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Lo innumerable: Jorge Fernández Granados

Lo innumerable: Jorge Fernández Granados

La Gualdra 361 / Entrevistas / Poesía

 

Jorge Fernández Granados (Ciudad de México, 1965), ha publicado el volumen de ensayos El fuego que camina (Conaculta, 2014) y, en colaboración con el autor, la antología de la obra poética de José Emilio Pacheco Los días que no se nombran (Era / El Colegio Nacional / UNAM, 2014). También, ha publicado el libro de aforismos Vertebral (Almadía, 2017). La Universidad Nacional Autónoma de México (2015), en su Colección Voz Viva de México, editó el Libro-CD F(l)echas en la noche y otros poemas. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (1989) e ingresó al Sistema Nacional de Creadores de Arte (México, 2001). Jorge Fernández Granados representa una fuente de fuego eterno para la poesía mexicana, en otras palabras, su pensamiento poético permite comprender el tránsito por el siglo XX y deternerse en este nuevo siglo para replantear los derroteros futuros de la poesía no sólo nacional sino latinoamericana. El temple de su viaje y la fina apreciación de los detalles que registra su escritura nos brindan la oportunidad de ver a través de la flama de esta realidad dispersa. Lo innumerable (Ediciones Era, 2018), es su nuevo libro de poesía.

Armando Salgado: La antología Si en otro mundo todavía (Almadía, 2012) reúne su trabajo publicado desde 1990 hasta 2007. En cierto modo una antología refleja los flujos migratorios personales entre la incertidumbre y el encuentro. Después de 28 años, ¿qué podría decirnos sobre ese peregrinaje propio?, ¿qué derroteros ha consumado y cuáles quedan pendientes?

Jorge Fernández Granados: Sí, a decir verdad, creo que un oportuno alto en el camino resulta ser lo que llamamos una antología personal. Un alto en el camino que aporta perspectiva y permite ver con mayor nitidez las líneas personales de una escritura. Si en otro mundo todavía fue, en su momento, una grata invitación editorial

que me permitió recapitular sobre lo recorrido y hacer un balance de casi treinta años de trabajo. En cuanto a los “flujos migratorios” de este trayecto, han sido —y espero que sigan siendo— impredecibles. Mi concepto de obra literaria es más próximo a un viaje que a un puerto. Es tal vez por eso que en cada libro me interesa adentrarme en un nuevo derrotero que es, también, un interrogante personal y un desafío estético. Quizá los temas puedan ser semejantes a lo largo de este itinerario (uno está hecho finalmente de un puñado de obsesiones), pero sin duda las propuestas formales son notablemente diferentes, incluso diría que diametralmente opuestas, en cada libro. Claro, esto es adrede. Mi atención por la forma es posiblemente mi tesis central. Hay que recordar que la forma, en el arte, no es sólo importante: lo es todo.

AS: La poesía no propicia noción, al contrario, vigoriza las dudas. En su libro El arcángel ebrio (UNAM, 1992) dice: “Nadie va a mirarnos rodar en la ceniza / (somos incompetentes para la eternidad)”. Ante los hechos actuales que extrapolan nuestra condición humana y que orillan a la vacilación, ¿cuál es el papel de la poesía en esta sociedad mediática, espontánea y frágil?

JFG: Creo que el papel de la poesía es el que ha tenido siempre: es, ni más ni menos, el arte de llenar a las palabras de significado —tal como especificó inmejorablemente Ezra Pound hace casi cien años—; no importa que su “vehículo” cambie del papel a la pantalla, o de la pantalla a la memoria, o de la memoria a un microchip. Nuestra sociedad no es en modo alguno distinta en cuanto a su condición humana de lo que fue la de Homero, Dante, Shakespeare o Cervantes; si acaso, lo que ha variado es el soporte y la velocidad de la intercomunicación. No sé si nuestra época sea particularmente adversa a la poesía. No lo creo. Desde mi punto de vista es todo lo contrario: nunca habíamos contado con tantos recursos comunicativos ni con tanta información al alcance prácticamente de todos y en cualquier momento. Además, la poesía suele tener una característica que la vuelve especialmente adecuada para esta “era de 144 caracteres”: su brevedad. Brevedad que no es rapidez sino disciplinada concentración.

AS: En su libro Resurrección (Aldus, 1995; Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 1995), se presagia lo inminente: “Carne de la fiebre diminuta donde el rencor olvida, / tierra al fin donde medra el regocijo austero del amor”. Ante la necesidad de existir en estos tiempos líquidos, ¿qué hacer cuando el desencanto nos consume por dentro?

JFG: Como ya dije, no creo que nuestra época, en materia de sentimientos o emociones, esté descubriendo nada. Si acaso lo que es posible corroborar en ella es la abrumadora fuerza colectiva de sus reacciones y consecuencias. Las redes sociales no han inventado la solidaridad, ni el miedo, ni la envidia, ni el fanatismo, ni el odio o el morbo: sólo lo evidencian en grados globales.

AS: Ante la experimentación, ¿qué opina sobre el uso de la pirotécnica poética?, ¿no es la poesía una de las tantas vías para reconstituir el lenguaje?

JFG: En lo particular, no tengo nada en contra de la experimentación y creo que, por ejemplo, las vanguardias fueron, en su momento, un insoslayable parteaguas histórico en el arte. De hecho, una de mis principales premisas es que no hay verdadero arte sin verdadero riesgo. Pero lo que hay que distinguir hoy en día es, precisamente, lo que es verdadero, esto es, lo que conlleva un genuino riesgo personal y expresivo de aquello que es inauténtico, es decir, aquello que resulta mero efectismo, oportuna mercadotecnia o receta para el aplauso del público. Siempre el verdadero artista tendrá un enemigo natural: el histrión (el astuto actor que sabe cómo y cuándo asombrar, hacer reír o llorar al público). A este respecto sólo puedo decir que un mal poema seguirá siendo un mal poema, así sea sobre una hoja de papel, sobre una pantalla, en un tatuaje o escrito con rayos láser en el cielo.

Por otro lado, los lenguajes en el arte —y por supuesto ello incluye a la poesía— no cambian para poder decir otra cosa: cambian para volver a decir con eficacia y fuerza aquello que era preciso decir. La ironía es que lo esencial siempre será tan ancestral como novedoso.

AS: Su nuevo poemario Lo innumerable (Era, 2018), devela el registro que emprende todo escritor al regresar de un largo viaje. En este sentido, ¿cómo se originó este libro?, ¿qué trazos dentro de él lo hacen distinto de sus otros títulos?, ¿considera que el destino es un imán innumerable que nadie logra eludir?

JFG: Estoy de acuerdo —y celebro que así sea leído— en que este libro es el trayecto de un largo viaje. Lo innumerable es un libro sobre el destino, sobre el destino personal. La espiral de historias o de secuencias que se entrelazan y más tarde se corresponden a lo largo de sus páginas son probablemente el reconocimiento de una identidad; identidad que desde los primeros días de lo que llamamos conciencia se hace presente de distintas maneras. Desde mi más íntima convicción, la conciencia es un hecho inexplicable, es algo que estaba ahí desde el principio (o antes quizá) y permite la experiencia de la unidad con algo que no tenemos otra forma de reconocer más que a través de ella misma. Podría decirse que la conciencia es la primera letra en el alfabeto de la identidad. Pero sólo es posible acceder plenamente a dicha identidad al reunir una cadena de episodios o hechos que se van revelando a lo largo de la vida. Es el alfabeto que nos depara el viaje. Lo innumerable es mi bitácora del viaje, mi alfabeto vital, mi testimonio interior de lo que podríamos llamar el destino.

AS: Cotidianamente, ¿qué hace Jorge Fernández Granados para intentar disfrutar cada nuevo día?

JFG: Una de las más sencillas realidades cotidianas me resulta insuperable: el amanecer. Percibir cómo la oscuridad cede paulatinamente a la claridad el territorio de las cosas, las cosas inmediatas y reconocidas, pero también cómo se abre camino esa renovada disposición de la luz ante el ánimo y los pensamientos. Ver reaparecer la luz cada mañana, reconocerla todavía y a la vez recordarla, es por lo menos hoy para mí el hecho más cercano a la noción de la plenitud. Me siento entero y satisfecho. Entonces sonrío y vuelvo a hacer mías las palabras de Roberto Juarroz que, por cierto, abren como epígrafe las páginas de Lo innumerable: “El mundo es sólo un dios que se deshizo”.

Lo innumerable

[fragmento]

Por Jorge Fernández Granados

había algo que se parecía a nosotros

y lo buscábamos sin duda

detrás de las máscaras

había algo que se parecía a nosotros

aun antes de nosotros

y lo buscábamos sin duda

en ciertos momentos desnudos y definitivos

detrás de las máscaras

había algo que se parecía a nosotros

aun antes de nosotros

o lo que en aquellos años llamábamos nosotros

y lo buscábamos sin duda

con nuestra extremada ingenua vehemencia

en ciertos momentos desnudos y definitivos

donde sabíamos cada uno quién era

detrás de las máscaras

había algo que se parecía a nosotros

aun antes de nosotros

o lo que en aquellos años llamábamos nosotros

bajo el juego de la muerte y el naipe innegociable del destino

y lo buscábamos sin duda

con nuestra extremada ingenua vehemencia

en ciertos momentos desnudos y definitivos

donde sabíamos cada uno quién era

a pesar de las apariencias y las desapariciones

detrás de las máscaras

había algo que se parecía a nosotros

y lo buscábamos sin duda

detrás de las máscaras

sin descanso sin horas sin sobornos cada uno

detrás de las máscaras

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