Tenía apenas 19 años cuando Luz María Rocha Gómez tomó una de las decisiones más arriesgadas de su vida: dejar su tierra natal y cruzar la frontera hacia Estados Unidos. En aquel entonces, estaba embarazada de seis meses y carecía de papeles.
Según relata para el medio, lo que le prometieron como un cruce sencillo terminó convirtiéndose en una odisea de múltiples intentos, persecuciones y caminatas interminables bajo el desierto. Una travesía que marcaría para siempre su historia y la de su familia.
“Crucé la frontera en gran
parte por amor. No tenía
papeles, era indocumentada.
No había de dónde
agarrar para salir adelante”
“Crucé la frontera en gran parte por amor. No tenía papeles, era indocumentada. No había de dónde agarrar para salir adelante”, recordó.
Su primer intento fue en Mexicali, por el puente fronterizo. Apenas puso un pie del otro lado, la detuvieron. El sueño se desvaneció en segundos, y la esperanza quedó postergada.
La segunda vez, el riesgo fue mayor. A ella y a otros 20 migrantes los subieron a una camioneta. Por estar embarazada la colocaron en la cabina, un gesto de “consideración” en medio de un trayecto que se tornaría dramático. “La migra nos persiguió en helicóptero. El chofer quiso darse a la fuga y nos lanzaron ponchallantas. La camioneta se detuvo y no hubo forma de escapar. Nos entregamos”, relató.
Después de dos intentos
sin éxito, en su tercera vez,
con su hija tomada de
la mano y gracias a
la lluvia, pisaría por
fin suelo estadounidense
El tercer intento fue el definitivo. Salieron de madrugada, con cobijas atadas a los tenis para no dejar huella en la arena. “El coyote nos dijo: esto es para que la migra no vea el rastro”.
Caminaron horas bajo el sol, atravesando cerros y arroyos. En un punto, una víbora salió entre las piedras cuando ella saltaba una cerca. “Nunca se me va a olvidar. Brinqué de miedo. Me dieron un refresco para tranquilizarme y seguimos caminando”, recordó.
Cada tanto, debían tirarse al suelo cuando escuchaban a la patrulla fronteriza. “Nos lanzábamos entre espinas, lo que hubiera. Llegué espinada de todo el cuerpo, pero yo solo le pedía a mi hija que aguantara. ‘Hija de mi vida, aguanta’, le decía. Y aguantó”.
El obstáculo final fue un cerro empinado que parecía imposible de subir. “Les decía que me dejaran ahí, que yo no podía más. Pero el coyote y otro muchacho me ayudaron. Subí con la fuerza de no sé dónde. Y al final, como obra de Dios, empezó un aguacero. Esa lluvia fue nuestra salvación. Así entramos a Estados Unidos”.
Al llegar, fue trasladada a una “casa de seguridad” y posteriormente entregada a su esposo en un restaurante, tras un viaje de seis horas. Allí comenzaría su vida en California, una etapa que duraría años.
El sueño americano,
es a veces sólo eso,
un sueño que no
concuerda con la
realidad que tienen
que afrontar ahí
nuestros migrantes
El matrimonio vivió en un apartamento compartido, dividido en cuatro cuartos para distintas familias. “Éramos cinco en un cuarto grande: mis tres hijos, mi esposo y yo. En otro vivía mi cuñado, en otro una salvadoreña, y así. Si no vives entre varios, no alcanza el dinero”, contó.
Su esposo trabajaba jornadas interminables, desde la madrugada hasta entrada la noche. “La vida allá es pura prisa. Si no tienes carro, no eres nadie. Y yo me sentía atrapada porque no tenía familia, solo a mi esposo y mi cuñado”.
Con tres hijos nacidos en Estados Unidos y el desgaste de una vida limitada a sobrevivir, Luz María tomó una decisión radical: regresar a Río Grande Zacatecas. “Le dije a mi esposo que yo no quería esa vida para mí. Allá se trabaja para pagar renta, nada más. California es demasiado caro. Yo dije: me regreso”.
Su esposo permaneció en Estados Unidos, donde aún trabaja desde hace más de dos décadas, con la esperanza de jubilarse en unos diez años y regresar a México. “Él dice que si tuviera dinero no se iba. Que Estados Unidos no le gusta, pero allá el trabajo está mejor pagado”.
A lo largo de su estancia, Luz María enfrentó pocos episodios de discriminación, aunque uno la marcó. Embarazada de su segundo hijo, apenas podía caminar cuando se atravesó en el camino de otra mujer latina. “Me dijo: ‘go back to Mexico, regrésate pa’ México’. Y era igual que yo, morena, inmigrante. Me dolió, pero no le hice caso”, recordó.
Hoy, con sus hijos ya crecidos y su esposo todavía del otro lado, reafirmó su decisión de haber regresado. “México no lo cambio por nada, aquí soy libre como el viento. Si voy a Estados Unidos, es solo de visita, para ver a mis hijos. Pero mi vida está aquí”.
Su historia no es solo la de una mujer que cruzó la frontera por amor. Es también la de miles de zacatecanos y zacatecanas que emigraron impulsados por la necesidad económica, por la falta de oportunidades y por el deseo de construir un futuro distinto.
“Allá uno vive para
trabajar. Aquí, aunque
se batalle, uno tiene
familia, libertad, raíces.
Y eso no lo cambio por nada”
En su caso, el regreso no fue un fracaso, sino un acto de reafirmación. “Allá uno vive para trabajar. Aquí, aunque se batalle, uno tiene familia, libertad, raíces. Y eso no lo cambio por nada”



