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Juntos, ¿pero para qué?

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Por: Jaime Enrique Cortés Acuña •

Hay imágenes políticas que terminan diciendo mucho más de lo que sus protagonistas quisieran. La del pasado fin de semana en Zacatecas es una de ellas. El PRI realizó el acto mediante el cual presentó a quien encabezará su estrategia rumbo a la elección gubernamental de 2027. Estuvo presente Alejandro Moreno Cárdenas, dirigente nacional del partido, acompañado por cuadros priistas. 

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El escenario, la convocatoria acotada y hasta el lenguaje utilizado para denominar la nueva figura partidista rompieron con buena parte de la liturgia tradicional del priismo, tratando de emular al partido en el gobierno. Visiblemente impulsados más por el contexto local que por un plan trazado.

Pero quizá lo verdaderamente significativo no estuvo en el acto mismo, sino en lo que ocurrió después: priistas, panistas y algunos representantes de lo que queda del PRD compartiendo mesa y explorando una eventual alianza electoral. La imagen puede parecer natural en la política contemporánea, pero hace apenas algunos años habría resultado difícil imaginarla. No porque los partidos no pudieran alcanzar acuerdos, sino porque durante décadas construyeron buena parte de su identidad precisamente a partir de sus diferencias. El propio PRI ha planteado públicamente la construcción de una coalición con PAN, PRD rumbo a 2027.

Porque en Zacatecas existe una memoria política que no puede borrarse con un acto ni con un acuerdo entre dirigencias. Hace seis años, durante el proceso electoral de 2021, quedó instalada una de esas historias que todavía forman parte de la conversación política del estado. En octubre de 2022, después de que se difundieran conversaciones atribuidas a Alejandro Moreno y Ricardo Monreal sobre la elección de Zacatecas, la entonces candidata de la coalición Va por Zacatecas, Claudia Anaya, hizo pública su inconformidad y pronunció una frase que terminó convirtiéndose en una expresión de aquella contienda: “Yo no perdí, me entregaron”. Anaya sostuvo que los mensajes exhibidos mostraban una operación de Moreno en favor de los intereses de Ricardo Monreal y de su hermano David, quien finalmente ganó aquella elección.

No corresponde presentar como hecho probado todo lo que se ha dicho alrededor de aquellas conversaciones, ni atribuirles consecuencias que no estén acreditadas documentalmente. Pero tampoco sería serio ignorar que fueron difundidas públicamente, recogidas por medios nacionales y que provocaron una reacción directa de la entonces candidata priista. En los diálogos atribuidos a ambos políticos, Monreal reclamaba a Moreno que no se hubiera concretado una alianza entre PRI y Morena, mientras Moreno respondía que debían cumplirse las reglas de género y que, al final, lo importante eran los resultados. En ese intercambio, según lo publicado entonces, también aparecía la expresión de que su interlocutor “iba a ganar su tierra”.

Desde entonces, esa historia forma parte de la memoria política de Zacatecas. Y seis años después, cuando el mismo dirigente nacional aparece nuevamente en el estado encabezando la estrategia electoral de su partido, resulta inevitable que aquella memoria vuelva a aparecer en la conversación pública. No como una sentencia sobre el presente, sino como un antecedente que cada ciudadano puede contrastar con lo que observa hoy.

Para una parte de la sociedad, su figura está asociada a aquella historia de acuerdos, intercambios y decisiones tomadas lejos del ciudadano zacatecano. Para otros, se trata simplemente del dirigente nacional de un partido que intenta recuperar terreno electoral perdido. Ambas percepciones existen y forman parte de la conversación pública. La política, finalmente, también se construye con memoria: con lo que ocurrió, con lo que se dijo que ocurrió y con aquello que todavía no ha encontrado una explicación capaz de cerrar las preguntas.

Lo paradójico es que, después de aquella elección, el priismo que hoy busca reconstruirse tenga que hacerlo de la mano de quienes durante décadas fueron sus adversarios naturales. Y más paradójico todavía es que el PAN, un partido que construyó durante buena parte de su historia su identidad política enfrentando al PRI, pueda terminar compartiendo proyecto electoral con él.

Damián Zepeda lo llamó alguna vez un “error histórico”. En 2020, el entonces senador panista cuestionó la coalición con el PRI y sostuvo que se trataba de un error del que no había punto de retorno. Tres años después, durante la construcción de la candidatura opositora para 2024, Xóchitl Gálvez llegó incluso a señalar públicamente a Alejandro Moreno entre los priistas con los que no trabajaría, para posteriormente matizar sus declaraciones y reivindicar la alianza con el PRI.

El asunto, entonces, no es Alejandro Moreno. Tampoco lo es una candidatura particular. El asunto es qué ocurre con los partidos cuando las circunstancias electorales los obligan a renunciar a las diferencias que durante décadas utilizaron para pedirle el voto a la sociedad.

Una alianza puede ser legítima. Incluso puede ser necesaria para construir mayorías. Lo que merece discusión es qué sucede cuando la alianza deja de ser consecuencia de un proyecto común y termina convirtiéndose en el proyecto mismo.

Porque PRI, PAN y PRD no surgieron de la misma tradición política. No representan la misma historia ni tienen el mismo origen ideológico. Si hoy pueden sentarse en la misma mesa es porque las circunstancias de sobrevivencia electoral los han llevado hasta ahí. Pero una pregunta permanece: ¿Qué tienen realmente que ofrecerle juntos al ciudadano que no puedan ofrecerle por separado?

La respuesta no puede ser únicamente impedir que gane el adversario. Si una coalición se construye exclusivamente alrededor de quién debe perder, entonces las causas dejan de ser el centro de la política y se convierten en instrumento de una estrategia electoral. Y la experiencia reciente ya ha dejado suficientes elementos para discutir si esa fórmula ha conseguido los resultados que sus promotores esperaban.

Ese es precisamente el peligro de las alianzas contra natura: que las cúpulas encuentren puntos suficientes para repartirse una candidatura, mientras la sociedad encuentra cada vez menos razones para distinguir entre las opciones que aparecen en la boleta.

La política mexicana ha demostrado demasiadas veces que los acuerdos entre dirigencias pueden ser extraordinariamente flexibles cuando está en juego el poder. Lo que no debería ser flexible es la identidad de un partido, su proyecto de gobierno y su explicación frente a los ciudadanos.

Porque las alianzas pueden sumar siglas, estructuras y también a quienes son aficionados a la política. Pero pueden producir, al mismo tiempo, un fenómeno mucho más profundo: la anulación política de quienes las integran.

Cuando dos partidos que durante décadas se dijeron incompatibles terminan juntos sin explicar con claridad qué cambió en sus principios, el ciudadano tiene derecho a preguntar si cambió la realidad del país o simplemente cambiaron las necesidades de quienes dirigen los partidos.

Y quizá ahí esté la discusión que realmente importa para Zacatecas rumbo a 2027. No se trata solamente de quién encabeza una estructura electoral, ni de qué partidos consiguen sentarse en la misma mesa. Se trata de saber si detrás existe un proyecto político capaz de explicar por qué esas fuerzas, con historias y posiciones tan distintas, consideran hoy que deben caminar juntas.

Porque cuando las candidaturas se convierten en monedas de cambio y las alianzas en mecanismos de supervivencia partidista, la política corre el riesgo de perder aquello que le da sentido frente al ciudadano: la posibilidad de representar diferencias reales, proyectos distintos y opciones reconocibles.

Al final, será el ciudadano quien tendrá que decidir si aquellas diferencias que alguna vez justificaron la existencia de partidos distintos siguen siendo reales o si, por el contrario, las fronteras entre unos y otros terminaron siendo solamente parte de una escaramuza electoral. 

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