A partir del descubrimiento de la agricultura y, consecuentemente, la fundación de las primeras ciudades, fue acentuándose el dominio y la explotación de unos sobre otros, generándose con ello la desigualdad social.
Las primeras grandes culturas —Mesopotamia, Egipto, China, India, Grecia y Roma— construyeron sus ciudades y sus sorprendentes obras arquitectónicas con trabajo esclavo. Así, mientras los hombres libres se dedicaban a la recreación, el estudio, la filosofía, las artes, la política, etc. la gran mayoría, en su condición de esclavo, tenía que vivir exclusivamente para trabajar hasta agotar todas sus energías y extinguírsele la vida.
En la Edad Media, con el feudalismo como modelo de producción a partir de la concentración de la tierra en pocas manos, la forma de vida de las mayorías no fue muy distinta a la de la esclavitud. El señor feudal era dueño de los campesinos y, por tanto, de lo que estos producían.
Con la emergencia del capitalismo las cosas no fueron diferentes, los dueños de los medios de producción, ahora del capital, se apropian de la mayor parte del trabajo del obrero, del trabajador asalariado, es decir, del plusvalor.
Como se puede inferir, desde hace más de 5,000 años, unos pocos oprimen a las mayorías. Desde entonces, individuos y colectivos han intentado sacudirse el yugo que les explota y limita o priva su libertad. Uno de los primeros y más destacados episodios fue la rebelión de Espartaco que logró el despertar y la adherencia a la causa de la libertad a millares de esclavos que en el año 73 a.C. pusieron contra las cuerdas a la República Romana (Recomiendo ampliamente la lectura del libro Espartaco de Howard Fast).
Como este ejemplo de intentos de emancipación de la clase trabajadora los hay por cientos en la Historia Universal, pero también los tenemos en la nuestra: los más destacados, sin duda, son la Guerra de Independencia y la Revolución Mexicana. Pero, ¿qué impulsó a esos colectivos a arriesgar la propia vida en el intento de cambiar su realidad? Evidentemente una condición material insoportable, tanto que consideraron que esa vida así, bajo esa situación, no valía la pena vivirla. También tuvo que haber una compresión plena, o por lo menos una noción, de su condición, de su realidad.
En el presente, la utopía de constituir sociedades más justas no cesa de mover a distintos colectivos en el plano nacional e internacional. Desde luego, hoy y siempre han existido desclasados charlatanes y embaucadores que en el discurso dicen enarbolar las causas populares para hacerse del poder, y una vez que lo obtienen, dan la espalda a quienes los encumbraron. Ellos llevan al opresor en su interior, en su pensamiento, de ahí la importancia de revisar trayectorias al momento de emitir un voto para la elección de representantes.
¿Qué se necesita, pues, para generar los cambios sociales reales y duraderos? Lo fundamental es la toma de conciencia colectiva sobre la realidad, equipos amplios que estén dispuestos a correr riesgos y asuman plenamente la responsabilidad de coordinar los esfuerzos de cambio. Hombres y mujeres, que hayan logrado la descolonización del pensamiento neoliberal, con otros valores, otras ideas y otra cosmovisión; con el arrojo, la creatividad y la valentía para explorar otros escenarios posibles, cuya probidad no esté en tela de juicio, que tengan su trayectoria como testimonio. Esos elementos son necesarios para propiciar la confianza y la unidad de las mayorías para colaborar intensamente en la construcción de un nuevo orden social.
Desde hace años, la posibilidad de cambio es el motor que nos impulsa a la lucha a quienes militamos en el MDMZ. A partir del 13 de diciembre de 2024, fecha en que se nos delegó la representación de nuestro gremio, hemos puesto en juego toda nuestra experiencia, capacidades, habilidades y conocimientos de lucha y de gestión al servicio de esa causa. Con esa solvencia moral, convocamos a quienes conforman la democrática Sección XXXIV a seguir participando en toda acción que vaya en el sentido de buscar el bien colectivo. No hay que claudicar, debemos tener presente siempre que “Roma no se construyó en un día”, que la Revolución Mexicana requirió por lo menos 7 años y cientos de miles de vidas humanas para poder plasmar las principales demandas de los movilizados en la Constitución y décadas para que éstas se transformaran en hechos concretos.
Sigamos haciendo de la relación representados-representantes en nuestro gremio, una relación dialéctica en la que exista un respaldo mutuo teniendo como base un compromiso serio de parte nuestra de no defraudar la confianza de quienes en nosotros la depositan. Sigamos forjando el cambio que deseamos, horizonte al que pretendemos llegar y que es motivo de inspiración de quienes trabajamos para alcanzarlo.
*Secretario General del Comité Ejecutivo de la Sección XXXIV SNTE-CNTE



