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Manipular para vencer: el poder de la mentira como estrategia política

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Por: MARIANO CASAS •

Desde los primeros códices hasta las redes sociales contemporáneas, la comunicación ha sido el vehículo que mueve a las sociedades: une, informa, moviliza, pero también manipula. En cada revolución, en cada despertar colectivo, ha estado presente la palabra, el símbolo, el relato. No hay proceso histórico sin narrativas. No hay lucha sin discurso. No hay transformación sin alguien que la nombre. Pero, así como la comunicación ha sido herramienta de liberación, también ha sido utilizada como arma de control y dominio. La batalla política contemporánea ya no se libra únicamente en las urnas o los tribunales, sino en el terreno movedizo de la percepción pública. Y los actores que controlan los micrófonos y las pantallas, las cámaras y los algoritmos, también tienen el poder de sembrar confusión, odio y desinformación.

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Vivimos en una época donde la información abunda, pero la verdad escasea. Las guerras del siglo XXI no solo son bélicas o económicas, sino comunicacionales. Ya no se requiere un golpe de Estado clásico para frenar un proceso de cambio: basta con una red de bots, una cadena de WhatsApp, una columna disfrazada de análisis, una imagen editada para viralizarse. Lo hemos visto en América Latina y el mundo: líderes progresistas son sistemáticamente atacados con campañas de difamación, noticias falsas o escándalos fabricados que buscan desacreditar los avances populares y devolver el poder a las élites. En este nuevo modelo de guerra blanda, la desinformación se vuelve un arma tan letal como la represión.México no es la excepción. Desde hace casi dos décadas, cuando el movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador comenzó a crecer, ciertos sectores empresariales, políticos y mediáticos emprendieron una campaña sistemática de desprestigio. 

En 2006, inventaron la narrativa del “peligro para México”; en 2012, manipularon encuestas y silencios; en 2018, no pudieron frenarlo y desde entonces solo les queda mentir. Hoy, esa estrategia ha mutado en una maquinaria que busca deslegitimar, desinformar y desgastar cada paso de la Cuarta Transformación. No se trata de una oposición ideológica con argumentos, sino de una coalición de intereses que han hecho de la manipulación mediática su único proyecto político.Cada avance de la 4T —ya sea la pensión a personas adultas mayores como derecho constitucional, la Pensión para el Bienestar de las Personas con Discapacidad, el programa Mujeres Bienestar, las becas Benito Juárez, Jóvenes Construyendo el Futuro o la federalización de la salud mediante IMSS-Bienestar— es minimizado, silenciado o deformado por los aparatos mediáticos vinculados a grupos de poder económico. Se ignoran los programas como “Cosechando Soberanía”, “Alimentación para el Bienestar”, “La Escuela es Nuestra” o los apoyos directos al campo que fortalecen la soberanía alimentaria. Y ni hablar de las obras materiales que transforman el país: el Tren Maya, el Tren Interoceánico, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, las miles de universidades Benito Juárez, los caminos rurales, los hospitales terminados y equipados, la inversión en energías renovables y la apuesta por la soberanía energética. Todo esto se omite deliberadamente porque, para los que siempre se sintieron dueños del país, el verdadero peligro es que el poder esté cambiando de manos: de la élite al pueblo.Esta semana, dos episodios recientes ilustran cómo opera esta estrategia de manipulación. 

El pasado domingo, la presidenta Claudia Sheinbaum encabezó en el Zócalo un acto profundamente democrático, en el que presentó avances de su joven gobierno, reafirmó su compromiso con la continuidad de la transformación y habló de frente a la nación. Decenas de miles de personas acudieron en paz, con entusiasmo y convicción. Pero para los medios tradicionales, lo noticioso no fue el mensaje ni la fuerza popular, sino el acomodo de algunos políticos de la 4T en una zona específica, usado como pretexto para sembrar discordia. El intento fue claro: desacreditar, dividir, distraer.Algo similar ocurrió en Poza Rica, Veracruz. Tras las fuertes inundaciones, la presidenta acudió personalmente a supervisar las zonas afectadas, activó planes de emergencia, organizó censos para apoyar a los damnificados y escuchó de primera mano los reclamos de la población. Pocas veces un presidente se involucra así en medio de una tragedia. Sin embargo, lo que circuló en redes fueron videos editados, notas tendenciosas y opiniones disfrazadas de crítica que no buscaban informar, sino desacreditar. En lugar de aplaudir el compromiso, algunos se comportaron como verdaderos carroñeros mediáticos, dispuestos a lucrar con la desgracia para golpear políticamente. Utilizaron el dolor como insumo para su narrativa de odio, como si la tragedia fuera un trampolín para su regreso.Esta no es una simple disputa entre visiones de país: es una batalla por el relato, por el sentido, por la verdad. La Cuarta Transformación debe entender que su gran reto no es solo económico o político, sino profundamente comunicacional. No basta con gobernar bien: hay que saber contar lo que se está haciendo, desmontar las mentiras y disputar el sentido común. 

La oposición no necesita tener razón, solo necesita repetir la misma mentira con suficiente fuerza y frecuencia hasta que parezca verdad. Pero hay algo que nunca podrán manipular del todo: la experiencia directa del pueblo. Esa que confirma que hoy hay más becas, más salud, más empleo, más dignidad, más esperanza.Quienes manipulan la realidad para sostener sus privilegios pueden controlar los medios, pero no los corazones. El pueblo ya despertó, y eso no hay algoritmo que lo detenga.

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