Miente o se equivoca quien piense que es requisito ser pobre para participar en Morena o en la Cuarta Transformación.
Alberto Guadiana (ya fallecido), Yeidckol Polevnsky y Patricia Armendáriz, por citar algunos ejemplos, son empresarios exitosos y adinerados que han militado en ese partido. La lista es más extensa si el recuento no se limita al instituto político sino a quienes han colaborado en la construcción de la cuarta transformación en general, como Altagracia Gómez, joven empresaria cuyas consideraciones económicas son ampliamente atendidas.
Esto no necesariamente se contrapone al discurso de que “por el bien de todos, primero los pobres”. En la historia del mundo es habitual que personajes acomodados se unan y hasta encabecen las luchas por los de abajo, como Fidel Castro o Francisco I. Madero. Algunos incluso piensan que las gestas revolucionarias nacen en sectores mínimamente clasemedieros en parte porque son éstos quienes conocen las condiciones de vida tanto de las clases altas como de las bajas y la desigualdad que hay entre ellas.
López Obrador lo decía claro: no se trata de estar contra la riqueza, sino contra la riqueza mal habida, de la misma forma que consideraba que no todo el que tenía dinero era malvado.
Se trata, eso sí, de intentar disminuir la desigualdad, pero eso no se traduce en la búsqueda de que todo mundo sea pobre, sino por el contrario, de que nadie lo sea.
En ese tenor ni el tabasqueño ni la fuerza política que construyó son tan radicales como los pintan quienes son rehenes de su propia narrativa, la del peligro para México.
Sólo les parece así porque hasta hace poco la normalidad era la que retrata el actor Roberto Palazuelos que hace las delicias de los programas de espectáculos narrando sus aventuras con los hijos de los presidentes en las casas propiedad de Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur), viajando en aeronaves del Estado Mexicano, y protegidos por el Estado Mayor presidencial durante sus bacanales.
No hace tanto había simples mortales que defendían los salarios desorbitados de la alta burocracia como los consejeros electorales porque “ellos habían estudiado mucho”, y por mucho tiempo se tuvieron por normales los privilegios de los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que recientemente causaron la indignación suficiente para que la gente respaldara la reforma judicial cuya transcendencia es mucho más profunda que terminar con el despilfarro.
Pero la revolución de las conciencias triunfó y la opinión pública hoy reclama austeridad republicana, aunque todavía no tenemos tan claro a qué se refiere este concepto que, a decir de la Secretaria de Gobernación, en la cuarta transformación es un principio rector y no un simple eslogan.
La definición más elemental se refiere a que se use el recurso público en lo importante y lo necesario. En los viajes verdaderamente necesarios, las oficinas dignas pero no lujosas, los vehículos seguros y eficientes para la movilidad pero no para la ostentación, etcétera.
No es fácil el consenso. En el movimiento se escuchan voces que sugieren que un servidor público debería poder hacer uso de primera clase en un viaje trasatlántico no por el estatus, sino porque sólo esos lugares garantizan la ergonomía que debería prevalecer en todo el avión. Otros cuestionarían para empezar la necesidad de hacer el viaje.
¿Dónde se establece la rayita? ¿Quién la delimita? Difícil decirlo, pero por eso López Obrador exhortaba a que dejara de concebirse al servicio público y la política como los caminos de movilidad social ascendente, y llamaba a quien le interesara hacer dinero a dedicarse a otra cosa.
Algo se ha avanzado, pero es claro que aún en los gobiernosemanados de Morena hay mucho por hacer hasta en los asuntos más básicos como el apartado de sillas para funcionarios e invitados especiales en eventos culturales y de espectáculos, como en la Feria Nacional de Zacatecas, o el turismo gubernamental y legislativo a cualquier parte del mundo por las razones más superfluas, y hasta el uso de aeronaves privados de cuestionable préstamo.
Es cierto que cunde la hipocresía en quien se rasga las vestiduras por una casa de 12 millones de pesos (asequiblelegalmente de acuerdo a los ingresos reportados por el legislador) y pasa por alto otra de 7 mil metros cuadrados en la zona de lujo de Campeche estimada en 300 millones de pesos.
Sin embargo, mal haría Morena en claudicar en tener a la austeridad como principio rector y regalarle la bandera a la oposición. Por el contrario, la oportunidad está servida en lo moral para poner la vara más alta, y, ya entrados en gastos, investigar en lo legal los patrimonios sospechosamente altos. ¿Se atreven?



