Por desfortuna para los pueblos del mundo, en octubre confluyen dos efemérides qué tiñen de rojo la historia de la lucha contra el imperialismo y el colonialismo. Son dos hechos trágicos que a pesar de que enlutan a quienes resisten contra la barbarie neoliberal, se conmemoran con mucho orgullo, mientras que los fascistas y ultraderechistas los usan como medallas para adornar sus vitrinas y mandar una clara señal de escarmiento para quienes intenten seguir el mismo camino.
El 9 de octubre de 1967 fue asesinado por un escuadrón de elite del ejército boliviano, entrenado y asistido por la CIA, el guerrillero y combatiente internacionalista Ernesto “Che” Guevara. Exactamente 20 años y 6 días después fue asesinado a traición Tomás Sankara conocido como el “che africano”, quien entonces era presidente de Burkina Faso, país ubicado al noroeste de aquel continente. Manos burkineses incitadas, asesoradas y financiadas por el gobierno colonialista francés fueron las que ultimaron a este héroe qué se atrevió a desafiar el neocolonialismo y trastocó los intereses de las potencias europeas, del banco mundial y del fondo monetario internacional.
Dos gigantes de la historia contemporánea que escribieron sus nombres con letras de oro gracias a que abrazaron la causa de la emancipación de los pueblos y lucharon por el derecho de todo ser humano a tener una vida feliz, digna, plena y libre de ataduras imperiales.
Del “Che” Guevara que se puede decir que no se haya dicho, su imagen, sus ideas y su ejemplo se han propagado en todos los rincones del mundo donde se alza una voz y un puño contra la injusticia, el hambre y la opresión. En contraste, por estos lados del hemisferio, es menos conocida la obra de Tomás Sankara, incluso en su mismo país se trató (sin éxito) de sepultar su legado y su memoria durante los 27 años que duró la dictadura de Blaise Compaoré quien fuera el artífice del asesinato del patriota panafricano.
Cambiar el nombre del país, de Alto Volta por el de Burkina Faso, que se traduce como “tierra de hombres íntegros” fue una de las primeras acciones del gobierno de corte marxista de Sankara, quien consideraba que el antiguo nombre tenia raíces coloniales y esclavistas. Durante los 4 años que duró su fugaz mandato, emprendió un ambicioso proyecto para poner de pie a su país y liberarse por completo del colonialismo francés y del injerensismo internacional. Llevó a cabo campañas masivas de vacunación contra la poliomielitis, el sarampión y la fiebre amarilla, puso en marcha una cruzada contra el analfabetismo para erradicar ese flagelo que azotaba a más de la mitad de la población burkinés, nacionalizo las minas y demás recursos naturales que estaban en manos de los saqueadores europeos, repartió las tierras entre los campesinos pobres arrebatándoselas a los terratenientes de la metrópoli, recuperó de manos imperialistas los ferrocarriles y las industrias básicas, fundó centenares de escuelas, prohibió la mutilación femenina, los matrimonios forzados y la poligamia, centró su política económica en prevenir la hambruna y asegurarse de que ese mal nunca más volviera a flagelar a sus compatriotas, combatió la desertificación del norte del país mediante la plantación de millones de árboles en el Sahel, entre muchas más acciones de corte nacionalista-marxista.
Una de las políticas más trascendentales de Tomás Sankara y que sin duda fue la que más “preocupó” a las potencias internacionales fue su constante denuncia y rechazo a la deuda externa que catalogaba como una nueva forma de dominación colonial. De hecho, en julio de 1987 en una cumbre de países africanos celebrada en Adís Abeba, capital de Etiopía, instó a los demás países del continente a deshacerse de esas ataduras coloniales y construir un sistema económico soberano para África sin el intervencionismo del fondo monetario internacional y el banco mundial. Tres meses después de este memorable discurso que más que un montón de palabras huecas fue una declaración de guerra contra el sistema económico global, Sankara fue asesinado. Con esta acción, quienes se ostentaban como dueños del tercer mundo, dejaron claro que no permitirían que ningún “negro con complejos de che Guevara” osara atentar contra sus intereses y sus ganancias; y que todo aquel que quisiera salirse del redil neocolonial sucumbiría ante el plomo de sus armas. Por fortuna, hoy, 38 años después de su desaparición física, la antorcha que dejó encendida el patriota panafricano, vuelve a brillar en su país natal, donde existe un gobierno que ha retomado sus ideas y se planta con firmeza frente a las hienas imperialistas que no cejan en su afán de hacerse con el oro y las demás riquezas naturales de ese país.
37 y 39 años tenían Sankara y Guevara respectivamente en el momento de su asesinato. La muerte los alcanzó muy pronto, pero como reza la consigna “a quienes mueren por la vida y la libertad, no puede considerárseles muertos”. Hoy, su silueta y su ejemplo, cabalgan con mayor fuerza entre quienes se resisten al fascismo, al exterminio, a la esclavitud y todos los planes avasalladores de la ultraderecha internacional y local.



