“Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.
Simón Bolívar
En los momentos presentes que vivimos, al inicio de un año que no presagia nada nuevo, nos vemos obligados a comentar, en esta como en otras plataformas, nuestra forma de pensar conforme a los recientes acontecimientos ante la invasión, bombardeo, intervención y secuestro del presidente en funciones de la República Bolivariana de Venezuela, el día 3 de enero, hecho que nos trajo a la memoria una situación similar acontecida en diciembre de 1989 en Panamá, donde los Estados Unidos, con una fuerza de 26 mil hombres, invadieron con el objetivo de secuestrar al presidente en funciones, quien ahora sabemos fue entrenado, manipulado y utilizado durante mucho tiempo por la propia CIA, institución que era apoyada por este oscuro personaje para facilitar el traslado de la droga, principalmente cocaína, desde países como Colombia hacia los Estados Unidos.
Una de las facetas que me interesa que quede clara ante quien lea estas líneas es el pretexto -porque claramente es un pretexto- de acusar, en este caso, a Maduro de encabezar una organización para el envío de drogas, especialmente fentanilo, a territorio norteamericano, y que pretende justificar la reciente e inaceptable acción -claramente de guerra- en contra de un país supuestamente soberano e independiente como es Venezuela.
No nos engañemos, y esto va para todos aquellos -que son muchos- que festejaron abiertamente la invasión; “pirruris”, les llaman por ahí, personajes conservadores de derecha y extrema derecha que se veían felices porque terminaban los días de Maduro al frente de ese país hermano, y que justificaban e incluso anhelaban que algo similar ocurriera en nuestro país, con la intervención de los Estados Unidos en tierras mexicanas para combatir el tráfico de estupefacientes, como si ello no implicara un delito flagrante a nuestro esquema legal por traición a la patria.
Lo primero que les diría es que no muestren su falta absoluta de sentido común, es decir, su ignorancia, por cuestiones que son más que obvias.
Trump y sus secuaces aseguran que su combate es para detener la entrada de fentanilo, al que han denominado, previa disposición presidencial, como arma de destrucción masiva -¿recuerdan la mentira utilizada para combatir a Irak, cambiar su sistema político, llevarse todo su petróleo y retirarse dejando a ese país en ruinas con esta ya famosa falacia?- y ahora la historia se repite. Por ello, tenemos que insistir en dos asuntos: uno, el fentanilo es también una sustancia utilizada legalmente en la medicina para la administración de lo que conocemos como neuroleptoanalgesia, y se utiliza en el 90 por ciento de las intervenciones quirúrgicas; se administra para permitir una cirugía y se revierte con naloxona al final de la misma, y es una sustancia que induce a un proceso adictivo, sobre todo en quienes la utilizan de manera continua, principalmente los anestesiólogos.
Pero escuchamos en boca de Trump y de sus secuaces, como Rubio, que el fentanilo como droga está matando de 100 a 300 mil norteamericanos por año, por lo que ello justifica -¿de verdad?- cualquier acción como la que recientemente sorprendió al mundo entero, a todas luces ilegal, no sólo en el plano de la justicia internacional sino también en el marco de la propia justicia norteamericana.
Pero no nos olvidemos de algo que es esencial tener en mente: al gobierno norteamericano le interesa todo menos el combate al trasiego de droga del extranjero a su país, donde aparentemente no existen los cárteles y poco se combate la distribución y venta de estupefacientes al menudeo, porque, al final de cuentas, no deja lugar a dudas que, como indican los expertos, ello representa ganancias multimillonarias en manos de unos cuantos personajes de las cúpulas empresariales y políticas, y representa -insisto, según los expertos- uno de los pilares más importantes de una economía como la norteamericana, resquebrajada por donde se le vea. Es decir, a ellos no les interesa -ni les conviene- que pare el trasiego de droga; poco les interesa que mueran más de 100 mil norteamericanos por abuso en el consumo -o que alguien me diga si están haciendo algo para disminuirlo-. No nos olvidemos que organizaciones como la CIA, apoyadas por gente controlada por ellos, como el general Noriega, permitían enviar en aquellos tiempos la cocaína a la Unión Americana, con cuyas ganancias se subsidiaban asuntos como el sostener la contrarrevolución en Nicaragua. No nos olvidemos del Irán-Contra Affair.
A cualquier gobierno invasor, como han sido siempre los gobiernos norteamericanos, les interesa tener excusas para justificar las invasiones -que, de acuerdo con comentaristas como Ciro Gómez Leyva, no tienen nada que ver con invasión, bombardeo, secuestro y guerra-, como la reciente en Venezuela, donde ya sabemos que murieron 32 elementos cubanos, guardia personal de Maduro, pero no sólo ellos: también 23 soldados venezolanos y medio centenar de civiles, calificados como “daño colateral”, es decir, un centenar de seres humanos que perdieron la vida en una acción ilegal y, sobre todo, injustificada -sea Maduro un dictador o no- para llevarlo a la Unión Americana a ser juzgado por acusaciones cada vez más endebles.
Ahora resulta que el llamado Cártel de los Soles, que se decía dirigía el ex presidente, realmente no existe, de acuerdo con el Departamento de Justicia norteamericano, y el acto inadmisible no fue realizado para buscar la democracia o el respeto a los derechos humanos, sino para quedarse con el petróleo, como descaradamente lo ha expresado, sin rubor alguno, el dirigente del imperio, Donald Trump, con su doctrina Monroe: América toda-y sus recursos, llámense petróleo, tierras raras, litio, etcétera- para los norteamericanos.
No nos olvidemos que Venezuela tiene las reservas más importantes de petróleo del mundo, aproximadamente el 20 por ciento del total -300 mil millones de barriles, según el cálculo de los expertos-, y Estados Unidos exige por el momento que Venezuela les entregue entre 30 y 50 millones de barriles. Recordemos que actualmente ese país sólo tiene la capacidad de extraer un millón de barriles diarios, lo que Trump insiste sería el pago por la nacionalización que realizara Chávez al final del siglo pasado; pero, en realidad, siente que esas reservas le pertenecen, de la misma forma que podría exigir el pago por la nacionalización del petróleo de Lázaro Cárdenas en la primera mitad del siglo pasado, aunque Estados Unidos no intervendrá en nuestro país, pues nuestra producción petrolera hoy en día es bastante limitada.
Y sobre el acuerdo de Trump con la actual presidenta Delsy, antes de la invasión -para lo que ya existen datos difundidos a nivel internacional-, platicaremos en nuestra próxima colaboración.
“Cada vez que Estados Unidos ‘salva’ a un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o en un cementerio”.
Eduardo Galeano



