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Mudar la existencia, viajar al alma

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Por: La Gualdra •

La Gualdra 689 / Arte

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Por Álvaro López-Limón 

Situados en el mundo de las experiencias tecnológicas del arte, reconocemos que ya se ha cumplido un año de la muerte de Bill Viola y 20 años de que se presentó –en la Ópera de París– su puesta en escena de Tristán e Isolda, de Richard Wagner. 

Maestro de la imagen en movimiento, cirujano del alma y la existencia humana. La obra de Viola gira en torno al nacimiento, la muerte, la vida y su transformación, preocupado por la dualidad: la vida y la muerte, la luz y la oscuridad, la acción y la calma, la fuerza y la tranquilidad; un ejercicio de contrarios que pone en juego la vista, el oído, los sentidos todos y hasta el cuerpo en su conjunto. Recreando paisajes interiores en los que el tiempo se extiende hasta el infinito; escenas de lo invisible, en las que los sutiles cambios de luz crean una eternidad y el sonido se convierte en una especie de guía espiritual. Sus obras son un espacio para la meditación, la contemplación y hasta la epifanía.

Mujer fuego, de Bill Viola, es una visión en la memoria de alguien que agoniza. La silueta de una mujer aparece a contraluz ante un muro de fuego. Si describimos la escena es “alguien que camina hacia el fuego, viste una túnica franciscana, trae la capucha puesta. Ese alguien es casi una sombra. El fuego le roba el color, pero por momentos, también ilumina el cinturón, la túnica, los pies, le da volumen. Pero el andar, con lentitud portentosa, de ese alguien, hacia el fuego, da una impresión de feminidad a la vista, y el camino se siente húmedo. La figura cae de espaldas, y el piso estalla como sólo un estanque puede hacerlo. Entonces, el estanque y el fuego se entremezclan, y el negro del estanque va devorando al amarillo del fuego, y la verticalidad del fuego va siendo absorbida por un vaivén líquido, azul (ultramarino y digital). Aquí es como si la tradición centenaria de occidente fuera devorada por la tradición decimonónica de las imágenes en movimiento, donde la tecnología misma se revela como recurso estético (y espectacular), y ésta fuera devorada a su vez, por la pixelación y el collage”. 

Ciertamente la obra de Viola hace uso de la tecnología, pero no utiliza efectos digitales, sino efectos ópticos, como la ralentización. Declara, “Siempre trabajo desde la emoción y la intuición, y a menudo no comprendo lo que estoy haciendo hasta que adquiere forma sobre el papel; habitualmente suelo exhibirlo o hago dibujos. Es cuando la obra empieza a reverlarme sus misterios”. Por su parte Kira Perov, su esposa, comenta: “Las exposiciones que creamos se convierten en un viaje rumbo al alma”.

Por nuestra parte, al plantear que la obra Bill Viola nos lleva a mudar la existencia, a viajar rumbo al alma, lo estamos pensando como el proceso que transfoma la vida, como una experiencia estética que profundiza la conexión con el ser interior, con el mundo espiritual. 

Referencias
Beatriz Díaz, “Bill Viola: Un viaje al interior”, Centro de la Imagen, México, 2015.

 

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