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Apuntes para mirar al México actual

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Por: RAÚL ROMERO •

Las crisis y disputas que caracterizan a nuestro mundo hoy son sumamente complejas de analizar. A los problemas y sujetos políticos del pasado, se agregan nuevos problemas y actores que no siempre responden a las categorías y teorías con las que miramos y actuamos antes. Esa complejidad se enreda más en distintos territorios. 

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En el México de nuestros días se hace necesario actualizar constantemente los diagnósticos, mapear los actores y caracterizar momentos para no caer en el pensamiento haragán. En este sentido, planteamos aquí algunos puntos a considerar. Ni son los únicos ni se piensan por separado; además, es apenas un punteo que implica mayor profundidad.

Primero. En el actual reordenamiento del mundo, Estados Unidos e Israel juegan un papel clave: son parte de las metrópolis neocoloniales que destruyen y despueblan territorios para luego reconstruirlos y reordenarlos al servicio del capital. Con esa intención, Estados Unidos intensifica presiones sobre su principal zona de influencia, América Latina. México es clave. Por su parte, los gobiernos de México no han dejado de ser aliados estratégicos de Estados Unidos: ratificaron el Tratado de Libre Comercio, aceptaron el alza de aranceles, lo convirtieron en “tercer país” para las personas migrantes y han continuado con la “colaboración” entre ejércitos para la seguridad hemisférica. 

Las alianzas no sólo son con gobiernos; también destacan los pactos con empresas como BlackRock. Sin embargo, a pesar de la colaboración, Estados Unidos quiere más influencia en el país, y lo hace investigando hechos de corrupción de actores políticos del grupo gobernante, filtrando información, haciendo que sus agencias actúen de la mano de gobiernos de la oposición.

Segundo. La clase política que no se incorporó a la autodenominada Cuarta Transformación luego de perder las elecciones en 2018 –además de las alianzas con el Partido Verde, del Trabajo y con Encuentro Social; miembros del PRI, del PAN, del PRD son parte del grupo gobernante–, inició una fase de reorganización y golpeteo contra el gobierno de López Obrador primero, y contra el de Sheinbaum después. 

Con movilizaciones como las del Frente Nacional por la Familia, o con la difusión de noticias falsas, la vieja clase política –que no sólo es conservadora, pues también tiene a liberales y neoliberales entre sus filas–, ha mantenido su acumulación de fuerzas, ganan terreno político e inciden en la opinión pública. Los más reaccionarios se han articulado a grupos de derecha que operan en todo el mundo y que encuentran en la derecha española a su principal referente. 

La rearticulación de la vieja clase política ha construido nuevos liderazgos con fama en redes sociales, medios de comunicación y entre el electorado. Seguir asumiendo una actitud condescendiente hacia esa vieja clase política no ayuda a entender el escenario actual.

Tercero. La llegada de la 4T en México no cambió el modelo de explotación. El capitalismo sigue vigente y en expansión. Lo que sí pretendieron cambiar fueron las formas de dominación. Reconstruir el consenso por medio de pactos y alianzas, políticas públicas y estrategias de comunicación. En su afán de “ganar a toda costa” y de tener “carro completo”, el grupo gobernante sumó a sus filas a personajes de dudosa procedencia política, moral y legal. 

Personajes como Lilly Téllez son producto de esas alianzas, pero también miembros del sionismo evangelista como Hugo Eric Flores. Qué decir de Cuauhtémoc Blanco, o las familias que en Guerrero, Zacatecas y Oaxaca utilizan el aparato de Estado para enriquecerse y ganar poder. 

No pasa desapercibido tampoco el conflicto derivado luego de la elección de 2024 entre los antiguos aspirantes tanto a la presidencia como en la Ciudad de México. No sólo debe preocupar que la derecha llegue al gobierno en México por medio de la oposición; parece más viable que los empresarios, aliados con militares y policías, lleguen a la presidencia por medio de la misma 4T bajo la promesa de paz y seguridad.

Cuarto. Antes de 2017, en México se vivía una grave crisis de legitimidad estatal. Los altos índices de violencia, la corrupción, la impunidad y el cinismo del régimen provocaron potentes movilizaciones sociales como la de víctimas en 2011, la de juventudes en 2012 y la de Ayotzinapa en 2014. 

Fue en los territorios donde se terminó de agrietar al régimen y se fortaleció una conciencia crítica. En parte, fue sobre las demandas de esos movimientos que el actual grupo gobernante terminó de construir su narrativa. Así repartieron promesas: a Ayotzinapa, a la CNTE, dijeron que no habría fracking, que no se construiría el Proyecto Integral Morelos, que se caminaría hacia la desmilitarización, que se frenaría la violencia y se encontraría a las personas desaparecidas… Una parte del movimiento social independiente creyó, y hoy, ocho años después, demanda que se cumplan esas promesas, pero con mayor enojo al sentirse traicionados.

*Sociólogo

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