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Abordan la Literatura del Norte de México durante segundo foro de la Lengua Española

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Por: ALMA RÍOS •

La literatura del norte de México, casi dijo a modo de denuncia Elmer Mendoza, “empezó a existir porque fue nombrada”. Y aseguró que los primeros sorprendidos de que se etiquetara así a lo que escribían Daniel Sada, David Toscana y el propio autor de Balas de plata (Tusquets, 2008), fueron ellos mismos.

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Mendoza describió a su literatura como una muy alejada del preciosismo, y escrita con un lenguaje y ritmo narrativo “que tratamos de equiparar con la oralidad norteña”, misma con la que describieron y describen las historias del desierto, la frontera, la vida nocturna en los bares y el mundo del narcotráfico con su realidad cruel y sangrienta, una realidad que “hay que nombrar con las palabras de la calle”, esas que dan identidad a los habitantes de Monterrey, Ciudad Juárez o Sinaloa.

“Tomamos eso e hicimos una literatura sin quererlo (…) nos tomamos ese desliz porque en el norte no le tenemos miedo a nada ni a nadie”, expresó para agregar, “ni a los ciclones como Manuel que nos acaban de devastar”.

De esta manera inició el escritor y docente de la Universidad Autónoma de Sinaloa, la primer mesa del segundo Foro Iberoamericano de la Lengua Española denominada Repúblicas de letras; la historia en letras, que compartió con los autores y académicos, Alejandro García, Sergio Espinosa Proa, José Carlos Rovira y Javier Villarreal.

 Pero Elmer Mendoza también habló de cómo han aprendido los lectores mexicanos las identidades del habla de otras latitudes latinoamericanas mediante las obras del colombiano Gabriel García Márquez y su “vaina”, los argentinos, su “che” y su “quilombo” o los indigenismos peruanos de José María Arguedas.

 La literatura del norte de México apareció primero en ensayos de tesistas de Australia, España y Norteamérica, entre ellos citó a Diana Palaversich, estudiosa del Departamento de Estudios Hispánicos y Latinoamericanos de la Universidad de Nueva Gales del Sur, institución ubicada en la ciudad de Sydney.

En el país nadie se había percatado de que este “grupo sin grupo” como le llamó Mendoza, “estaba haciendo algo que era diferente”, algo que sin embargo hacia cada quien “como le daba la gana” pues hasta que fueron nombrados y casi empujados a la autorrevisión “intentaron definir su estética”.

 Antes, dice, “sólo nos reuníamos para emborracharnos”. Pero ese lenguaje y las temáticas que les caracterizan surge del contacto con la calle, el que se tiene desde la infancia o no se tiene nunca porque la “universidad echa a perder” y desde ahí ya no hay vuelta atrás para interiorizar esto que no se vivió.

 La literatura del norte de México responde a ese territorio emocional, mismo del que rescató su experiencia con el desierto, espacio sobre el que tiene cifrado el gran sueño de escribir algún día una novela, pues lo conoce a “todas las malditas horas”.

 En su revisión de los autores que representan ese “espíritu de ruptura” con el lenguaje y que recuperan en su narrativa los vocablos de la calle destacó a José Agustín y su “literatura de la onda” como el primero en hacerlo, y a Fernando del Paso con su José Trigo que dijo, es “casi un diccionario” de las usanzas del habla en el espacio más público de la colonia Santa María la Ribera del Distrito Federal.

 El escritor nacido en Sinaloa en 1949 pasó luego a un regodeo en el lenguaje de las calles del norte del país llevado ya a la narrativa universal mediante ediciones en otros idiomas, y agregó las dificultades para la traducción de vocablos como “dale que anda bien loco” que aclaró quiere decir “que anda bien arriba el bato” y no “locochón” que es cuando la droga ya lo venció. A los que agregó, “andar arriba” o “andar ondeado”, drogado.

 Para referirse a los narcotraficantes y sus jerarquías, no es lo mismo “jefecillo” que “chaca”, esta última palabra que viene dijo, de aquella serie de televisión ochentena, Shaka Zulu, que aludía a un líder tribal africano. Un escritor no puede estar ajeno a eso, dijo.

 “Carnal” dijo es la gran herencia del Tin Tan al habla, y para escribir La Reina del Sur, Arturo Pérez Reverte tuvo que habitar por un tiempo las calles de Sinaloa para poder introducir en su páginas a un “plebito” que también puede ser un “morro”, que bien podría subirse a una “troca”, un “mueble” o una “doble rodada”.

 Esto y más dicho, fue utilizado para abordar el lenguaje con qué se construye la literatura del norte, “tomamos eso e hicimos una literatura sin quererlo (…) nos tomamos ese desliz porque en el norte no le tenemos miedo a nada y a nadie…ni a los ciclones como Manuel que nos acaban de devastar”, concluyó.

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