortillerías y de inmediato empezaron acudir a ver ala “gitana” y ella empezó a recuperar la razón y nosotros a ayudarla en lo que se pudiera. Brillaban las monedas y los dólares en la mesa donde agarrábamos para comprar donas y leche.
Ciudad Juárez estaba rodeada por ríos, yo trabajaba con un puertorriqueño que tenía puesto de burritos, nos pagaba a diario, un día su hijo casi muere ahogado y yo por instinto lo salvé agarrándome de la orilla y él de mi pata, así pudo salir. Tuve mejor trato como premio, nos la pasábamos jugando en la bodega. Un día entró una de las empleadas y el le tocó las piernas, ella no dijo nada, le dije que era malo, “no, mira tú puedes hacerlo también”, lo hice, ella reía, la desnudábamos, mi hermano menor se dio cuenta y fue de rajón, el puertorriqueño fue por aclaraciones y ella nos defendió.
Después al hijo pródigo del boricua lo atropellaron y el señor creyó me burlaba y desde una distancia de por lo menos 12 metros me aventó un pedazo de madera que me descalabró y brotó sangre a lo bestia y él mismo pagó curaciones con el doctor, pero ya no trabajaríamos con él.
Mi jefa seguía leyendo cartas y asesorando a que adinerados ganaran en las carreras de los galgos, juntó dinero y le escribió a mi abuelo Víctor, éste le respondió y mandó dinero para regresarnos a San Luis, llegamos entonces a esa ciudad en 1972, yo de 13 años, realmente dañado y estupefacto, a los 15 me iría con el GRUPO ZOPILOTE, ya antes me había impresionado en Ciudad Juárez la gran cantidad de grupos de rock que deambulaban en cada barrio que nos cambiábamos, obligados por pleitos vecinales, falta de pagos de renta o por la invasión de piojos, roña y broncas espirituales…. (continuará).

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