En una de esas historias que suceden diariamente pero que eventualmente conmueven a parte de la sociedad, supimos hace unos días de un joven que con motivo de su cumpleaños número quince consiguió que su mamá lo ayudara a comprar un teléfono celular que iría pagando con su trabajo de jardinero.
Adquirió el teléfono y una semana después, mientras esperaba el autobús para ir a la secundaria, lo asaltaron y pretendieron quitárselo; él se resistió y fue herido de muerte. En el piso, ya desvanecido, el asesino aún se detuvo a quitarle los tenis.
La historia ronda mi cabeza desde que la conocí, ¿tan mal anda el mundo que la gente muere por un celular? Peor, ¿tan mal está que mata por un celular?
Sé que el hambre que empuja al robo es pan de todos los días, pero el menosprecio de la vida humana a causa del dinero, por más frecuente que sea, tendría que seguir espantando.
Si el mundo se divide entre indignos e indignados, como dice Eduardo Galeano, tendríamos que ser de los segundos cuando leemos que adolescentes se suicidan por el robo de su celular, que jornaleros mueren por no tener dinero para pagar el hospital, o que la carencia obliga a un médico a elegir entre dejar una cama para un paciente en coma o dejarla libre para alguien más que también la necesita. ¿En qué momento el médico dejó de salvar vidas para convertirse en el emperador romano que decide quién muere y quién no?
Hace mucho que el dinero se convirtió en el juez que decide quién aprende y quién no, quién vale y quién no. Hace mucho que la cultura de consumo «hizo de la soledad el más lucrativo de los mercados.» Y determinó que «los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo» dice Galeano en Patas arriba la escuela del mundo al revés.
Y sigue Galeano “y las cosas no solamente abrazan: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario”.
¿Y quién es responsable de ello? ¿Las víctimas y a la vez reproductores de este sistema? ¿Los padres y madres que, algunos por convicción y otros porque no hay opción, creen cumplir con su paternidad solamente con manutención? ¿Los que creen que según el precio del regalo es el afecto? ¿La sociedad que juzga y divide entre quien usa aeropostale o aerocostal?
¿O podemos culpar a las políticas de Estado que “por el bien de la economía” –de unos cuantos- promueven comprar lo que no necesitamos porque esté en oferta en el buen fin? ¿O podríamos culpar a quien eliminó a la filosofía de la educación formal? ¿a los que pregonan que la personalidad (lo que sea que esto signifique) se refleja en los zapatos, y que el que nada debe nada vale? ¿O a los que traen al Dalai Lama para dar un mensaje de paz y hermandad, dividiendo entre quien puede pagar 100 y los que pueden pagar 500?
Quizás todos en alguna medida seamos responsables, unos buscando cambiarlo, otros no. A otros, a los que son tan pobres que no tienen más que dinero como la Cristina de Joaquín Sabina, les cuesta entender la digna rabia con la que el maestro Patishtán luego de 13 años de encarcelamiento injusto, puede decir que es libre desde el primer día.
Esos pobres no pueden entender por qué los atenqueses impidieron que sus sembradíos se convirtieran en pistas de aterrizaje, y menos comprenden a los habitantes de Salaverna que prefieren el hogar viejo sobre la casa nueva que le ofrece la minera. Ellos, los pobres, los que nada entienden, fijan la atención en el dualismo viejo-nuevo, y se pierden buscando la diferencia entre casa y hogar.
¿Cómo se traduce al lenguaje del dinero y las bienes raíces el valor de la Pachamama? ¿Quién puede explicar el valor de la cultura a los que evalúan el éxito de esas actividades en términos de derrama económica? ¿Quién explica el patrimonio a quien confunde lo bello con lo histórico?
Por hoy, no tengo respuestas. Sólo mi gratitud para quien esperó este artículo hasta hoy, pues el martes una llamada me retiró del tecleo y me obligó a atender una emergencia familiar en el momento que tendría que haber escrito estas líneas. Sabia la vida, me hizo sostener en los hechos las líneas que a este párrafo preceden, haciéndome elegir entre lo que más valía y lo que más urgía. Agradezco también a este medio su comprensión, porque en su cálida respuesta al aviso de que fallaría con el artículo, comprobé que en este espacio, como en otros, hay mucha gente que distingue entre lo que tiene valor y lo que tiene precio. ■
@luciamedinas



