José de Jesús Sampedro Martínez fue considerado uno de los escritores mexicanos más completos y talentosos en el firmamento nacional e internacional, con un extraordinario don de gente, supo cómo renombrar a Zacatecas en el firmamento del mundo, convocó a los poetas más irresistibles y dichosos del continente, supo darle cabida a todas las corrientes de la literatura con ediciones populares que dieran a conocer el afán de la juventud mexicana por expresarse. Ello lo encumbró de inmediato.
El pueblo zacatecano sufre gran pérdida, el Maestro Sampedro encarnó para entonces la juventud rebelde del país y del mundo, ya desde una abierta militancia de izquierda, la abultada conmoción estudiantil que vivió el mundo de su época, las luchas sindicales, las guerrillas urbanas, las represiones descaradas de gobiernos realmente abusivos y José brinca como los gatos y le reensayó al país que el sufrimiento estéril y vacuo tenía otra cabida en algún ajeno lugar y entonces había que ocupar los premios, los libros, la cátedra, la creatividad, las revistas especializadas, la luz de los universos proletarios en todos los rincones de la patria, la clase media que visitó el paraíso y se quedó embelesada.
Para nosotros es un duro golpe, fue nuestro maestro, nuestro guía, nuestro diseñador nato, el invitador, el cawamero,el señor de los libros, el agradecido, ora queda una nostalgia, las plegarias exigen potencia en los hechos y no en el palabrerío: educar, re-educar, invitar a que las nubes celestes bajaran del olimpo y se rodearan de estudiantes, de los querendones de libros y tertulias, de festivales y homenajes, del despertar de la consciencia para ir con impulsos hacia la luz.
De nueva cuenta estamos hechos para el estremecimiento, la noticia del fin de nuestro escritor favorito, del maestro de generaciones, de la referencia más vívida de las letras nacionales, conmociona, irradia, es el juicio, la nueva consciencia, el deseo irresistible, y es vocación y llamada y nacimiento y renacimiento, obra, unión, familia, la trascendencia, es emerger, es la música que tanto amó y es, al mismo tiempo todo junto para suscitar, darle lectura a las piedras ,dejar conmocionados a quienes lo queríamos.
Un día le dije que en mi afán por recorrer la mayoría de los archivos y bibliotecas de su querida ciudad zacatecana, había encontrado en diversos documentos muy antiguos a sus ancestros Sampedro, diríase que desde 1580 vi ese apellido muy repatriado y confeso de haber trabajado arduamente y en otros juicios donde las salas de tribunales o inquisitoriales apresaban a un Juan Sanpedro, con “n” y que con el tiempo esa “eme” del mundo le daría mas que fama y una patria y una familia numerosa, sus padres, sus hermanos artistas, sus hermanas tan queridas, su hija Andrea, rebelde, azotada, entallada.
De verdad nuestros respetos y la certidumbre de que fue feliz y siempre sereno y fuerte. El Gran Sam, el maestro, el inolvidable, sustancia real de un pueblo que es prodigioso en el mundo entero y el, su hijo predilecto, su afán, la música, las revistas, las librerías populares, la poesía y prosa mas deslumbrante de los últimos 100 años en el vasto y divino quehacer humano.
Durante dos años fui su alumno en su taller literario y el aprendizaje fue descomunal, suplió al maestro Miguel Donoso Pareja con quien ya habíamos tenido tres años de intensidades talleriles y el buen Sam reafirmó la estrategia de que nuestra escritura tuviera sustento y poder y claridades y pleitesías para todos.
Ya se junta con los otros grandes de la literatura zacatecana en ese nicho donde hubo de todo: valientes, honrados, famosos, premiados, fervorosos con los humildes, rebeldes contra toda tiranía y Sam encarnó lo mejor de la tradición de la literatura fenomenal y bien documentada, lo máximo en la tribuna, el exhorto, nunca la adulación, siempre la rebeldía y las ediciones bien cuidadas y las mesas de debate alzadas en el entorno de ser eternos y venturosos.
(la historia de su señor padre y de su jefecita, es digna de elogios y de proclamas que son insoslayables).



