Desde Chiapas, la escritora, abogada y activista Maricarmen de la Encarnación Petate ofreció la conferencia El deber de la feminidad en las corporalidades, un diálogo convocado por el colectivo Sangre de Tuna en el que reflexionó sobre cómo los sistemas de poder regulan las identidades y las expresiones de género.
“Estamos en familia”, inició Petate al agradecer el espacio. “Yo siempre pido a mis ancestras que me ayuden a hablar, que las palabras que no me salen puedan fluir a través de mí”. A partir de esa invocación, la ponente articuló una crítica profunda al modo en que el sistema cisheteropatriarcal impone una forma de ser mujer y un molde de feminidad que atraviesa todas las corporalidades.
Petate explicó que su punto de partida es la idea del eterno femenino planteada por Rosario Castellanos, quien dijo retrató con ironía la figura de la mujer mexicana idealizada como esposa fiel, madre devota, católica y recatada. “Castellanos muestra cómo el deber ser femenino se traduce en un mandato: las mujeres deben cumplir con el débito conyugal, no buscar placer y procrear los hijos que Dios quiera”, recordó. “Ese molde, que parece del pasado, sigue gobernando nuestras vidas. Las que nos salimos de él somos castigadas”.
Desde esa referencia, la activista reflexionó sobre las formas contemporáneas de control sobre los cuerpos. “Nuestro color de piel, nuestra gordura, nuestra condición de salud, incluso si vivimos con VIH o no, todo se convierte en motivo de regulación. Hay una biopolítica que dicta cómo debemos sentir, desear y presentarnos”.
Citó a la teórica Monique Wittig para señalar que la heterosexualidad debe entenderse no como una orientación, sino como un sistema político que sostiene la estructura capitalista. “La heterosexualidad es un mecanismo de poder que nos mantiene en un deber circunstante”, afirmó. “El cuerpo de las mujeres, especialmente de las pobres, es visto como una máquina de producir mano de obra barata”.
Petate advirtió que las violencias no se limitan al ámbito externo: “Existe una policía del deber ser que actúa sobre nosotras. Si no encajamos en los moldes, se nos persigue. A las mujeres trans se nos exige pasar por mujeres cis; se nos pide feminizar la voz, el cuerpo, la forma de vestir, todo para agradar al ojo masculino. Y a las mujeres lesbianas se les impone la idea de que deben ser masculinas o, si son femeninas, se les premia porque ‘no parecen’ lesbianas”.
Al extender la crítica hacia las masculinidades, señaló que el mismo sistema impone jerarquías entre los hombres homosexuales. “El activo es el que vale, el pasivo es lo inmundo, lo sucio. Esa lógica viene desde la antigüedad, cuando la penetración era un castigo que degradaba a los vencidos. Esa mentalidad sigue viva y organiza nuestras relaciones”.
Para Petate, el desafío es reapropiarse del cuerpo como territorio político. “Amar nuestros cuerpos y reconocerlos como territorio es una forma de resistencia. Pero duele, porque implica renunciar a privilegios y enfrentarse a la violencia cotidiana”, expresó. “Nos atacan desde los medios, desde las redes, desde los gobiernos conservadores. Pero el amor radical, la ternura radical, son las únicas armas que tenemos. Resistir desde el amor es lo más revolucionario”.
La ponente situó estas reflexiones en el contexto de Chiapas, “un territorio atravesado por mucho dolor”, donde la población trans ha vivido décadas de violencia. Recordó la represión durante el sexenio de Patrocinio González Garrido, en los años noventa, cuando decenas de mujeres trans fueron asesinadas.
“Amnistía reportó veinte, pero las sobrevivientes dicen que fueron más de cien. Muchas acabaron en fosas comunes, porque ni sus familias las reclamaron. Venimos de ahí, de esa historia de exterminio”, dijo.
También habló de la precariedad actual de las mujeres trans indígenas y rurales. “Hay compañeras que bajan de sus comunidades para trabajar en San Cristóbal. Algunas son menores de edad, muchas sobreviven al trabajo sexual. Pero también hay historias hermosas: una mujer trans indígena que cosecha piña y da trabajo y techo a otras chicas. Eso es resistencia, eso es amor en acción”.
Desde su experiencia como escritora, Petate denunció la transfobia en los espacios culturales. “En 2013 publiqué mi libro Apología de una ciudad en llamas. Cuando quise reeditarlo, el editor me dijo: ‘yo le publiqué a un hombre, y no sé qué eres ahora’. Así funciona el sistema: incluso en la cultura, se nos niega”. Aun así, reivindicó la fuerza del arte disidente: “Hay muchas locas, lesbianas, maricas, que estamos escribiendo, actuando, bailando. Desde el sur, seguimos resistiendo”.
En el cierre, Petate citó a Lohana Berkins, activista trans argentina, como síntesis de su pensamiento: “El motor del cambio es el amor que nos negaron; los golpes que sufrimos no se comparan con el amor infinito que hoy nos rodea”.
Con voz firme, concluyó: “Mientras estemos vivas, seguimos resistiendo. Nuestro cuerpo es nuestra patria marica, travesti y feminista. Y desde ahí seguiremos hablando, amando y luchando”.



