El Partido Revolucionario Institucional no es cualquier cosa en la historia moderna de México. Nos guste o no, fue el partido que moldeó buena parte del siglo XX y que dio estabilidad a un país que había vivido medio siglo de caudillismo, golpes militares y guerras intestinas. Nació en 1929 como el Partido Nacional Revolucionario de la mano de Plutarco Elías Calles, con el propósito de institucionalizar la política y cerrar el ciclo del México posrevolucionario. En 1938, con Lázaro Cárdenas, se convirtió en Partido de la Revolución Mexicana y sumó a obreros, campesinos y clases medias en una maquinaria de integración social que creó sindicatos, corporaciones y dio sentido de pertenencia a millones. Ocho años después, en 1946, adoptó el nombre con el que lo conocemos: Partido Revolucionario Institucional, eliminando el sector militar y consolidándose como el gran partido civil del régimen.
El PRI no sobrevivió 70 años en el poder por casualidad. Supo aggiornarse, cambiar con los tiempos y adecuar su discurso al pulso del país. Fue nacionalista y popular en los años treinta; promotor del milagro económico en los cuarenta y cincuenta; corporativo, supo integrar a las clases medias, y también tecnócrata, para ver el cambio de siglo desde la cúspide. Su fortaleza residía en esa capacidad de adaptación, en la disciplina interna, en la mística de partido que daba orden a un sistema complejo.
Hoy, sin embargo, lo que queda del PRI apenas es una caricatura de ese pasado. Lejos de liderazgos históricos que entendieron su tiempo, el partido se encuentra sometido a un personaje como “Alito” Moreno. De la mano de un dirigente señalado por corrupción, vulgaridad y abuso, el PRI renunció a esa capacidad de renovación. Moreno reformó los estatutos para reelegirse hasta no se cuando, ha logrado someter a priistas de prestigio, y ha cerrado la puerta a la autocrítica. Donde antes hubo ideas, hoy hay vándalismo caudillista; donde antes hubo disciplina, hoy hay sometimiento.
Los escándalos de Alito son de sobra conocidos. Como gobernador de Campeche amasó una fortuna insultante, con mansiones valuadas en cientos de millones de pesos, imposibles de justificar con su salario de funcionario público. Los audios filtrados desde 2022 lo exhiben como un bravucón que amenaza periodistas —“hay que matarlos de hambre”—, que pide gorras y propaganda a los proveedores del gobierno bajo extorsión y que presume aportaciones ilegales para campañas. Un porro, más que un político; un hombre sin visión, sin altura de miras, que se sirve del PRI en lugar de servirlo. Y lo más grave: un dirigente que, pese a las evidencias, se atrinchera, ignora, amenaza y se aferra a mantener el control del partido.
La exdirigente nacional Dulce María Sauri lo sintetizó con brutal franqueza: el PRI tiende a extinguirse, pero al menos debería hacerlo con honor, “envuelto en la bandera de México”. El problema es que, con Alito, ni siquiera ese honor parece posible.
Lo que ocurre en Zacatecas es el espejo local de esta crisis nacional. Durante décadas el priismo zacatecano fue sólido, con estructuras territoriales que parecían inamovibles. Dos gobiernos, el de Miguel Alonso y el de Alejandro Tello, dejaron al estado en la ruina: deuda descomunal, pobreza creciente, violencia sin freno, corrupción rampante. Esa herencia fue la lápida que hundió al PRI en las elecciones de 2021. Hoy, el PRI en Zacatecas es patiño de la dirigencia nacional. El gobernador Miguel Alonso, con todos los señalamientos de corrupción e ineficiencia que arrastra, funge nada menos que como Secretario General del Comité Ejecutivo Nacional. Es un ilustre integrante de “los Alitos”, y Carlos Peña, como dirigente estatal, se pliega a esa misma camarilla. ¿Cómo puede renovarse un partido cuya dirigencia local y nacional está tomada por quienes representan lo peor de su historia reciente?
Sería injusto negar la importancia histórica del PRI. Fue el gran protagonista de la construcción nacional durante el siglo XX. Creó instituciones, generó consensos, le dio orden político a un sistema complejo que aún hoy sigue despertando fascinación en analistas propios y extraños. Representó una maquinaria capaz de modernizarse y mantenerse en el poder porque entendía su tiempo y actuaba en consecuencia.
El problema es que ese partido ya no existe. Lo que queda del PRI se aferra a un pasado que ya no vuelve, incapaz de interpretar el presente ni de imaginar el futuro. Y la política mexicana, tras el giro de 180 grados que significó el obradorismo, necesita justamente lo contrario: hombres y mujeres que entiendan su tiempo, que actúen con visión y con humildad, que sepan leer el espíritu de la época y proponer alternativas. La historia del PRI demuestra que es posible cambiar para sobrevivir. La decadencia del PRI es renunciar a esa historia.



