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domingo, 4 diciembre, 2022
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Un nuevo entusiasmo sin «Spinoza en el Parque México»

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Por: Mauro González Luna •

¿Qué pasa con el ser humano desencantado de hoy? Duerme irreflexivo de día y de noche. Se desaburre atado a la tecnología del celular, parte integral ya de su mano y sin la cual enloquece. Se divierte despreocupado jugando a cambiar de sexo como mudar de camiseta. Su guía, el deseo ciego; sus dioses, el placer y el dinero. Ajeno a religión, solidaridad, patria y política, vegeta sin rumbo. Su mundo entero es él mismo, encerrado en su egoísmo y seguridad. 

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La persona se refugia en la casa de la frivolidad o de la iniquidad a falta de motivaciones profundas y trascendentes. Se enconcha ante el espectáculo de esta época gris en la que resuenan ecos de una modernidad derrotada, de una razón de progreso desmentida desde hace más de cien años a raíz del desastre que dejaron la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Su ser entero vibra de emoción, junto a la multitud, en los nuevos circos y «malls», pero cuando se desangra a un pueblo como el de Irak, Siria, Yemen, Afganistán, a manos de la hegemonía imperial, entonces mete la cabeza en huecos como avestruz.

Frente al sufrimiento de los desheredados, de los prescindibles, de los migrantes pobres, pasa indiferente o hace gala de racismo, mezquindad y xenofobia. Y cuando su deseo choca con la realidad y se frustra, cae en la pendiente de la droga, y el nihilismo y la náusea se apoderan entonces de todo.

Y mientras eso sucede, salvo excepciones ejemplares, en el ámbito de la seudo cultura actual, las ideologías de izquierda y derecha, achacosas y sin clarividencia ni genio, se obstinan en hundir sus raíces en la tierra infecunda de la modernidad, del «viejo y caducado ideal del dominio y la posesión». 

Modernidad fraguada hace siglos por Maquiavelo, Hobbes, Spinoza, Voltaire, Rousseau, Kant y demás testaferros geniales del engaño, de la suspicacia, de la «diosa razón», del imperativo categórico ciego a la caridad, del progreso sin fin, de la inmanencia que reniega del Dios personal diluido en la naturaleza, del libre examen que multiplica las iglesias al infinito, de la «libertad coja», entendida como conocimiento de la necesidad que es antítesis de la libertad.

Testaferros esos, como A. Negri, de la multitud proletaria condenada sin remedio a desengaño y frustración de todo marxismo; de la tolerancia dogmática que no distingue entre bien y mal. Testaferros del panteísmo, antesala del ateísmo. Testaferros -como Spinoza- de la democracia entendida como poder absoluto que luego deviene en la realidad, en tiranía de izquierda o derecha, como la de Hitler, ayer en Alemania; como la de Ortega, hoy en Nicaragua, o la de otros semejantes.

Por cierto, ya que cité al filósofo Spinoza, resulta interesante mencionar que hace unos días leí en una librería el título, poco serio, de un libro: «Spinoza en el Parque México». Suena ello a algo así como Platón en Xochimilco o Pascal en Cuernavaca.

Spinoza, un panteísta, un negador del Dios personal judeo-cristiano y en puridad, del libre albedrío. Spinoza, un racionalista que todo lo pretende deducir del método matemático como si todo fuera calculable, incluso la vida humana y su hondura. Spinoza, un relativista que reduce la ética a hipótesis comprobables, eliminando las causas finales al igual que Hobbes, padre del totalitarismo, y elogiando a Maquiavelo por su naturalismo político. La razón que desprecia a la Fe socava la base incondicional de la genuina libertad, y por ende, de la responsabilidad y dignidad humanas.

Resulta por ello desconcertante que el autor de tal libro, E. Krauze, recurra a Spinoza para refrendar su liberalismo, cuando Spinoza hace que el «querer» sea absorbido por el pensamiento, como comenta Brugger, sin «dejar lugar alguno para la auténtica libertad». No en balde el genio de Leibnitz llamó a las ideas de Spinoza, «filosofía de pésima nota», pero muy socorrida ayer y hoy por su radicalismo anticristiano.

Spinoza afirma que, en la democracia, dentro de un Estado con poderes absolutos, «la racionalidad de los mandatos del soberano está prácticamente asegurada». Resulta imposible conciliar a la luz de la razón, por cierto, democracia y absolutismo.

Los seguidores acríticos de la filosofía de la Ilustración, de la supuesta sanísima razón, olvidan las patologías históricas de tal pura razón; esas patologías mencionadas por Ratzinger frente a Habermas no hace mucho, y que han conducido a hecatombes nucleares muy liberales, a regímenes políticos tecnológicamente aptos para destruir al ser humano y su mundo.

Debieran recordar esos a Robert Schuman, uno de los padres fundadores de la unificación europea, quien, junto a Bergson, dijo hace lustros: «la democracia es de esencia evangélica porque la mueve el amor. La democracia será cristiana o no será. Y una democracia anticristiana -como la preconizada por Spinoza- será una caricatura que se hundirá en la tiranía o la anarquía». Basta ya de contrafiguras caricaturescas de política, de políticos, verdaderas nulidades salidas de la falta absoluta de escrúpulos, sin genuina inteligencia política que es la que sirve al bien común de todo un pueblo, no a una secta fanática. 

Por ello, apremia buscar un nuevo entusiasmo que dote a la libertad de base material económica para que no sea una farsa liberal, mera propaganda. Uno fundado en la «clarificación del lenguaje, secuestrado hoy por los afanosos del poder»; fundado ese nuevo entusiasmo en la filosofía del sentido común, en la que se funda en el Logos griego y cristiano, en aquella encomiada por Chesterton en «Ortodoxia», esa que salva a la razón de sí misma, esa que anunció Romano Guardini al hablar de una nueva época que opte por la creatividad y la unidad: «Debemos volver a adquirir el porte soberano que no ansía éxito sino valor, no acción huidiza sino ser». 

Un nuevo entusiasmo que haga contemplar el mundo con inocencia como lo hizo Francisco de Asís, cumbre de la Edad Media en plenitud que dio también a Dante, al Giotto, a Tomás de Aquino, al Gótico, a las Universidades, a los primeros parlamentos, a San Luis y a Alfonso X, el Sabio. ¡Qué lástima que un cineasta de la talla de González Iñárritu lo ignore, según se reveló en entrevista reciente!

¿Cuál es la talla cultural por regla de las celebridades en esta época de la historia, no de oro, por cierto, sino de hojalata?

Un nuevo entusiasmo que defienda a la persona humana desde la concepción, pues el concebido no nacido es ya una «totalidad diferenciada» dentro de otra totalidad de igual naturaleza, no una cosa desechable. Uno nuevo que respete el orden natural de la creación, que subordine el capital al trabajo, que devuelva su sentido cabal a los sindicatos libres anonadados por el neocapitalismo, que salve al campesino humilde de la miseria, que abrace al migrante pobre, que salve la unidad esencial de las patrias, en México sintetizada en la Virgen Guadalupana. Sin esa unidad que evita la desintegración por el mosaico de intereses en pugna, y que permite enfrentar juntos la adversidad, no hay porvenir para las patrias que se desmoronan y desangran, sino solo beneficio de facción.

Dedico este artículo a la memoria del poeta Charles Péguy, enemigo de «este mundo moderno laico y racionalista que se consume en una crítica estéril; profeta de la fidelidad que ve en Cristo al que recoge todo lo trágico antiguo para transfigurarlo», frente a Nietzsche, profeta de la ruptura y de la pretendida muerte de Dios, del Dios que también intentó matar vanamente la Ilustración. Péguy, muerto cara al cielo en la batalla del Marne a los 40 años, patriota francés, campeón del catolicismo, de la Verdad revelada.

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