La Gualdra 679 / Poesía / Literatura
Dedicar el dolor, decidir su peso, arroparlo con el cuerpo, con la memoria. Es un sismo voluntario, un poema a la vida, pero también a la muerte. Estos decideros pertenecen a quienes han tenido una pérdida profunda. La literatura es un pretexto para arropar estas palabras, estos desfiladeros personales. No son la excepción los poemas de Juan Olivares (Chiapas, 1983) quien nos hace parte de su propia pérdida. Su libro inédito duele, es llaga expuesta que revela el suplicio de quien atiza el fuego de las preguntas. Él mismo lo explica: “Estos poemas son un regalo que mi padre me dio desde la muerte y, al mismo tiempo, una deuda que yo tenía con él: una forma de luto por su partida, ocurrida hace casi treinta años. Con los años, entendí que escribir también es una forma de traerlo de vuelta, de conversar con su memoria, de construir un puente entre su vida y la mía”.
Juan Olivares construye un umbral hacia lo invisible, a ese paraje que yace en la niebla, al costado del corazón, colmado de nostalgia. Porque es nostalgia el herbaje que no deja de crecer en ese desolador lado del mundo. Comenta Olivares: «’Te llamamos cáncer’ es un diálogo íntimo que sostengo con él a través de la poesía. Cada poema es una tentativa de entender su dolor, su lucha, su silencio. Pero también es mi forma de reconciliarme con todo lo que no pudimos decirnos en vida. Este libro no busca respuestas definitivas, sino abrir un espacio para el encuentro, para la ternura, para el recuerdo”. En medio de este paraje hay espacio para la ternura, para el reencuentro fortuito en la palabra, para decir aquello que quedó guardado con el tiempo. A continuación, les compartimos una selección de poemas de este libro que obtuvo el Premio Regional de Literatura La terrestre raíz de las palabras 2025:
*
Dedico a ti este dolor.
Esta inmensidad
curvilínea
atravesando
mi infancia:
dulzura feroz
que florece
sobre
tu
nombre.
*
Este poema será todo lo que escriba.
Un minúsculo canto
sobre tu rostro, padre.
Este poema será el dolor
(sí: este poema)
y después otro,
incluso más agudo,
punzante sobre tu pecho.
*
Te llamamos cáncer.
A ti, genuino animal de la locura,
te llamamos cáncer dos veces.
Y erigiste un castillo
al que llamaste El pacto del silencio
para que viviéramos
en él.
*
Te enterramos en nuestro dolor.
Y vimos cómo tu féretro recorrió
todas las avenidas por donde estuviste.
No hay fórmula secreta para desaparecer
el llanto.
Solo el recuerdo de tu nombre
atravesado por la ira.
*
Soñé que habías muerto.
Pero era un niño y volví a dormir.
Era una rutina interminable
entre un sueño y otro.
Explicar la vida dentro de lo no real
me indicaba que allá, muy lejos,
estabas tú con tus botas de trabajo
y tu maleta con la que siempre salías al café.
No le pude llamar sueño a algo que desconocía.
Por eso me adentré a saber qué era.
Explicarlo:
un cuchillo, el fogón, tu caja de herramientas,
tus gustos por los amaneceres,
el placer que te daba abrazarme
sin advertir tu presencia en esa casa.
Pero las paredes escuchaban tus voces
y me contaban con el susurro matinal
del domingo que habías llegado,
y con los ojos entreabiertos fingía aún dormir
y me arremolinaba dentro de las sábanas
para esconderme de ti y de tu figura claroscura
y murmuraba con mis gestos infantiles
que no estabas ahí si cerraba los ojos.
“Soy la sombra que viene por ti”, decías,
y metías tu mano para sentir mi rostro.
Entonces volvía a despertar y a llorar en silencio
porque algo de ti me llamaba.
Y me quedaba al borde de la cama
a pensar en ese sueño,
en las ocasiones cuando
te acercabas a mí para decirme al oído:
«Tengo que despertar
cuando los otros duermen».
*
Mi hijo pregunta por ti
cuando apenas cierra los ojos
y te ve y en sus sueños encuentra la calma.
Dice que eres algo —o alguien—
que cruza la calle para abrazarlo,
pero de pronto también apareces
sobre un árbol lleno de pájaros
y flores que le hablan.
Él confirma con su delicada
dificultad para pronunciar la erre
que no tiene miedo de ti.
Porque aún con alas o con hojas,
siente que ahí estás
desde ese letargo al que él llama
El oscuro sueño.
*
Padre:
¿Hacia dónde va la vida y el
equilibrio de tu nombre?
¿Se está bien allí,
entre el diminuto designio de la oscuridad
y la nada?
*
—Existen nombres
que son heridas abiertas,
y volver a nacer
no las sana—.
Juan Olivares (Comitán de Domínguez, Chiapas, 1985). Estudió Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Chiapas (Unach). Es coordinador general del sitio de literatura Carruaje de Pájaros y coordinador editorial de Lo que una flor al viento. Antología de los Juegos Florales San Marcos Tuxtla (2001-2025). En 2024 ganó el Premio Regional de Literatura La terrestre raíz de las palabras. Se desempeña como corrector de estilo y editor. Ha publicado artículos sobre poesía y literatura en las revistas electrónicas El Septentrión, Neotraba y Punto en Línea, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), entre otras. Parte de su obra está incluida en antologías editadas en el estado de Chiapas.
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