El idioma español es la raíz primigenia de las identidades culturales de más de la quinta parte de la humanidad. Es un organismo viviente capaz de renovarse y enriquecerse constantemente, una fuerza vital que le viene de su larga existencia y de las culturas que ha edificado, un lazo de unión que desvanece fronteras y reduce distancias.
A lo largo de los siglos, el idioma español ha sido cultivado por hombres y mujeres cuyo talento ha dejado huellas indelebles. Sor Juana Inés de la Cruz y Juan Ruiz de Alarcón, junto a los genios del Siglo de Oro español, como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Quevedo y Góngora, hicieron florecer el idioma que nos formó como ramas de una sola estirpe cultural, expresión de la suavidad y la grandeza de una cultura común, al decir del glorioso poeta jerezano Ramón López Velarde.
Las palabras que forman ese idioma, no son solo signos: son expresión de la inteligencia, la emoción y el espíritu creativo de los pueblos que las hablan. Cada voz, cada escritura hacen posible que generaciones enteras compartan experiencias, conocimientos y valores; constituyen vehículos para la poesía, la ciencia, la filosofía y el pensamiento, puentes por donde transitan ideas, emociones y sueños que trascienden el tiempo y el espacio.
Pero el idioma se enfrenta hoy a amenazas que ponen en riesgo su fuerza y claridad. La tecnificación del medio social, la influencia de otras lenguas y el abuso de terminologías vacías, en particular las que deambulan por las redes sociales, degradan la comunicación y desvirtúan los conceptos esenciales. Palabras mayores, como la libertad y la justicia, han perdido fuerza y contenido para quienes viven realidades opuestas a su significado. Cuando las palabras se usan sin congruencia, sin verdad o sin ética, se vacían de valor y dejan de ser instrumentos de conocimiento y vínculo social.
En mi juventud escuché a mi amado maestro José Muñoz Cota, decir que el ser humano es su palabra. Ésta lo concreta y lo define. Es su retrato, su imagen fiel. Cada hombre y mujer nace con ella, con la suya precisamente. La palabra revela el color del alma, la naturaleza del pensamiento propio, la identificación de las emociones. Por ende, la congruencia entre palabra y hecho es indispensable: el lenguaje debe reflejar la verdad y la ética, ser vehículo de comunicación auténtica y no convertirse en herramienta de simulación o engaño.
El Día de la Raza nos recuerda que la lengua española ha sido vehículo de encuentro entre culturas, transmisora de conocimientos y valores, vínculo de identidad entre generaciones diversas; nos induce a reflexionar sobre cómo el idioma ha permitido comunicar ideas, preservar tradiciones y unir pueblos distintos, y nos subraya la necesidad de protegerla y utilizarla con responsabilidad. Cada palabra de libertad, justicia o verdad que pronunciamos, encuentra sentido en el contexto de esta herencia.
La palabra tiene un poder único: puede crear o destruir, servir a la verdad o a la mentira, al bien o al mal, ayudar a la felicidad o sembrar infortunio. Quien emplea la palabra para ser escuchado en el ámbito social adquiere, por ese solo hecho, un compromiso moral con el desarrollo integral de los pueblos y con la realización histórica de la humanidad. Cada expresión pública, cada discurso, cada pronunciamiento, ha de ser congruente, auténtico y responsable, pues el lenguaje es la casa de la verdad y, cuando se utiliza indebidamente, puede convertirse en instrumento de confusión, manipulación y conflicto. Debe ser semilla de concordia, fraternidad y solidaridad, y no estímulo de bajas pasiones, odios destructivos o engaños.
Hermosa, vigorosa y flexible, la lengua española es capaz de superar los desafíos del presente y del porvenir. Su savia inagotable seguirá contribuyendo a la comunicación humana, al entendimiento pleno y a la cooperación fructífera entre los pueblos. Preservarla y usarla con autenticidad, congruencia y responsabilidad, significa proteger no solo el idioma, sino la historia, la identidad y la ética de millones de personas que la hablan. La lengua española no es solo un instrumento; es patrimonio cultural, legado histórico y eje de identidad compartida.
Por ello, exhorto a los políticos, a los investigadores de la ciencia y la tecnología, a los lideres sociales, a cuidar la lengua española con respeto y responsabilidad, a honrar la palabra y a emplearla siempre como instrumento de verdad, de justicia y de transformación social positiva.
En este 12 de octubre, reafirmemos el valor del español como puente entre culturas y generaciones. Que cada palabra pronunciada, escrita o escuchada, sea reflejo de nuestra historia, de nuestra ética y de nuestra identidad. Cuidar la palabra significa cuidar nuestra memoria colectiva y nuestra capacidad de construir un futuro más justo y humano.
Con base en el discurso que pronuncié en la clausura del Primer Congreso Internacional de la Lengua
Española. Zacatecas, 1997.
Con base en el discurso que pronuncié en la clausura del Primer Congreso Internacional de la Lengua
Española. Zacatecas, 1997.
*Con base en el discurso que pronuncié en el evento de clausura del Primer Congreso Internacional de la Lengua Española. Zacatecas, 1997.



