Javier Cercas ha escrito otro maravilloso libro. En “El loco de Dios en el fin del mundo” un ateo, con una madre creyente con alzhéimer, español nacido y educado en el franquismo, acepta el reto de narrar el viaje a Mongolia de un católico argentino a quien algunos califican de peronista, y que, al aceptar el cargo de Papa, advierte (quizá se advierte): “Aunque soy un gran pecador”. Valgan las sendas descripciones para apuntalar el tono en el que un “loco sin Dios” seguirá los pasos, tratando de entender, al “loco de Dios” (haciendo referencia a San Francisco de Asís, de quien toma título Bergoglio).
Siendo estos días de obligada convivencia con la religión para quienes vivimos en México (ya no es queja), la lectura del más reciente libro de Cercas es una invitación a tener otra perspectiva de la religión más influyente en nuestra historia, cultura y, según leo cada vez más, en nuestro polo global (occidente): la católica.
Intentaré una reseña sin spoilers: el texto nace de una invitación a Cercas por parte de funcionarios culturales del Vaticano a escribir un libro que narre el viaje del Papa Francisco a Mongolia, un país que el autor supone “el fin del mundo”. En el debate entre aceptar o no la invitación, siendo él ateo y por tanto escéptico del catolicismo, sus liturgias y protocolos, termina aceptando por curiosidad, porque acepta que, independientemente de sus creencias, la Iglesia sigue siendo una institución milenaria y su líder, asuntos ambos de interés para cualquiera que goce del don de la curiosidad. Acepta además por una cuestión personalísima y fundamental: porque desea entender la fe de su madre, cuando afirma con toda convicción que se encontrará, al morir, con el amor de su vida, el padre de Cercas, ya fallecido. Su objetivo será hablar con el Papa Jesuita sobre la resurrección, la idea más poderosa del catolicismo.
En ese esfuerzo Cercas conoce dos países, dos formas de Iglesia católica, dos expresiones de la fe: el Vaticano, la institución, la tradición y la reforma, los vicios y las bondades; el clericalismo (repudiado por Francisco) y el peso de lo milenario. Y Mongolia, en donde se encuentra con la vocación misionera de la Iglesia, con una felicidad que se nutre de la fe a toda prueba: desde acompañar el sufrimiento y la miseria ajena, hasta el sacrificio personal (temperaturas a cuarenta grados bajo cero, insertarse en una cultura del todo lejana a la occidental, la distancia misma, el aislamiento).
El libro, que sigue el estilo de una novela, es, sin embargo, un maravilloso ensayo de actualidad. Permite conocer una institución política, religiosa, ideológica y social (sí, todo eso junto), desde una perspectiva coyuntural única: la de un ateo que busca entender, y en ese esfuerzo, nos explica, en voz de quiénes pertenecen por convicción y devoción a la Iglesia católica lo que significa e implica la fe cristiana.
Independientemente de sí se profesa o no una fe, y de sí esa fe es la cristiana en cualquiera de sus expresiones, “El loco de Dios en el fin del mundo”, nos pone en la mente un debate muy actual: el rol de la fe en un mundo que, apostándole tanto a la razón, ha terminado por abandonar el sentido común, extraviándose en un vacío que nos conduce con inquietante velocidad, a un abismo materialista que se agota en sí mismo.
Ojalá que en este mundo en el que hay cada vez más locos sin Dios, lo sean más como Cercas; y no se extingan los locos de Dios, convirtiéndose en locos de Dios a la San Francisco de Asís y a la Bergoglio.
@CarlosETorres_



