Hay decisiones que no se miden en discursos, sino en lo que llega al bolsillo de una familia trabajadora. En México, durante demasiado tiempo, el esfuerzo de millones de personas no se tradujo en una vida mejor. Esa deuda histórica hoy comienza a saldarse, y tiene un nombre: salario digno.
Durante 36 años, el salario mínimo en nuestro país permaneció prácticamente congelado. Mientras los precios subían, el ingreso de las y los trabajadores alcanzaba para cada vez menos.
Se nos vendió la idea de que la única ventaja de México frente al mundo era la mano de obra barata, gente que produjera mucho y cobrara poco.
Esa fue la lógica del modelo que durante décadas gobernó al país, un modelo que confundía competitividad con pobreza y que veía en el sueldo del trabajador un costo que recortar, no una vida que dignificar.
Esa realidad cambió. Desde que llegó la Cuarta Transformación, encabezada primero por nuestro Presidente Andrés Manuel López Obrador y hoy por nuestra querida Presidenta de México, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, el salario mínimo ha aumentado 154 por ciento.
En 2018 era de 2 mil 800 pesos al mes, hoy supera los 9 mil 400 pesos, y en la frontera norte alcanza los 13 mil. No es una cifra abstracta: es comida en la mesa, es una quincena que rinde, es dignidad recuperada.
Cuando el salario alcanza, la madre no tiene que elegir entre el cuaderno y la cena. Cuando no tiene que elegir, el niño no abandona la escuela. Cuando el niño termina su escuela, el futuro de toda una familia cambia.
Así se reparte la riqueza: no como dádiva, sino como derecho. Porque la riqueza que genera un país, cuando los salarios son de hambre, se concentra en unas cuantas manos; cuando el salario es justo, se distribuye entre quienes la producen.
El salario, sin embargo, es solo una de las formas de repartir lo que entre todas y todos generamos.
Están también los programas de bienestar, que devuelven al pueblo en beneficios lo que aporta en impuestos. Están el acceso a la salud, a la educación, a la vivienda. Ese es el modelo que hoy construimos: uno donde la inversión ya no se atrae ofreciendo pobreza, sino capacidad, preparación y el talento de las y los trabajadores mexicanos, que están entre los más productivos del mundo. Hoy un país no es grande por lo poco que paga, sino por lo mucho que cuida a quien lo levanta cada mañana.
En Zacatecas conocemos bien el valor del trabajo. Nuestra gente del campo, de los talleres, de los comercios, de las minas, sabe lo que es ganarse el sustento con esfuerzo. Durante años, demasiados zacatecanos tuvieron que dejar su tierra para buscar en otro lado el ingreso que aquí se les negaba.
Por eso, aquí la política del salario digno no es teoría: se siente en cada hogar que hoy resiste un poco mejor, en cada trabajadora que hoy cobra lo que merece, en cada familia que ya no tiene que separarse para sobrevivir.
Como representante de Zacatecas en el Senado de la República, respaldo con convicción este rumbo, porque la justicia social no se decreta con palabras: se construye con ingresos dignos, con derechos garantizados y con un Estado que está del lado de quien trabaja. No soy política de ocasión; llevo toda una vida en esta causa, y sé que el camino correcto es este.
Porque al final, repartir la riqueza es repartir oportunidades. Y en la Cuarta Transformación lo tenemos claro, por el bien de todos, primero los pobres.



