En los últimos años, la expresión “tejido social rasgado” se ha vuelto un lugar común para explicar los origenes de la violencia que azota a México. Sin embargo, pocos han explorado con tanta profundidad el verdadero sentido de esa metáfora como lo ha hecho Claudio Lomnitz, uno de los antropólogos más lúcidos de nuestro tiempo. En su libro El tejido social rasgado, Lomnitz advierte que el problema no se reduce a una pérdida de valores o a una crisis moral de las comunidades, sino a un repliegue histórico del Estado mexicano. La violencia no nació de la repentina “maldad” de la gente, sino del vacío institucional que dejó un Estado debilitado y una sociedad a la deriva.
Según Lomnitz, el Estado mexicano del siglo XX, por más autoritario que fuera, conservaba un poder estructurante, al regular la vida política, mediar los conflictos sociales y sostener un orden económico que, aunque desigual, daba cierta estabilidad. La violencia que hoy vivimos es síntoma de la formación de un Estado con soberanía formal pero con escasa capacidad real de justicia y de policía. El crimen organizado, más que un enemigo externo, ha ocupado los espacios que el Estado abandonó, como los mercados informales, los territorios rurales sin servicios, las economías locales del norte y del sur. La llamada “guerra contra el narco” no es más que la manifestación visible de esa fractura.
El repliegue del Estado es, entonces, institucional y simbólico. Por un lado, la autoridad se ha retirado de amplias zonas del país, incapaz de garantizar seguridad, trabajo o justicia; por el otro, la idea misma de comunidad nacional se ha erosionado. En lugar del Estado que mediaba, hoy prevalece un Estado fragmentado, que reacciona más de lo que previene y que delega la convivencia al azar o a la fuerza. El tejido social no está roto solo por la violencia, sino por la pérdida de sentido común.
Lomnitz subraya que México no solo se volvió más violento, sino también más desorientado. La sociedad mexicana cambió a una velocidad que sus instituciones no lograron acompasar. La familia, el trabajo, la comunidad, el campo y la ciudad ya no son lo que eran hace medio siglo. La migración, las telecomunicaciones y la urbanización transformaron la vida cotidiana, pero el Estado —y con él, buena parte de la política— siguió funcionando con ideas y estructuras del pasado. De ahí proviene esa sensación de ruptura, según la cual “ya no somos como antes”.
La ruptura del tejido social es también una crisis de orientación colectiva. No sabemos bien hacia dónde vamos ni en qué clase de país nos estamos convirtiendo. Esa falta de dirección se traduce en miedo, desconfianza y desencanto. El ciudadano común se siente solo, pues ni las instituciones lo protegen, ni la comunidad lo contiene. En esa soledad estructural, el crimen ofrece pertenencia, sentido, poder; y el Estado ofrece —pocas veces— castigo y —muchas veces— indiferencia.
Por eso, más que una guerra contra delincuentes, México necesita una reconstrucción del Estado y del tejido social. Lomnitz es claro: la única salida posible no es militar ni moralizante, sino política y social. El Estado debe volver a ocupar los espacios que dejó vacíos, no a balazos, sino con presencia efectiva, con políticas públicas que devuelvan dignidad y horizonte a la gente.
La tarea es impostergable. Significa recuperar la capacidad reguladora del Estado sobre las economías informales e ilícitas, ofreciendo alternativas reales de empleo y desarrollo. Significa también fortalecer la justicia, profesionalizar a las policías locales, reactivar ministerios públicos, reconstruir la confianza en los tribunales. Pero, sobre todo, implica reparar el tejido comunitario desde abajo, desde los barrios, los pueblos y las familias. Allí donde antes solo llegan las armas o el miedo, debe llegar la escuela, la cultura, el deporte, la salud, el arte.
La reconstrucción de la vida pública mexicana exige una visión integral del bienestar, capaz de entender que la seguridad no es solo ausencia de crimen, sino presencia de comunidad.
Zacatecas, como otros estados del país, ha vivido en carne propia las consecuencias del repliegue estatal, con territorios disputados, jóvenes sin oportunidades, familias desplazadas. Pero también ha demostrado que es posible orientar un gobierno hacia la paz cuando se entiende que la seguridad humana y el bienestar deben ir de la mano.
Como bien dice Lomnitz, la salida solo puede ser colectiva. México no necesita un nuevo caudillo ni una nueva cruzada moral, sino una nueva conversación sobre el sentido de vivir juntos. Mientras no logremos rehacer esa conversación, el tejido seguirá rasgado. Pero si el Estado y la sociedad se empeñan en tejer de nuevo, aún es posible que de esta herida nazca una paz más fuerte y más digna.



