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Antes del gol está la escuela

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Por: Jaime Enrique Cortés Acuña •

El crecimiento futbolístico de Estados Unidos no comenzó en las canchas. Comenzó en las universidades.

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Durante décadas, Estados Unidos observó el futbol desde la distancia. Mientras América Latina y Europa construían buena parte de su identidad deportiva alrededor de este juego, los estadounidenses preferían el béisbol, el futbol americano o el baloncesto. Sin embargo, comprendieron que el futbol podía ser mucho más que un espectáculo: podía convertirse en una herramienta para ampliar las oportunidades educativas de miles de jóvenes.

Hoy, cerca de 88 mil estudiantes practican futbol universitario distribuidos en más de mil 400 programas pertenecientes a la NCAA, la NAIA y los colegios comunitarios. Lo verdaderamente relevante no es la cifra, sino el propósito. Miles de familias entienden que una cancha puede representar el acceso a una universidad de prestigio y, con ello, a mejores oportunidades profesionales.

La lógica es sencilla, pero profundamente transformadora. En Estados Unidos, el deporte dejó de concebirse únicamente como competencia para convertirse en un mecanismo de movilidad social. La exigencia no termina en el entrenamiento. El estudiante debe responder con el mismo nivel dentro del aula. El rendimiento académico y el deportivo forman parte de un mismo proyecto de desarrollo humano.

No resulta casual que buena parte de los integrantes de la actual selección estadounidense hayan recorrido precisamente ese camino. Matt Freese (Harvard), Matt Turner (Fairfield), Mark McKenzie (Wake Forest), Miles Robinson (Syracuse) y Tim Ream (Saint Louis), entre otros, llegaron primero a las aulas universitarias y después a la selección nacional. Antes que futbolistas profesionales, fueron estudiantes.

Mientras tanto, México enfrenta una realidad profundamente distinta. El reciente paro magisterial ha dejado sin clases a aproximadamente 1.4 millones de estudiantes de educación básica y mantiene cerrados cerca de 20 mil planteles en diversas entidades del país. El conflicto tiene causas complejas que deben atenderse, pero también revela una verdad incómoda: la educación continúa siendo rehén de disputas políticas, administrativas y sindicales que terminan afectando a quienes menos responsabilidad tienen.

El contraste resulta inevitable. Mientras miles de jóvenes estadounidenses entrenan pensando en obtener una beca universitaria, millones de niñas y niños mexicanos ven interrumpido su proceso educativo. Unos encuentran en el deporte una puerta de acceso a la educación superior; otros observan cómo la escuela deja de ser una certeza cotidiana.

La diferencia no radica únicamente en la infraestructura deportiva ni en el presupuesto destinado al alto rendimiento. La verdadera distancia está en la visión de Estado. Estados Unidos comprendió que invertir en deporte también era invertir en educación, en capital humano y en competitividad. El futbol fue la consecuencia, no el punto de partida.

Con frecuencia nos preguntamos por qué Estados Unidos comienza a competir de tú a tú con las grandes potencias futbolísticas. Tal vez estamos formulando la pregunta equivocada. No deberíamos preguntarnos cómo aprendieron a jugar mejor, sino por qué decidieron convertir al deporte en una política educativa de largo plazo.

Las potencias deportivas no surgen por generación espontánea. Son el resultado de Estados capaces de articular la educación, el deporte y la movilidad social como parte de un mismo proyecto nacional. Esa, quizá, sea la lección más importante que México sigue teniendo pendiente.

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