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Laura Avellaneda, un amor de quinceañero

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Por: CARLOS MARTÍN BRICEÑO* •

La Gualdra 719 / XV Aniversario de La Gualdra

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Laura Avellaneda. La nombro y regreso en el tiempo, 45 años atrás. Tenía quince años y anhelaba convertirme en escritor. Neruda, García Ponce, Vargas Llosa, Cortázar, Arreola, Hemingway, García Márquez, Rulfo, Benedetti. Leía como desaforado todo lo que caía en mis manos. Vivía cada cuento, cada poesía, cada novela y me identificaba plenamente con los personajes.

Número 15 maya.
Número 15 maya.

Quizás por eso, como Martín Santomé, el cincuentón protagonista de “La Tregua”, la más popular de las novelas de Mario Benedetti, me enamoré perdidamente de Laura Avellaneda, la joven de veinticuatro años que en la historia laboraba como secretaria en la misma oficina que Martín.

“Avellaneda tiene algo que me atrae. Esto es evidente, pero ¿qué es?”, se preguntaba aquel contador montevideano, poca cosa, viudo y deprimido, que fijaba en Avellaneda toda su felicidad. 

“Hoy la estuve estudiando. Se mueve bien, se recoge armoniosamente el pelo; sobre las mejillas tiene una leve pelusa, como de durazno”.

Y es que, a los quince años, es difícil resistirse al embrujo seductor de la literatura. Máxime cuando se trata de una historia como ésta:  sencilla, idealista y romántica. Un relato que reivindica el poder del amor por encima de todas las cosas. 

Me pregunto dónde habrá quedado aquel libro que leí con tanta enjundia. Recuerdo bien su sencilla portada color verde donde sobresalían el título y el nombre del autor en la parte superior y, en la inferior, el de la editorial -Nueva Imagen-, la misma que publicaba al argentino Quino, el padre literario de Mafalda.

Años después, cuando comencé por fin a tener cierto reconocimiento como escritor, alguien me obsequió una nueva edición de “La Tregua”. Benedetti había muerto y varias de sus obras estaban siendo editadas a gran escala por Alfaguara. No quise releerla. Tuve miedo de perder esa ensoñación que, a mis quince años, me produjo descubrirla. Preferí quedarme con la imagen idílica de Laura Avellaneda: sus hombros llenos de pecas, el busto pequeño, sus bonitas caderas. Pero, sobre todo, con su voluntad para luchar y aceptar con generosidad el amor tardío de Martín Santomé.    

*Mérida, Yucatán. Narrador yucateco. Autor de una docena de libros y ganador de cinco premios literarios. Afirma que  la literatura y el cine son mejores que la vida.

 

       

 

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