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sábado, 1 octubre, 2022
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El estado-fetiche y los escenarios posibles

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Por: RAYMUNDO CÁRDENAS VARGAS • Araceli Rodarte •

La fuente del poder y el espacio de la soberanía es el pueblo. El Estado-no-es-soberano. Cuando el Estado se autonomiza de su fuente de legitimidad se convierte en un fetiche, y todo fetiche enloquecido termina transformándose en un monstruo: es un kraken que devora a los hijos de la ciudad.

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Cuando los gobiernos se quedan sin la confianza de los ciudadanos no tienen capital social para actuar a favor del pueblo, y los mecanismos participativos se apagan y los ciudadanos se alejan aun más de la vida pública (que no es lo mismo que de la vida-en-común). Ahora mismo está ocurriendo esto en México. Y como en lo social la causa también es efecto, la relación entre fetichización del Estado y alejamiento ciudadano cae en una espiral decadente que puede tener distintos resultados. Uno de ellos puede ser que la falta de legitimidad lleva a más ineficacia en la operación de los planes de gobierno y así, los problemas de pobreza y desigualdad se agudicen; con ello, la explosividad generará mayor violencia. Y el Estado con un escenario de violencia y sin legitimidad, pues se tornará en exceso autoritario: gobernará con el ejército y los toletes policiacos. Sin embargo, de seguir las cosas como van, más importante aun de lo que puede pasar del lado del Estado, es averiguar lo que puede ocurrir del lado de la sociedad. Como muchas sociedades reprimidas, puede tender a fragmentarse aun más. Pero también puede desarrollar capacidad constituyente: crear espacios de autonomía que producen una nueva subjetividad y formas de procesos de desarrollo autocentrados en los colectivos autónomos. Esto es, la respuesta a la fetichización del Estado puede ser la autonomía constituyente.

Sin embargo, aun con el último escenario descrito, que es el más optimista, la situación es catastrófica, porque el Estado se reconcentraría aun más en las avariciosas manos de los poderes fácticos, y con éste, la disposición de la renta social por medio de los impuestos, de los mecanismos coercitivos y la apropiación de los recursos naturales (considerados propiedad de la nación). Por ello, las posturas más anarquistas que claman por el abandono del Estado, lo que producen es el abandono de lo público por los ciudadanos, y con ello, se le deja sin restricciones el poder de la renta social y los aparatos de la ley a los poderes fácticos. En suma, se termina dando más poder a aquellos a quienes justamente se debe acotar.

De seguir las cosas como van, todos los escenarios son pesimistas. Por ello, sería muy importante poder rescatar a las instituciones del Estado antes de que ocurran los escenarios aquí descritos (u otros no contemplados o imaginados sólo por Borges). Y para dicho rescate, se requiere que el conjunto de la clase política genere un pacto con los actores sociales actualmente en protesta, para iniciar una profunda reforma de las instituciones estatales, pero donde la participación sea el centro de la propuesta. Pero con la clase política atrincherada, se ve poca posibilidad a esta salida. Algo así como lo ocurrido en el conflicto del Politécnico: una mesa de negociación con los sujetos de protesta (estudiantes) puede hacer que se le dé viabilidad a esa institución educativa. Pues eso mismo, pero a nivel de todo el Estado-nación. ¿Será posible?

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