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Rusia: donde la vida elige

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Por: Inés Ortiz Villagómez •

La vida me ha regalado la posibilidad de visitar Rusia todos los años. Participo en una feria de flores que se celebra a comienzos de la segunda semana de septiembre. Aprovecho además para visitar a mis clientes, que se encuentran en diferentes ciudades del país, lo que me ha permitido conocer varias regiones de esa tierra tan vasta.
Este año visité Oremburgo y la República de Daguestán.

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Occidente, por desconocimiento o por negación de la fortaleza del pueblo ruso, creyó que Rusia no soportaría una guerra prolongada. Se olvidaron de la resistencia durante el bloqueo de Leningrado.
Se olvidaron también, como ha señalado en repetidas ocasiones el historiador Andréi Fursov, de que Rusia es el único país no occidental que ha vencido varias veces a Occidente: a Napoleón, a Guillermo II, a Hitler. (No es poca cosa).
Es un país que ha sido victorioso frente a los ataques a su integridad; un pueblo que entregó más de 26 millones de vidas en su lucha contra el fascismo.

Es un país que ha resultado victorioso frente a los ataques contra su integridad; un pueblo que entregó más de veintiséis millones de vidas en su lucha contra el fascismo.

Nunca un país había sido objeto de tantas sanciones. Occidente pensó que las consecuencias serían devastadoras para la economía rusa; hasta la fecha se ha impuesto un récord histórico de más de treinta mil sanciones. 

Y, sin embargo, siguen aplicándose nuevas medidas —directas o indirectas— a pesar de la evidente falta de resultados.

A los occidentales nos resulta difícil comprender la fuerza interior que habita en el pueblo ruso: esa prodigiosa capacidad de adaptación y resistencia nacida de siglos de pruebas y adversidades.
Desde sus orígenes como Estado, Rusia ha debido luchar por afirmarse, por conquistar su lugar en el mundo.
Su historia es, en buena medida, una lucha incesante por la existencia: una afirmación de vida frente a todo intento de sometimiento o negación.

El rechazo de Occidente hacia lo ruso no es nuevo; ha acompañado a Rusia a lo largo de los siglos, adoptando distintas formas, pero conservando la misma incomprensión de fondo: la incapacidad de aceptar una civilización que no se mide con los mismos patrones, que no busca la comodidad, sino el sentido.

Una y otra vez, los rusos renacen de entre las ruinas. Esa energía —tan silenciosa como inquebrantable— recorre su literatura como un pulso secreto. 

En los héroes de Dostoievski, Tolstói, Ajmátova, Tsvetáieva, Blok, Esenin y Mandelstam vibra la pregunta por el sentido de la vida: todos ellos buscan, sufren, se rebelan y se elevan.

La mentalidad rusa contempla el mundo no en una sola dimensión, sino en su complejidad y en su volumen espiritual. Ve no solo la superficie de las cosas, sino su ser, su sombra y su resplandor.
Esa mentalidad, que ha pasado por etapas críticas de escasez, es también profundamente práctica.
Pongo un ejemplo relacionado con las flores que produzco y exporto: si una flor inclina su cabeza, el occidental la desecha; el ruso, en cambio, corta el tallo una y otra vez, decidido a devolverle la vida en el florero.

El umbral del dolor social es muy alto en Rusia. 

Recurro a un ejemplo más cercano en el tiempo histórico: ¿podemos imaginar lo que vivieron los rusos durante los “turbulentos años noventa” y cómo lograron sobrevivir? ¡No!
Los “turbulentos años 90” fueron, ante todo, una época de caos y destrucción. Tras el derrumbe de la Unión Soviética, el país quedó sumido en una crisis sin precedentes: la economía colapsó, la inflación devoró los ahorros, la industria se desmanteló, los salarios se retrasaban durante meses y millones de personas cayeron en la pobreza. 

Fueron años de excesos en todos los sentidos: de libertinaje, de desigualdad abismal. Mientras unos se enriquecían de la noche a la mañana, otros se empobrecían de igual modo.
No tener qué comer era un fenómeno totalmente desconocido para los soviéticos de la posguerra: una tragedia no solo material, sino moral.
Fue un tiempo de desintegración del Estado, de pérdida de certezas y de saqueo sistemático de los recursos nacionales. En lugar de renovación, prevalecieron el desconcierto, la ruina y el desamparo social.

Y, sin embargo, de esa oscuridad volvió a levantarse la vida. Rusia, una vez más, supo recomponerse: de la escasez hizo fortaleza, del dolor hizo memoria, y de la memoria, impulso.

Este proceso de recuperación y renacimiento no habría sido posible sin el liderazgo de Vladimir Putin, bajo cuya conducción el país logró recuperar su estabilidad, restablecer su soberanía y reconstruir la confianza en sí mismo.

En ese renacer silencioso se revela lo más profundo del espíritu ruso: la obstinada voluntad de existir, incluso cuando todo parece perdido.
Hay algo en esa fuerza interior —indefinible, invisible, pero palpable— que resiste toda explicación racional.

Quizá por eso el poeta Fiódor Tiútchev escribió los versos que aún hoy condensan el misterio de Rusia:

Умом Россию не понять,
Аршином общим не измерить:
У ней особенная стать —
В Россию можно только верить.

Con la razón, a Rusia entender no se puede;
con una medida común, medirla no se puede.
Tiene una singular grandeza;
en Rusia solo se puede creer.

Comprender a Rusia es, en el fondo, un acto de fe.
Porque en ella lo imposible se convierte en rutina, y lo cotidiano, en símbolo.
Una vez más —a pesar o quizás gracias a las sanciones—, el país avanza por el camino del renacimiento.
No desde la ostentación, sino desde la constancia silenciosa de su pueblo.

Hoy se percibe un movimiento sostenido, un latido de crecimiento que atraviesa la educación, la salud, la vivienda y el transporte público.
La inversión en transporte es constante y avanza a una velocidad —no vista en Occidente—, abarcando toda la red: estaciones de metro, trenes de cercanías, trolebuses y trenes.
Las estaciones y los vagones son modernos; cuentan con wifi gratuito, cargadores para teléfonos e inscripciones en inglés.

Pero el verdadero cambio no se mide solo en obras ni en cifras: se percibe en el pulso del país, en la manera en que las calles se han vuelto un espejo de cierta serenidad conquistada.

Ni en las ciudades principales ni en las del interior se ven indigentes o drogadictos deambulando por las calles.
Los pueblos nórdicos son consumidores de alcohol, y los rusos no son la excepción. Sin embargo, hoy se percibe un cambio evidente: en las décadas de los 80, 90 y 2000 era común ver a muchos más borrachos en las calles; ahora son pocos.
La vida urbana se ha transformado: hay más orden, más control y una visible recuperación del sentido de dignidad.
Ese cambio se percibe no solo en las personas, sino también en el paisaje mismo de las ciudades.
En ellas se aprecia orden, limpieza y armonía. Se ha reducido notablemente la contaminación lumínica y visual, tan característica de los años 90 y 2000.

Por motivos familiares visito con regularidad Calgary, y la comparación resulta deshonrosa: déficit de vivienda, indigentes y drogadictos en las calles. 

En Vancouver y Toronto, la situación es todavía peor.

Oremburgo

Ciudad regional importante, de alma industrial y fronteriza, tendida a orillas del río Ural, donde Europa y Asia se estrechan la mano; una tierra rica en gas, en historia y en memoria.
También allí se producen y consumen flores: es uno de los centros de cultivo de tulipanes durante el invierno. Los productores me abrieron generosamente las puertas de sus invernaderos.
Conocí en persona a uno de mis clientes, con quien hasta entonces solo había tratado de forma virtual; para mí, establecer una relación personal en los negocios siempre ha sido esencial.

Durante la Guerra Campesina de 1773–1775 —la gran insurrección encabezada por Yemelián Pugachov—, Oremburgo fue escenario de algunos de los episodios más dramáticos del levantamiento.
Las fuerzas de Pugachov sitiaron la ciudad durante medio año: se sufrió hambre y enfermedades; hubo victorias sobre guarniciones locales y destacamentos cosacos leales al zar, aunque no lograron tomarla.

La región tiene otro habitante célebre: Víktor Stepánovich Chernomyrdin, primer ministro de la Federación de Rusia entre 1993 y 1998.
Fue el arquitecto político y económico de la consolidación de Gazprom, durante los años en que presidió ese emporio (1989–1992). Intentó frenar la hiperinflación y recuperar la producción industrial.

Visitar un lugar en compañía de personas cálidas transforma el viaje en una experiencia que permanece.
Conocí a los padres de mi amiga y cliente Irina. Me hospedé en su casa y me recibieron con esa hospitalidad tan profundamente rusa: atenta, generosa, casi ritual. 

Hubo mil detalles, tés deliciosos —y eso que soy cafetera por excelencia—, y los últimos frutos rojos y pepinos de la huerta.
Hasta terminé usando unas plantillas medicinales.

En esa forma de acoger al otro, sin alardes ni palabras, comprendí algo más del alma rusa: su calidez silenciosa, su manera de ofrecer, en lo cotidiano, una lección de humanidad.

Esa misma esencia se revela en la русская баня (banya rusa), el baño de vapor tradicional que compartimos durante mi estancia.
No es solo un lugar para bañarse: es un ritual de purificación física, espiritual y social, una celebración del cuerpo y del alma.
Se entra al vapor con la cabeza cubierta; te golpean suavemente con ramas de abedul u otras hierbas para masajear la piel, estimular la circulación y abrir los poros; luego viene el baño de agua fría, el té y la conversación.
Un rito que, como la hospitalidad misma, habla de la forma rusa de entender la vida: intensa, sencilla y profundamente humana.

Chernomyrdin: la voz del absurdo lúcido

Nunca hubiera imaginado visitar el museo de Chernomyrdin. Estaré eternamente agradecida a Alexander y Nadezhda  (padres de Irina) por llevarme.
Chernomyrdin trascendió en la memoria colectiva no solo por su gestión, sino también por su lenguaje popular y espontáneo.
Quienes conocemos el idioma y la cultura rusa no podemos evitar sonreír, reír y reflexionar ante sus palabras.
En Chernomyrdin había algo único: una espontaneidad que, entre el absurdo y la lucidez, revelaba la verdad con humor.
Sus frases condensan la ironía y la sabiduría popular de toda una época.

Yo misma he disfrutado de sus aforismos; cada vez que los releo, no puedo evitar reírme a carcajadas.

El humor ruso tiene esa extraña virtud: reírse del infortunio sin perder la dignidad, encontrar sentido en medio del caos y, a través de la risa, afirmar la vida incluso cuando duele.
Esa misma fuerza vital se percibe en las páginas de Bulgákov o Zóshchenko, donde el humor no es evasión, sino resistencia.

Una manera profundamente rusa de enfrentarse al destino: con ingenio, ironía y alma.

Esa mezcla de ironía y lucidez alcanza su expresión más popular en los aforismos de Chernomyrdin, frases que, entre lo absurdo y lo sabio, lograron capturar el espíritu de una época:

Хотели как лучше, а получилось, как всегда.
Queríamos lo mejor, pero salió como siempre.
Este aforismo logró captar el espíritu de los años 90: una mezcla de esperanza, caos y resignación.

«Никогда такого не было — и вот опять!»
Nunca había pasado… ¡y otra vez sucede!
Irónica observación sobre los ciclos repetitivos de la historia y la política rusa.

«Мы живём как всегда, только хуже.»
Vivimos como siempre, solo que peor.
Amarga constatación del estancamiento y deterioro social tras la caída soviética.

«У меня к русскому языку вопросов нет.»
Yo no tengo problemas con el idioma ruso.
Era consciente de que hablaba ruso a su manera, con errores, contradicciones y genialidades improvisadas.

«Я ничего говорить не буду, а то опять чего-нибудь скажу.»
No voy a decir nada, no sea que otra vez diga algo.
“Mejor me quedo callado… porque cuando hablo, siempre acabo metiendo la pata.”

«Человеку временами только кажется, что он выбирает. Чаще всего — жизнь его выбирает, испытывая в деле.»
A veces al ser humano solo le parece que está eligiendo. Con mayor frecuencia es la vida la que lo elige a él, poniéndolo a prueba en la práctica.

Este último aforismo resume una filosofía muy rusa, propia de la generación de Chernomyrdin: una mezcla de aceptación del destino, realismo moral y humor resignado ante el curso de la vida.
En su aparente sencillez hay una verdad esencial: no siempre elegimos nuestra vida; muchas veces, es la vida quien nos elige a nosotros.

Cada año, al volver de Rusia, siento que algo en mí también se transforma y se reafirma.
Hay países que se visitan; Rusia, en cambio, se vive.
Su historia, su música, su gente, su silencio y su resistencia me recuerdan que no siempre somos nosotros quienes elegimos el camino:
a veces es la vida la que nos elige, y nos enseña, en su prueba, a resistir y a creer.

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1 COMENTARIO

  1. La felicito Inés Ortiz por esta publicación, tengo el gran agrado de conocerla en persona y haber disfrutado de su compañía y sobre todo enseñanzas por durante 15 años!

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