Allá por el 2015, Morena comenzaba a movilizarse para tratar de ser —o al menos aparentar ser— un verdadero partido político distinto a los demás. En aquel entonces existía una narrativa muy clara: hacer las cosas diferentes. Se realizaban asambleas donde se elegían consejeros, líderes y dirigentes; se convocaba, según sus propios estatutos y documentos básicos, a la militancia para participar en la selección de candidatos a presidentes municipales, diputados locales, federales y hasta en la integración de planillas de regidores.
La idea era construir un partido desde abajo, desde las bases, donde la militancia tuviera voz y voto. Y hay que decirlo: durante un tiempo esa dinámica sí generó esperanza en muchas personas que ya estaban cansadas de los viejos partidos políticos y de las decisiones tomadas desde una oficina con aire acondicionado y no desde el territorio.
Pero entonces Morena comenzó a ganar. Y ahí cambió todo.
El movimiento que presumía combatir el dedazo terminó cayendo, poco a poco, en prácticas muy parecidas a las que tanto criticó. Las candidaturas comenzaron a definirse más por conveniencia política que por trabajo territorial, principios o formación ideológica. Empezaron a llegar personajes reciclados de otros partidos, algunos sin ningún vínculo real con el movimiento, pero con algo que hoy parece valer más: fama, estructura o posibilidades electorales.
Al parecer, el éxito le cayó mal al partido.
Porque mientras más poder obtuvo Morena, más comenzó a relajarse el filtro político interno. Hoy vemos candidatos que hace apenas unos años militaban en el PRI, en el PAN o en Movimiento Ciudadano, y que de la noche a la mañana descubrieron que siempre sí eran parte de la transformación. El problema no es solamente que cambien de partido; eso existe en toda democracia. El problema es que muchos llegan sin convicción alguna, solamente buscando la ruta más fácil para seguir viviendo del poder.
Y ahí es donde el mecanismo de las encuestas, aunque en teoría es una buena herramienta democrática, ha demostrado enormes debilidades.
Porque a las encuestas no deberían llegar únicamente los más populares o los más conocidos. Antes de eso tendría que existir un verdadero filtro interno. A la encuesta deberían llegar los mejores cuadros del movimiento: perfiles honestos, leales a las causas que Morena dice defender, personas sin antecedentes penales, sin historias electorales turbias y con verdadero trabajo político.
Pero muchas veces ocurre exactamente lo contrario.
La popularidad termina sustituyendo a la trayectoria. El espectáculo reemplaza a la formación política. Y entonces aparecen candidaturas que generan más dudas que confianza.
Por eso el nombramiento de Ariadna Montiel dentro de la operación política de Morena manda un mensaje importante. Al parecer, la presidenta Claudia Sheinbaum entiende que el partido necesita volver a tener control, disciplina y dirección política real. Una mano dura que no se deje mangonear por grupos internos ni por oportunistas de temporada.
Porque si Morena quiere mantenerse en el poder, tarde o temprano tendrá que decidir qué quiere ser: un movimiento con principios o simplemente una agencia de colocación electoral.
Y ahí es donde vendrá la verdadera prueba para la nueva dirigencia. Saber decir que no. Negarle el paso a los chapulines que solamente brincan al partido que más les conviene. Porque resulta muy cómodo decir: “como no gané por el PRI o por el PAN, ahora me voy a Morena a ver si por allá pego”.
El caso de personajes como el Travieso Arce retrata perfectamente esa lógica. La fama no puede convertirse automáticamente en mérito político. Gobernar no es subir al ring, dar entrevistas o llenar auditorios con aplausos fáciles. La política requiere preparación, responsabilidad y compromiso real con la gente.
Porque al final, los problemas que hoy enfrenta Morena con muchos de sus cuadros no nacieron en el gobierno. Nacieron desde el momento en que el partido dejó de cuidar quién entraba por la puerta.
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