La presencia del Estado en el territorio ha sido siempre un desafío en México. Desde la conquista hasta bien entrado el siglo XIX, nuestro país fue más un conjunto de regiones unidas según el régimen político predominante, pero dispersas y separadas por costumbres, modos de producción y cacicazgos.
Tal como lo relata Arnaldo Córdova en su célebre texto La formación del poder político en México, fue necesaria la victoria del liberalismo juarista, y con ello, la concentración del poder en el Ejecutivo federal, para que lo que se conocía ya como México pasara de la balcanización a una nación en el sentido moderno del término.
Desde entonces, fue la primacía del centro y su imposición a las regiones mediante la fuerza, la negociación o la coalición lo que dio estabilidad y gobernabilidad al país. Tanto el régimen porfirista como el posrevolucionario repitieron la fórmula, apenas interrumpida en más de un siglo por las revoluciones que dieron origen a ambos.
Por las mismas razones, nuestro federalismo es un reconocimiento muy tenue a las diferencias prevalecientes entre las diferentes regiones del país, que apenas cobró vigencia en el debilitamiento del poder central a partir de la segunda mitad de la década de los 90 del siglo pasado, con la presidencia de Ernesto Zedillo, y se consolidó en el régimen de la transición, con la debilidad, incluso al interior de su partido, de los dos presidentes panistas y, finalmente, a partir del pacto entre gobernadores, que explicó el retorno del PRI en 2012.
Aunque a simple vista pareciera que el triunfo de la coalición obradorista en 2018 implicó el regreso a la centralización del poder a costa de la lógica federalista, lo que el episodio Sinaloa, así como la dinámica de las sucesiones por venir el próximo año, revela es una realidad mucho más compleja, y es que la clase política está rediseñando un nuevo régimen de gobernabilidad, en el que, si bien es cierto que la Presidencia de la República se fortaleció, quizá como nunca antes en la historia reciente de México, como el poder central del Estado, también lo es que prevalece una lógica de equilibrios en la realpolitik más allá de las reglas escritas.
Los gobernadores, pues, mantienen un margen de maniobra y negociación todavía superior al que tuvieron sus antecesores hasta 1994, cuando menos. Es también oportuno anotar que los mandatarios estatales han gozado siempre de la capacidad suficiente para garantizar que en su ámbito de competencia se mantengan las condiciones de mando, cuando menos frente a los poderes formales.
Lo preocupante es que, a partir de la nueva atomización del poder en México, dada coincidentemente con el debilitamiento del Poder Ejecutivo Federal en el período de la transición, los poderes fácticos hicieron gala de la influencia que son capaces de ejercer sobre las instituciones, sea vía cooptación o captura.
Y no solo se trata del crimen organizado. El debilitamiento del Estado a favor del mercado que se siguió en el paradigma neoliberal fue el primer episodio, en el que, al corporativismo heredado del régimen posrevolucionario, se sumó la lógica del capitalismo de compadres y, finalmente, la incursión de organizaciones criminales como fenómenos de debilitamiento del poder público, con la diferencia de que estas últimas lo hicieron desde lo local, lo que nos tiene en este punto de nuestra historia.
Cabe, entonces, el recuento breve, apresurado y, si se quiere, simplificado, para entender lo que está sucediendo en el ritual del poder político en México, desde Palacio Nacional hasta el más lejano cabildo, pasando por legislaturas locales y gubernaturas. De esta nueva dinámica del poder viene un muy interesante nuevo capítulo por escribirse con la designación de las candidaturas de la coalición mayoritaria y las elecciones intermedias, que permitirán entender la relación entre el poder del centro y los poderes locales, la mayoría y la oposición. El mundo, el poder y la política viven momentos de reconfiguración que, lejos de definir el futuro, definen el día a día en la vida de las personas con una nitidez imposible de ignorar.
@CarlosETorres_



