La Gualdra 686 / Libros / Novela
La figura de María Moliner (Paniza, 1900 – Madrid, 1981) resulta fundamental en la historia de la filología y lingüística hispana. Ella, hoy en día destacada y creadora de uno de los diccionarios más citados y prolijos del español, confrontó a su época, allanó un terreno intelectual para las mujeres y construyó un idioma muy personal.
En Hasta que empieza a brillar (Alfaguara, 2025), la nueva novela de Andrés Neuman, se narra la vida de una María Moliner desde la infancia, pasando por la adolescencia y hasta entrados sus últimos años de vida.
La primera escena de la obra es tensa: en su casa, mientras se acomoda el cabello y se alisa el vestido, María Moliner espera a Dámaso Alonso, el director de la Real Academia Española, filólogo y escritor, ganador del Premio Cervantes y del Premio Nacional de Poesía. Esta escena, casi montaje teatral, será el punto de partida de Neuman para comenzar a narrar, ahora sí, desde la infancia de Moliner.
Dividida en cinco capítulos: Comienza con una Moliner joven, astuta, quien paladeaba las palabras, las alargaba, las repetía hasta el cansancio para hacerles perder el sentido. Esa niña, astuta, sensible, entendía el mundo a través de las sílabas, de las vocales y las consonantes.
En esa infancia se atraviesan nombres como Giner de los Ríos, creador de la Institución de Libre Enseñanza; Américo Castro; Ramón Menéndez Pidal; esa pléyade de académicos y filólogos que crearon una escuela y fueron quienes le dieron un sentido, orden y orientación al español.
Moliner, ya se advierte desde niña, posee una lógica del lenguaje y una conciencia de género, de alguna manera, todo dicho y escrito y pensado con una mentalidad muy astuta.
El título del libro me parece un acierto. Tomando de un aforismo de la poeta estadounidense Emili Dickinson: “No sé nada en el mundo que tenga tanto poder como una palabra. A veces escribo una, y la miro, hasta que comienza a brillar”.
Escribir sobre María Moliner es arriesgarse a hablar de la ruptura con los órdenes clásicos, pero sin abandonarlos del todo. La primera escena de la novela es determinante, pues es simbólicamente la confrontación entre el lenguaje institucional, el peso de la historia y el orden y control masculino y canónica contra el lenguaje vivo, el aula, el poder de las mujeres en el mundo que se avecina.
A lo largo de la obra, se van entrelazando la memoria histórica, el recurso pedagógico, las instrucciones de diccionario, con una narración a veces lírica y otras meramente informativa.
Este personaje, de alguna manera, sin la soberbia ni el erotismo, se parece bastante a Sophie Gottlieb, la protagonista de El viaje del siglo. Una, Moliner, una mujer real, Sophie, una creación ficcional, pero ambas eran apasionadas del lenguaje, de la palabra escrita, del orden mental. Parece que a Neuman le resultan interesantes estos perfiles.
Narrada por un narrador omnisciente, a veces parece ser la misma conciencia de Moliner. Se entromete, informa (muchas veces), narra, sabe, a veces, más que el mismo personaje, se adelanta a lo que ocurrirá, lo que le otorga una mirada de cámara que adelanta a la protagonista.
Esta novela es muy interesante, desde el fondo hasta la forma. Tiene muchos alcances y cuenta una vida íntima y una vida pública, la que conoces y la que queremos conocer. La presencia de María Moliner forma parte de una tradición, nueva, que revolucionó la lengua.
Este es un libro sobre las palabras, la clandestinas y las oficiales, sobre su uso, sobre el brillo que nos devuelve el lenguaje al ser nombrado. Creo que la justicia que hace Neuman a Moliner no es darle “un sitio” que ya nadie le puede quitar, sino entregar una novela cuyo objetivo es poner al centro del debate y el diálogo el lenguaje mismo.
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