La Gualdra 678 / José de Jesús Sampedro / Literatura
Por Marcos García Caballero
El 22 de julio de 2025 me enteré de la sensible muerte de José de Jesús Sampedro; la noticia empezó a circular al medio día. Mi amigo, el filósofo Caleb Olvera, fue el primero que me avisó, también Elena Bernal Medina, amiga suya y muy admirada por mí: ¿Oh, muerte dónde está entonces tu victoria?
Mi primer acercamiento con José de Jesús Sampedro fue vía telefónica, yo vivía en la CDMX y me llamó desde Zacatecas, fue muy cordial en su trato, como siempre lo fue conmigo; me llamaba para invitarme a las Jornadas Lopezvelardeanas dedicadas a Eduardo Lizalde, quien también tiene relativamente poco tiempo de fallecido, nuestro entrañable tigre. Eso fue en 2002. Hago moción porque han fallecido varios escritores muy queridos por mí a los que me unía el afecto y el trato, además de Sampedro (por ejemplo, murió hace pocos días la maestra Maricruz Patiño en Valle de Bravo).
A partir del rotundo éxito en todos los sentidos de esas jornadas de poesía dedicadas a Eduardo Lizalde, Sampedro me invitó a colaborar y comenzó a enviarme la importante revista Dosfilos, más añeja que Vuelta de Octavio Paz por diez meses, y acepté de muy buen agrado: de esa forma conocí los textos de Gonzalo Lizardo, Javier Báez Zacarías, Evodio Escalante, Víctor Roura, David Ojeda, Juan Gerardo Sampedro, Ignacio Trejo Fuentes, Rogelio Guedea, Eudoro Fonseca Yerena, Sergio Monsalvo, etcétera, todos ellos ya reconocidos; sí, pero también cabe añadir muchos debates sobre la importancia de la revista Dosfilos: hemos visto cantidad de animadas publicaciones, pero pocas han logrado posicionarse en todo el país como Dosfilos. ¿Cómo hizo José de Jesús Sampedro para lograr que la revista funcionara y no cayera como otras muchas y viviera (grosso modo) 50 años? ¿Y escribir tanto como él lo hizo? Además fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Se dice fácil, pero, detrás podríamos ver uno de los más grandes como él, en cuanto a su maestría como profesor de la Universidad Autónoma de Zacatecas Francisco García Salinas, un enorme poeta en sus ágiles conversaciones, así como en sus amistades con otros grandes como Francisco Bernal, otro “notable” oriundo de Aguascalientes que también ya partió. En fin, Sampedro estuvo en el centro de los debates culturales de esta zona de México por mucho tiempo: Zacatecas, Aguascalientes, San Luis Potosí, Guanajuato, etcétera.
En 1975 ganó el Premio Aguascalientes de Poesía con un (ejemplo) salto de gato pinto. Entre otros libros, publicó también Si entra él, yo entro (1981) y refiriéndome sólo a este libro, resulta que ahí ya existe una voz propia que indaga sin concesiones al “baboso sentimentalismo” (como decía Ezra Pound), en visiones del futuro que, por lo menos para mí y mi generación, no parece nada desafortunado, a saber, un futuro donde todo es caótico, terrible y despiadado. ¿Se equivocó? No lo creo. El trato dado al amor, ironía y desesperación que conlleva la imposibilidad de no ser nadie y ser un poeta, etcétera, no es ni será nunca poca cosa.
Subrayo también el carácter reflexivo e irónico de la revista Dosfilos, con magníficas ilustraciones en sus portadas de varios grandes músicos como Van Morrison, Los Lobos, Pink Floyd, Chuck Berry, Fats Domino, Cher, etcétera.
El 22 de julio, día del fallecimiento de Sampedro, Eudoro Fonseca afirmó: “Nadie como él hizo tanto por la cultura de la zona centro del país en los últimos años”; por supuesto que coincido con él.
José de Jesús era ingenioso en sus bromas, amigable, divertido; gracias a él pude ir varias ocasiones a Zacatecas; la última vez que lo vi el año pasado, fui únicamente a mostrarle mi respeto a su entrañable ciudad. Recuerdo, cada dos meses, encontrar la revista en mi buzón, “me voy a ir al cielo” pensaba. Digo todo esto un poco triste, pero me quedo con lo mejor de él: su alegría, su pasión por cultivar la palabra, su forma de saber administrarse para ser coordinador de eventos literarios sin ninguna presunción, etcétera. Adiós, fulgurante y grandioso, fuiste desde siempre querido, Sam, adiós.
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