La Gualdra 679 / Sampedro / Literatura
Conocí a José de Jesús Sampedro hace más de cuarenta años, cuando yo hacía la prepa en el Seminario y un amigo común me prestó la maravillosa antología que Sampedro había armado para instruir a sus alumnos de la Preparatoria de la UAZ. Un libro “pirata”, hecho a partir de fotocopias, que me abrió los ojos a un mundo literario que yo desconocía. Un año después, cuando entré a Ciencias Químicas, me compré en la librería universitaria un (ejemplo) salto de gato pinto, el libro con que Sampedro ganó el Premio de Poesía Aguascalientes 1975. Un libro lúdico y extraño, que me condujo a Rilke, a Apollinaire, a Artaud y, por supuesto, a Breton.
Tenía yo quince años entonces e ignoraba que Sampedro pronto me invitaría a colaborar en su revista Dosfilos, que yo admiraba desde 1988, cuando compré el número 26 porque traía en la portada mi álbum preferido de The Kinks. Debuté en el número 65, cuando Sampedro me invitó a escribir sobre David Bowie y a partir de entonces me convertí en colaborador habitual, con una columna de ensayo que titulé Viajero Estacionario en alusión a un disco de Camel que nos gustaba a ambos. En un terreno donde yo me sentía inseguro —debido a que jamás tuve una educación literaria formal—, Sampedro me ayudó, desinteresadamente, a consolidar mi pluma como ensayista.
Por otro lado, él también me ayudó a desarrollar otra de mis vocaciones: como artista gráfico. Bajo su estricta batuta hice un montón de diseños para Dosfilos y la revista Diálogo, que Sampedro editaba en el Departamento Editorial de la UAZ. Hice la portada de muchos libros que él editó, y también varios carteles para sus eventos. Como un integrante más de la familia Dosfilos, pude disfrutar de cerca su inteligencia y su humor, su cultura y su contracultura, su carácter exuberante y su generosa amistad, que varias veces me tendió la mano, cuando yo más lo necesitaba —en esos momentos, difíciles y oscuros, cuando la existencia parecía ensañarse en contra de uno.
Como se ve, nuestra relación fue intensa y productiva en lo literario. En retrospectiva, me entristece no haberlo conocido más como persona. Pero así se dieron las cosas y así las acepto. Él nunca me preguntó por mi vida, por mis amores ni por mis dolores, y yo acepté implícitamente esa distancia personal. De algún modo, ese desapego íntimo le otorgó un carácter muy especial a nuestra amistad. En cuanto entraba a sus oficinas de Dosfilos y empezábamos a conversar, se borraba el mundo profano y entrábamos en una dimensión extraordinaria donde no existían los problemas personales ni laborales, un universo conformado por los libros, los discos, la pintura, el cine que nos fascinaban. Una dimensión exclusiva de nosotros dos, que ha quedado clausurada para siempre.
Con especial melancolía recuerdo aquella vez que conversamos, poco después de que falleciera Leonard Cohen. Repitiendo una de sus frases más socorridas y tristes, Sampedro concluyó que la historia había puesto otro clavo más al ataúd de los años sesenta. A mí me pareció exagerada su sentencia, y le dije que, por más clavos que le pusiera la muerte, los sesenta estaban más vivos y vigentes que nunca. El tiempo, según yo, me dio la razón, hasta hace unos días. Al menos en mi corazón, la muerte de Sam, ahora sí, ha puesto el último clavo al ataúd de esa década. Una época irrepetible en la historia de la humanidad, que nos llenó de esperanza, de rebelión, de energía, de amor y de paz. Una época que se fue con él, pero que él colaboró a volverla inolvidable.
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