Cerrado para abrirse de nuevo en estos días, el misterioso caso del libre comercio en América del Norte despeja dudas para abrir nuevos cuestionamientos. Así ha sido el orden mundial, sujeto a reglas o al capricho de los nuevos revolucionarios que buscan playas sobre las cuales descargar agresiones verbales y arancelarias como formas de amenaza o castigo.
Pensar el mundo de hoy para desentrañar sus misterios implica arriesgar seguridades apenas vislumbradas al final de la Segunda Guerra Mundial. Tal desmesura, como lo era reinventar el mundo semidestruido de la segunda posguerra, contaba con las potencias y prepotencias de un campeón que presumía capacidades de articulación desde las cuales acotar a otros buscadores de poder mundial, quienes, además, habían definido como su principal audiencia a los “condenados de la tierra”, cuyas élites y poblaciones también reclamaban un lugar en los nuevos repartos de la riqueza de las naciones.
Por ambición y hasta petulancia no hemos parado. El presidente Bush I habló de un nuevo orden global, una vez finiquitado el desorden abusivo de la Guerra Fría, y nosotros, mexicanos abrumados por crisis que parecían interminables, buscamos ser los pioneros de esos territorios donde podrían combinarse la democracia, la seguridad y la prosperidad económica. Y así arrancó nuestra saga librecambista, cuyas promesas viven hoy bajo la amenaza del nuevo poder imperial que no parece querer oír nada de reglas, trátese de comercio, democracia, medio ambiente o respeto de los derechos humanos. Lo que reina es la incertidumbre y la certeza de que los poderosos no parecen dispuestos a compartir potencialidades. Todo el poder para el poder nos dice y redice el presidente que quiere ser imperial.
Por lo pronto, habrá que entrarle al sendero incierto de un diálogo disparejo y abusivo donde quedan pocos territorios a disposición de los débiles. Y a picar piedra, señores de la negociación a tres bandas, aunque el escenario nos hable de una mesa apenas servida para dos. Como escribió Enrique Quintana: “Con las reglas del juego definidas, las tareas de la negociación que sigue pudieron dirigirse con claridad a un sólo objetivo: acotar gradualmente esa incertidumbre, a sabiendas de que no va a desaparecer (…) Eliminarla no está en manos de México (…) Lo que sí está en manos de México es reducirla por capas: cerrar capítulos uno a uno, quitarle filo a la revisión anual y blindar los sectores más expuestos”. (“Acotando la incertidumbre,” El Financiero, 20/7/26).
La ilusión no viaja en este caso en tranvía. Mientras las grandes y anchas avenidas de la globalización liberista se estrechan sin freno. Qué lejos están hoy las discusiones que ayer confrontaban posturas en torno a lo que en ese momento se presentaba como entrada al primer mundo, condición imprescindible para la prosperidad: el mercado global al que se llegaba tras las reformas estructurales necesarias que incluían el retiro del Estado de las actividades productivas y la apertura de la economía a la competencia externa y al libre flujo de capitales. Transformaciones animadas por las ideas neoliberales que, para varios, formaban ya un pensamiento único e inapelable.
Allá por los lejanos años 80 del siglo XX, México entraba con paso rápido, no necesariamente firme, a formar parte de ese nuevo mundo que el TLCAN coronaba. El tratado no sólo se convirtió en la figura emblemática del vuelco estructural, sino que también fue uno de los instrumentos para apoyar la operación desplegada por el gobierno en su empeño por reencauzar, se decía, la trayectoria de crecimiento seguida. Cambio estructural hubo. Y nos volvimos pujantes exportadores de manufacturas y bienes industriales. Profundas mudanzas institucionales y constitucionales, así como mutaciones en los modos de hacer negocios y tomar decisiones de inversión. Y así sucesivamente.
El tratado ha significado un ajuste estructural importante; la economía tiene una cara moderna en muchas de sus actividades de servicios y un competitivo sector manufacturero. Para el consumo de las finanzas externas y la tranquilidad de rentistas y banqueros internos, se adoptó e impuso una férrea disciplina en las finanzas públicas, pero no un cambio sustancial en su estructura. Seguimos sometidos a los criterios de austeridad más extravagantes que constriñen al Estado y su vapuleado sector público y, en su conjunto, la economía nomás no crece. Y es de este estancamiento que las fuerzas políticas y las organizaciones sociales deberían estar hablando.
Acostumbrarse al sigilo cuando se abordan las cuestiones de la producción, la acumulación y su reparto nunca ha sido bueno. Hoy, frente al inefable poder que pretende ser el dueño de todo, poner bajo el colchón esa problemática podría ser suicida.
Por pausa vacacional, esta colaboración dejará de publicarse un par de semanas.



