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■ Salma Hayek y Lila Downs dieron la bienvenida a todos los participantes

Con ‘show’ de Shakira, Maná y J Balvin abre el Azteca su tercera Copa

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Por: La Jornada •

Cuando se escuchó el bramido de los caracoles, los celulares fueron más veloces que las miradas. Un paisaje de manos levantadas con aparatos que grababan el inicio del espectáculo nos recordaron que esto era la inauguración del Mundial de 2026 en el estadio Ciudad de México y no una ceremonia de 1986 o 1970. Es el tercer campeonato que arranca aquí, pero sólo durará el suspiro de 13 partidos. Anfitriones sólo por un momento y, después, un espectador más.

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GALERÍA: Así fue la fiesta de apertura del Mundial 2026 en el Estadio Azteca

Otra realidad también lo hace distinto: la Copa del Mundo de tres países que empezó ayer no ocurrió como en el primer torneo en México por la asociación entre la FIFA, el gobierno –de Díaz Ordaz– y la televisora de Emilio Azcárraga Milmo; tampoco ha sido por obra de Televisa, como cuando fue dueña absoluta del torneo en 1986.

Esta vez todo sucedió por ese nuevo imperio llamado FIFA que pretende convencernos de que esto se trata de futbol, aunque cada vez queda más claro que esto trata, sobre todo, de cosas ajenas al balón. Mientras esto ocurre, uno de los anfitriones, Estados Unidos, ha bombardeado a un invitado, Irán, y hostiga a su delegación en esta Copa.

La FIFA insiste en que ésta es una fiesta que une al mundo en cuanto empieza a rodar la pelota. Pero afuera del estadio Ciudad de México, diversos grupos se resisten a digerir ese relato. Madres de desaparecidos levantaron la voz mientas en la cancha se veía un espectáculo con las estrellas latinas del momento; estudiantes y profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación se manifestaron contra esta puesta en escena y para amplificar sus demandas. Y el bloque negro logró filtrarse por la puerta 8 del estadio –en la parte posterior del inmbueble– para intentar reventar el acto; afuera de la explanada se enfrentaron a la policía.

Esta inauguración no podía ser como antaño, porque todo ha cambiado. Antes los números musicales de las aperturas se podían confundir con un promocional de la Secretaría de Turismo. Los tiempos que corren exigen que todo sea espectacular y descomunal, explosivo si se puede. Y en el centro de la cancha, desde las entrañas de un escenario dorado, emergió un monumental trofeo de la FIFA. Las siglas del organismo del futbol de pronto se desplazaron desde lo alto del estadio, como un tótem de oro, para coronar la escena en el centro del campo.

Y empezó aquello que parecía más un show como los que acostumbran los deportes globales de hoy día algo que parece más un concierto masivo que un simple aperitivo de bienvenida para un torneo. Salma Hayek y Lila Downs se encargaron de dar la bienvenida a los participantes. Entonces apareció Maná y todo se estremeció. No podían faltar tampoco los bailarines con atuendos que se suponen prehispánicos y las faldas para el zapateado, aunque esta vez no zapateaban, sino que perreaban mientras Danny Ocean cantaba Partidazo. Siguió una efímera Belinda y tras un preámbulo de botargas de Labubus –esos monstruos de peluche que se cuelgan en las mochilas de los adolescentes–, J Balvin llegó a calentar el escenario antes del momento estelar: Shakira con el tema del Mundial. Ella es la figura más importante de este show, ningún cantante latinoamericano tiene más proyección planetaria ni tiene sus antecedentes mundialistas: fue la intérprete del tema de Sudáfrica 2010 y la afición lo recuerda.

Por todas partes se recuerda que todo ha cambiado tanto desde el último Mundial que se inauguró en este estadio en 1986. Las tecnologías son otras, inimaginables si nos remontamos cuatro décadas atrás, los hábitos y la atención de las audiencias también se han fragmentado. Pero algo parece mantenerse intacto: al aficionado mexicano le gusta el relajo cuando está en bola.

Es verdad que los precios dejaron fuera al aficionado de siempre, ese que le da sabor al ambiente futbolero, pero aquellos que lograron entrar, porque su realidad se los permitió o porque echaron mano a los ahorros o comprometieron el patrimonio, como sea, quienes ocuparon las gradas se comportaron como si el tiempo fuera una bagatela y lo mismo gritaban y se descomponían como en 1986 o 1970.

Cuando de echar relajo se trata el aficionado parece ser el mismo. El paisaje verde bandera de las camisetas y el tapiz de círculos enormes de los sombreros mexicanos revivieron las imágenes de otras épocas. La ola realmente no parecía la de aquellos años, como que la marea humana no entraba en sintonía y apenas una tímida onda que avanzaba un poco en las plateas y rompía pronto. Pero en los momentos en los que sentían euforia, el público aventaba la cerveza como si la hubiera pagado al precio de aquellos años de inflación en 1986. Porque en 2026 una lata cuesta alrededor de 300 pesos.

También se ha mantenido fiel ese amor tóxico por la selección mexicana. Cuando las dos pantallas gigantes transmitieron la llegada del Tri encabezado por Javier Aguirre, la afición se olvidó del largo historial de decepciones. Hoy, como ayer, el aficionado mexicano los ama y los odia con la misma intensidad.

Y tampoco han perdido la hostilidad por el otro en la cancha. Cuando en las pantallas fue el turno de los integrantes de Sudáfrica, el estadio los abucheó como si fueran enemigos y no sólo rivales, olvidando las buenas maneras que se exige de la reputación de anfitriones cálidos que se tiene en este país.

En las zonas más cercanas a la cancha había menos entusiasmo, como si los asistentes no sintieran necesidad de levantarse de sus costosos asientos.

Pero a medida que se ascendía por las escalinatas, la fiesta era más ruidosa. Así hasta llegar a las zonas altas, verdaderas áreas demenciales donde gritaban más, coreaban más y vociferaban más, porque para muchos el bravuconeo es parte inevitable de las reglas de juego.

Pasarela de políticos

Estos espectáculos deportivos siguen funcionando como un escaparate para la farándula y la política mexicana. La ex candidata presidencial por la coalición PRI-PAN-PRD, Xóchitl Gálvez, estuvo presente; igual que el senador y presidente del PRI, Alejandro Moreno, aprovecharon para hacerse notar. Los gobernadores de Movimiento Ciudadano, Samuel García (Nuevo León) y Pablo Lemus (Jalisco), la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, y el ex gobernador de Morelos y diputado de Morena, Cuauhtémoc Blanco, también se lucieron en el estadio.

El momento incómodo lo protagonizó el dueño de Tv Azteca, Ricardo Salinas Pliego, quien vivió un espontáneo repudio por parte de algunas personas en una de las entradas al estadio. Además del desmentido del presidente de la la Federación Mexicana de Futbol, Mikel Arriola, quien aclaró que nunca lo invitó “como representante” de nada.

Y como suele ocurrir en los mundiales, también acudieron atletas famosos como el Canelo Álvarez y algunas leyendas del futbol como Ronaldo, Marcelo y Figo.

Esta inauguración, pues, no fue la puesta en escena de una pretendida modernidad, como en 1970, ni la consolidación de una mirada única impuesta por una televisora que pensó el espectáculo de apertura para mirarse principalmente en una pantalla. No, este inicio, ante todo, fue el simulacro de la FIFA para convencer que se trata de la unión universal en torno a un balón, aunque alrededor del mundo y en las calles, se contradiga ese cuento.

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