La Gualdra 706 / Cine y Literatura
Por Armando Navarro
Para Tomás, a quien conté
esta historia demasiado pronto
- A altas horas de una maldita noche
Robert Louis Stevenson publicó The strange case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde en 1886. El Reino Unido que vio el nacimiento de la novela vivía bajo el yugo de la moral victoriana: un código de comportamiento que vigilaba, en extremo, la fachada pública de las personas y las sociedades. Entre todas las zonas del alma humana, la vida sexual pagaba uno de los costos más dolorosos: Eros debía quedarse entre las sombras, al grado de la asfixia.
La historia sigue al abogado Gabriel John Utterson, un hombre maduro, poco expresivo y de lealtad inquebrantable. Su viejo amigo, el doctor Henry Jekyll, vive últimamente bajo el asedio de un tal Edward Hyde: un hombre pequeño, de fealdad metafísica, que inspira a todos un horror gélido. Además es dueño de una crueldad sin límites. Stevenson presenta a Hyde en un pasaje en el que, después de chocar en la calle con una niña pequeña, la pisotea y se va.
Utterson sospecha que la relación entre Jekyll y Hyde se basa en el chantaje: ¿qué error pudo haber cometido su amigo, por el que ahora el otro lo extorsiona, le saca dinero y lo obliga a pagar el costo moral de sus atrocidades? El abogado, a quien acompañamos durante casi todo el libro, emprende una angustiosa investigación que busca poner fin a la tortura de su amigo Henry, cada vez más desolado y solitario.
En una noche de luna enorme, Hyde mata a golpes a Sir Danvers Carew, un anciano miembro del Parlamento. Utterson busca a Jekyll, quien le asegura que el asesino se ha ido de la ciudad para no volver. Poco tiempo después, el doctor se aísla en su hogar, en estado de aparente petrificación. Utterson acude y, con la ayuda de los trabajadores de la casa, derrumba la puerta del gabinete donde está encerrado. Sobre el suelo yace el cadáver aún convulso de Edward Hyde.
En una última confesión, Jekyll declara la verdad: él y Hyde son uno mismo, su coexistencia es fruto una pócima (casi científica, casi mágica) que posibilita la transformación.

- Los más indignos placeres
El relato de Henry Jekyll es doloroso y aterrador. Los últimos meses de su vida fueron un tormento. Tiempo atrás descubrió que el ser humano no es uno, sino dos: en cada uno de nosotros, el costado más pulsátil y sofocado es el que habita la región del Mal.
Jekyll, que pertenecía a la más alta sociedad londinense, que dedicó su vida a la medicina y a la curación del prójimo, y que deseaba sobre todo el respeto y el aprecio de sus semejantes, tenía una inclinación oculta y culpógena a “los placeres más indignos”. Fue así que compuso el químico. Lo bebió en una maldita noche. Su cuerpo se transformó y el torrente maligno emergió de pronto. Esa liberación aparente se convirtió en una lucha brutal que terminó en el suicidio de ambos.
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde forma parte de un ecosistema literario que hoy está en el corazón de la cultura occidental: Frankenstein (Mary Shelley, 1818), Drácula (Bran Stoker, 1897), Otra vuelta de tuerca (Henry James, 1898), por mencionar algunos. Pero también se inscribe en la tradición de la literatura policial: hay un enigma en el centro del relato y también hay un detective que busca resolverlo. Motivado por la amistad y la angustia, Utterson ejerce esta función. El final, sin embargo, tuerce la regla del género: detrás del misterio no hay una explicación legible, sino un evento fantástico y aterrador.

La ambigüedad es uno de los elementos más valiosos de la novela: no sabemos con certeza cuáles son esos placeres indignos. Podemos hacer conjeturas, pero el punto ciego nos invita a proyectar en el lienzo las aberraciones variables de cada época humana.
Un miembro de la alta sociedad de Londres transforma literalmente su cuerpo para hacer lo peor: gozar, matar. Estas dos modalidades de profanación tienen ecos en este, nuestro mundo violento:
- Las élites del siglo XXI no necesitan el jugo de Jekyll para sucumbir al fango de su mezquindad: el abuso y la vejación sobre los cuerpos más vulnerables (y los más jóvenes) exige solamente una red de alianzas y capital que garantice la impunidad de sus actos.
- El asesinato del anciano, en plena calle de Londres, tiene un correlato en el México actual: para reconfigurar de continuo las relaciones de poder en la vida pública, la violencia debe ejecutarse a la vista de todos; así lo vivimos desde hace veinte años: las llamas, las balas, los cuerpos desmembrados sobre las avenidas.

III. Tu indigno y desgraciado amigo
Pero la luz, en realidad, no proviene de aquello a lo que llamamos el Bien. Las construcciones morales cambian con los siglos. Lo que dejan fuera se convierte en la encarnación del Mal de la época.
La luz está en Utterson, o mejor, en el impulso de proteger a su querido amigo, el doctor Henry Jekyll. ¿Qué implica cuidar a alguien que ha hecho lo más espantoso?, ¿cómo acercarnos al mal que hay en nuestros seres amados?

La respuesta, quizá, está en el valor casi divino de la amistad, en los lazos libres de la farsa y la imposición.
Lo sabemos todos los que contamos con un Gabriel John Utterson.
https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_706



