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Velar las armas

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Por: JOSÉ BLANCO •

Las derechas de América Latina se volvieron ultraderechas cuando las izquierdas accedieron al poder del Estado, durante la primera ola de gobiernos progresistas. Pasaron a la historia los gobiernos de Hugo Chávez; el primer gobierno de Lula (y el de Dilma); los Kirchner; Tabaré Vázquez, en Uruguay; Evo Morales, en Bolivia, y Rafael Correa, en Ecuador… Fueron gobiernos nacionalistas en relación con los recursos naturales, redujeron en medida variable la pobreza mediante un gasto público expansivo, pero enfrentaron un contexto económico internacional adverso al cesar el ciclo alcista de las materias primas. Estos gobiernos, de otra parte, vivieron con una correlación de fuerzas interna cada vez más nociva: debilitamiento de sus alianzas (las eternas divisiones ideológicas de las izquierdas), los poderes legislativos contra el Ejecutivo, los medios digitales y los escritos, rabiosamente en contra, como una expresión de la conversión de las derechas en ultraderechas, apoyadas por Estados Unidos. Aparecieron, con una fuerza sin precedentes, los “relatos” cínicos que falsifican la realidad y actúan mediante millonarias campañas, especialmente en redes sociales. Así, las derechas recuperaron los gobiernos.

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Esa primera ola latinoamericana fue un factor decisivo en la configuración de la muy real internacional derechista, activamente promovida por Estados Unidos. Su objetivo inicial fue restaurar a ultranza el neoliberalismo; ahora ese objetivo está en proceso de ajuste en un mundo obligadamente multilateral.

Los nuevos gobiernos de derechas y ultraderechas operaron desde posturas seguras del carácter “natural” de la injusticia social: tienen “derecho” a sus privilegios; si éstos se vuelven desorbitados, siguen siendo “naturales”, lleguen adonde lleguen. Esta postura conlleva posiciones racistas y clasistas, como extensión de sus “derechos”. Los gobiernos de derecha produjeron, desde luego, resultados sociales infames y contribuyeron a procrear, muy a su pesar, la segunda ola de gobiernos de izquierda, que inició en 2018 con el proyecto encabezado por AMLO.

Llegaron al poder Alberto Fernández (¿izquierda?) en Argentina, Luis Arce (Bolivia), Pedro Castillo (Perú), Xiomara Castro (Honduras), Gabriel Boric (¿izquierda?), Gustavo Petro (Colombia), y el regreso de Lula. Fue una ola de gobiernos más heterogénea que la primera, en un contexto de ultraderechas feroces, más consolidadas, más activamente internacionalizadas, promoviendo a todas horas el lawfare, apoyadas con la fuerza imperialista, intervencionista, ahora de Donald Trump. De otra parte, los proyectos de la segunda ola padecieron un margen fiscal más restrictivo y perdieron pronto el consenso de los electores. Regresaron nuevamente los proyectos del privilegio para pocos. Subsisten el proyecto de Lula y el de la 4T.

A sus 80 años, Lula quiere relegirse. Una dura empresa que muestra acaso la extrema dificultad para renovar una dirigencia efectiva del proyecto progresista. En Brasil, además, existe una enorme fuerza de derecha, de amplia base social pentecostal, apoyada por Estados Unidos. El futuro cercano no es promisorio.

Subsiste en México el proyecto de la 4T con la presidenta Sheinbaum. Las derechas no tendrán nunca un proyecto nacional. Su proyecto es el pasado: el PAN anunció su propuesta de privatizar Dos Bocas, regresar a los privados la producción de energía eléctrica y el agua. Y paso libre a Estados Unidos y sus agencias, como lo practica el gobierno de Chihuahua. El proyecto de las derechas es el de los privilegios para la eternidad. En México, de otra parte, ha ocurrido una real revolución de las conciencias, sobre la base de la conciencia histórica de la Revolución Mexicana. Las campañas de los relatos infames y cínicos contra dirigentes de la 4T han mostrado hasta ahora su impotencia. Morena continúa como la fuerza predominante en el seno del Estado.

Pero la 4T no tiene comprado su futuro ni el de los mexicanos. Menos aún con el sordo odio ensordecedor que las derechas gobernantes en Estados Unidos le dispensan. El futuro previsible exige tener centinelas permanentes velando armas. Las de la política, las de la justicia social en continuo avance, las de la organización de masas.

Son años de estudio propio y de entendimiento minucioso de las olas progresistas que pasaron a la historia. En Morena y sus alianzas, las derechas internas deben ser vistas como un potencial caballo de Troya. Debe ser evitado un triunfo, alcanzado por el caballo, no mediante un discurso susceptible de ser abrazado por las mayorías, sino producto de un golpe interno que habría prosperado con el discurso de Morena.

Los principales riesgos de la 4T no provienen del universo Prian(PRI + PAN + PAZ + Somos México). Provienen de Estados Unidos y de las derechas internas de la 4T. También, es de señalarse, de la paulatina merma de su margen fiscal. La prioridad de la 4T ha sido, correctamente, la necesidad básica de los pobres: su alimento, en primer lugar, una urgencia de hoy, día tras día; luego, su vestido, su educación y su casa. Es hora de ir pensando, sin prisa, pero sin pausa, en ajustes pertinentes.

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