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México: el neogolpismo avisa

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Por: José Steinsleger •

Uno. En 1975, el escritor ecuatoriano Jaime Galarza (1930-2023) entrevistó en Londres al ex agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) Phillip Agee (1935-2008), mejor conocido en México por haber probado la colaboración de dos presidentes y un alto funcionario del país, con la sórdida agencia del espionaje yanqui: Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez ( Inside the Company, Stonehill, Nueva York, 1975).

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Dos. Agee fue oficial de carrera de la CIA, y antes de arrojar la toalla (1969) trabajó en Ecuador, Uruguay y México. Naturalmente, a Galarza (autor de El festín del petróleo 1970) le interesaba conocer el modus operandi de la agencia en Ecuador, y los entretelones del golpe militar que derrocó al presidente constitucional Carlos Julio Arosemena en julio de 1963.

Tres. Didáctico, Agee explicó al escritor ecuatoriano: “en realidad, sería más exacto decir que la CIA apoyó a fuerzas internas que subvertían el orden financiando protestas, publicando noticias falsas, desprestigiando a líderes honestos, estimulando intrigas políticas, azuzando la división en organizaciones de izquierdas, y apoyando a sectores reaccionarios que realizaban acciones terroristas en nombre de tales organizaciones para que fueran atribuidas a ellas”.

Cuatro. Ahora bien, si la segunda parte de estos apuntes fue cerrada con la reflexión del gran William Faulkner (“el pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado”), apuntemos el bulo publicado por un editorial de U.S.News & World Report (revista oficiosa del Pentágono) en junio de 1967: “en México se prepara una nueva revolución de corte comunista” (términos como narcoterrorismo no estaban de moda entonces).

Cinco. En consonancia, Agee escribió en su libro que, desde junio de 1968, la estación de la CIA en México (conducida por su jefe, Winston Scott), producía informes casi diarios sobre el accionar de la comunidad universitaria y el gobierno de Díaz Ordaz. Y añadió que el secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez y el jefe de Seguridad Federal, Fernando Gutiérrez Barrios, habrían dicho a Scott: “la situación estará bajo completo control en breve”. (Adenda de color: Scott se casó en México el 24 de diciembre de 1962. Padrino de la boda: el presidente López Mateos. Testigo: el entonces secretario de Gobernación, Díaz Ordaz).

Seis. En vísperas de los Juegos Olímpicos, el director de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés), Edgar Hoover, declaró que grupos comunistas preparaban “actos subversivos”. Cuatro días antes del fatídico 2 de octubre, el director de la CIA Richard Helms aterrizó en México, y junto con el embajador Fulton Freeman emplazó al secretario de la Defensa Nacional (general Marcelino García Barragán) para que declarara estado de sitio.

Siete. García Barragán se negó. Sin embargo, en la mañana del 3 de octubre, mientras camiones del ejército seguían recogiendo cadáveres de jóvenes acribillados en la Plaza de las Tres Culturas (confirmados más de 300; oficialmente, “de 20 a 29…”), el jefe de jefes de la “libertad de expresión” en México, Jacobo Zabludovsky, abrió el noticiero Nescafé diciendo: “hoy fue un día soleado”. (Adenda para los que dicen que literatura y política son antónimos: en protesta por la masacre de Tlatelolco, Octavio Paz renunció a su cargo de embajador en India, y desde Buenos Aires, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares enviaron un telegrama de apoyo al presidente Díaz Ordaz).

Ocho. Algunos veteranos niegan que Zabludovsky dijo lo dicho. Como fuere, durante medio siglo, el “estilo Zabludovsky” de informar dictó cátedra a legiones de discípulos que aprendieron la norma: administrar el silencio por sobre cualquier primicia. Norma que empezó a cuestionarse abiertamente tras el terremoto de 1985 y el derrumbe del edificio de Televisa en avenida Chapultepec, pero continúa siendo aplicada en los grandes medios hegemónicos.

Nueve. En junio de 1982, tuve el privilegio de asistir a una extraordinaria conferencia del periodista Manuel Buendía en la Facultad de Economía de la UNAM. De mis apuntes, transcribo cuatro perlas: “La CIA es, entre otras cosas, una perfecta síntesis o muestra de alianzas entre los intereses políticos y militares del gobierno norteamericano (ojo: no dijo “estadunidense”), y los de la delincuencia organizada o libre dentro de ese mismo país y otros”. “¿Por qué dedicar tiempo y esfuerzo a esta tarea?” (N. de la R.: investigar sus actividades). “La única razón es de índole patriótica. Yo no considero devaluadas palabras tales como nacionalismo y patriotismo. Y estoy persuadido, como seguramente muchos de ustedes lo están también, de que los espías norteamericanos son enemigos de nuestro país”.

“No hay un solo Estado, no hay un solo gobierno en el mundo que carezca de servicios de inteligencia. Los tienen exactamente todos, incluyendo el Vaticano. Los tiene México, aunque cuando armamos servicios de espionaje para el exterior lo hacemos casi tan bien como cuando formamos una selección nacional de fútbol”.

“Me gustaría saber si alguien puede citar un solo caso en que el gobierno de Estados Unidos, como consecuencia de la información suministrada por sus agentes de inteligencia, se haya sentido inclinado a un mayor respeto para las leyes e instituciones mexicanas”.

Diez. Manuel Buendía fue asesinado en la Ciudad de México la noche del 30 de mayo de 1984, cuando salía de su oficina situada en la avenida Insurgentes y Paseo de la Reforma. ¿Importa saber por quién o quiénes? Zabludovsky y otros periodistas, que en sus bolsillos guardan la fibra más sensible, transmitieron la verdad oficial: “el crimen organizado”.

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