Nada puede contra el poder de la naturaleza, como se constató la tarde de ayer, cuando un intenso aguacero dispersó a los miles de aficionados que celebraban en la Glorieta del Ángel de la Independencia el triunfo inaugural de México en la Copa del Mundo 2026. Fue, sin embargo, una interrupción pasajera: apenas menguó la lluvia, la fiesta prosiguió su curso, y hasta el sol volvió a asomarse.
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Pero no todo era júbilo en el lugar. Bajo la misma columna donde estallaba esa marea de playeras verdes, decenas de madres buscadoras y familiares de personas desaparecidas mantenían una protesta pacifica y desgarradora: mantas con rostros, consignas como “¿dónde están?” y un grito que el futbol no puede callar.
El juego en el otrora estadio Azteca finalizó 2-0 ante Sudáfrica y tras el silbatazo, una marabunta humana inundó el Paseo de la Reforma. Era un tsunami de frenesí: sombreros charros y cacahuateros con la leyenda “Viva México, cabrones”; trompetas, matracas y el grito incesante de “¡México, México!”
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Los carriles centrales fueron cerrados a la circulación desde antes del mediodía. Las autoridades montaron un escenario donde, concluido el juego, un grupo femenino de mariachi se solazaba con algunos de los mejores temas de Juan Gabriel. No había actuado ni media hora cuando Tláloc impuso su ley. La lluvia fue torrencial, despiadada, y obligó a suspender el espectáculo. La multitud se dispersó para guarecerse.
Campeón en desapariciones
Desde muy temprano, bajo el monumento, las madres buscadoras exigían justicia con pancartas que decían: “México, campeón en desaparición” y “El balón está en la cancha, nuestros familiares no”. A unos cuantos metros, la Red Regional de Familias Migrantes y Desaparecidos realizó una “cascarita de la empatía ”, mientras coreaban que ningún ser humano puede ser ilegal por el hecho de buscar mejores condiciones de vida.
En medio de esa tensión, las primeras decenas de aficionados que arribaban a la zona, como Kevin Salvador, llegado desde Pachuca con su esposa e hija, resumían el sentir popular: “Ir al estadio es imposible para la gente del pueblo. Aquí viviremos esta fiesta. Me cae que ahora sí llegamos al menos al quinto partido”.
En la Zona Rosa, uno de los principales polos turísticos de la urbe, bares y restaurantes reventaban con cada gol y el Himno a cappella.
El primer gol mexicano provocó el delirio y gritos ensordecedores; el Cielito lindo se coreó entre cerveza y esperanza. Cuando apareció en la televisión el máximo mandamás de la FIFA, Gianni Infantino, el júbilo se tornó en enardecimiento: “¡Eeeeh puto!”, seguido de gritos de “¡culero!”
En tanto, a los pies del citado monumento, las buscadoras no cesaban: “No son ni uno, ni dos, ni tres: son miles”. Dos realidades paralelas bajo el mismo cielo que amenazaba ya con abrirse, como finalmente ocurrió casi media hora después de finalizado el cotejo inaugural.
La tormenta de dimensiones bíblicas cejó tras 40 minutos. Y el espíritu festivo regresó al Ángel aun más poderoso: porras, el Cielito lindo de nuevo y el grito unánime de “¡México!”
La tónica entre esa afición de a pie, los relegados de los estadios, era unánime: “El Mundial es nuestro”, como dijo Javier Ruiz, o esos jóvenes universitarios que se jactaban de que nada les quitaría el gusto de vivir y difrutar este Mundial: “cómo chingados no”.
Fue, pues, un día de contrastes: mientras unos alzaban la copa imaginaria, otros alzaban fotos de ausentes.



