El tiempo es política, decía Andrés Manuel López Obrador en sus mañaneras. No era una frase al aire. Era método. Y la presidenta Claudia Sheinbaum lo entendió bien: en política no todo se decide de inmediato, a veces se deja madurar, se observa, se deja correr el desgaste. El tiempo, en efecto, también gobierna.
Cuando estallaron los escándalos relacionados con Adán Augusto López Hernández, la presión fue inmediata. Desde la prensa hasta sectores amplios del morenismo exigían su salida de la coordinación del grupo parlamentario de Morena en el Senado. La presidenta no reaccionó con estridencia. Dio tiempo. Y ese tiempo, finalmente, se cumplió.
Por más que Adán Augusto intente presentar su salida como una decisión personal, bajo el argumento de que ahora se dedicará a “organizar el partido en el territorio”, la narrativa no convence a nadie. La política mexicana no funciona así. Las decisiones de ese calibre no son voluntarias ni espontáneas. Son instrucciones. Y cuando vienen de Palacio Nacional, se acatan.
La frase con la que anunció su salida —“ya hablé con quien tenía que hablar”— fue reveladora. Sonó más a desafío que a despedida. ¿Con quién habló? ¿Con la presidenta o con el de Palenque? Poco importa. El hecho político es que ya no está y que su salida no fue producto de una decisión personal, sino del desgaste acumulado.
Porque hay marcas que no se borran. El caso de “la barredora” lo acompañará y lo define. Por más que se argumente que el responsable directo ya fue detenido y juzgado por el propio gobierno morenista, eso no elimina los delitos ni las responsabilidades políticas. Los hechos existen, pesan y permanecen. Como ocurre con García Luna, cuya historia jamás dejó —ni dejará— de perseguir a Felipe Calderón.
A esto se suma un elemento que nunca terminó de explicarse: el despliegue de recursos durante su campaña interna. Adán Augusto fue la corcholata que inundó el país de espectaculares sin que quedara claro el origen de ese dinero. Su declaración patrimonial nunca cuadró y las explicaciones ofrecidas fueron insuficientes, cuando no francamente inverosímiles.
Hacia el cierre del sexenio de López Obrador se habló insistentemente del cambio generacional. De la necesidad de abrir paso a nuevas generaciones. Sin embargo, fue el propio expresidente quien repartió cargos, posiciones y salvavidas políticos a todas las corcholatas, incluso en un tiempo que ya no le correspondía. El cambio generacional quedó reducido al discurso.
Ricardo Monreal ha dicho que está listo para irse. Pero la cultura política mexicana es clara: mientras no me lo pidan, no me voy. Aquí nadie se retira por convicción, se retiran por desgaste o por instrucción. Lo que hoy busca la Presidencia es algo elemental: ejercer sin tutelas el poder que le otorgaron los ciudadanos. Y si López Obrador la eligió como sucesora, hoy corresponde cerrar el ciclo.
El problema no termina en el Congreso. Si se observa a los estados, el balance es preocupante. Los gobernadores morenistas están mal evaluados, con gestiones débiles y resultados pobres. Es el trabajo social del gobierno federal el que los mantiene a flote. La presidenta conserva altos niveles de aprobación, pero los gobiernos estatales parecen arrastrarla hacia abajo.
El caso de Layda Sansores es emblemático. Ha cruzado la línea de lo político para instalarse en el terreno del ridículo. Sin oficio, sin estrategia, sin contención. Los incendios no se apagan a cubetas de agua ni con ocurrencias. Se apagan con cabeza fría y operación política. Hoy no se ve la mano de la Secretaría de Gobernación, no hay orden ni conducción. Da la impresión de que varios actores de Morena desafían, abiertamente, a la presidenta.
¿Y la dirigencia nacional del partido? Perdida en podcasts y ejercicios de autocelebración, repitiendo lo que la presidenta ya comunica con eficacia desde las mañaneras. Morena es hoy un partido donde cada grupo empuja su agenda. Un dragón de dos cabezas, sin dirección clara. Afiliaron a más de 10 millones de personas, pero eso no se refleja en el territorio. El verdadero sostén siguen siendo los programas sociales, no la estructura partidista.
Por último
¿La oposición?
Desdibujada.
Irrelevante.
No hay mucho más que decir.



