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miércoles, 5 octubre, 2022
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■ Historia y Poder

Siete años sin Ballesté

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Por: MIGUEL ÁNGEL AGUILAR •

Son 7 años que se cumplen del doloroso adiós del compositor mexicano Enrique Ballesté Gálvez; todas nuestras estructuras se tambalearon por tan insólito acontecimiento inesperado, pues a sus 68 años llevaba una vida fructífera, tareas por doquier, hazañas por recorrer en el mundo del teatro, la docencia, la escritura diaria, la permanencia en lo insólito.

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Sí que nos dolió como ninguna muerte dentro del miedo, el azoro, el desconsuelo, aunque él mismo nos enseñó que deberíamos siempre estar ocupados para no darle razón a la melancolía, el estremecimiento era y es inevitable, pues salen recuerdos de todos lados, la guitarra, la composición, el 68, la dramaturgia profesional, la búsqueda de los países, el compromiso con el pueblo más desarrapado e inundado de pobrezas, tragedias, locuras reales.

El alcance de su obra sigue teniendo la magnitud y el interés de nuevas generaciones que supieron que sus canciones, sus obras de teatro, sus direcciones y actuaciones magistrales tuvieron en la espalda de cientos de actores y cantantes que era siempre urgente la profesionalización, el no dejar pasar un minuto en que no tuviéramos que asumir el pacto que hicimos en los encuentros nacionales de teatro y música popular, las largas asambleas interminables, las discusiones y los manifiestos, los libros, las entrevistas, las jiras alucinantes, las pláticas nocturnas en las selvas calurosas y tumultuarias.

Uno de sus grandes camaradas inseparables durante casi 50 años, José Antonio Herrero del Rello -para fortuna mía y nuestra- vive en mi hogar desde hace 7 meses y son infaltables mil anécdotas, pues aparte de ser su par en giras alucinantes, montajes y direcciones de alto rango escénico, la formación de grupos comunales de artistas e intelectuales humanistas, fue su cuñado lo que doblemente la información viene de primera mano, pues la lucidez de Tonino -a sus casi 73 años- es sorprendente, vital, eco esperado que conecta la experiencia y el vívido recuerdo con cosas relativas al humor, la fiesta interminable, la genialidad, el estupor y la inocencia, la agitación política directa, la militancia, el sello marxista inigualable.

El deber del pueblo es confirmar que sus juglares se la jugaron por él y para él, que en la senda de todos los caminos estuvieron alertas a todo lo que sucediera y Ballesté hizo de las canciones más bellas y deslumbrantes el compartirlas con toda laya de cantantes, gleba de municipios y ciudades buscando de la patria su cobijo, su soporte, el trozo de alegría por estar siempre juntos, pasara lo que pasara, y Enrique supo estar conectado y reafirmar que fue feliz mientras se le permitiera darle información al oyente, canciones, poemas, ensayos, obras teatrales como las más altas manifestaciones de las artes universales.

Eso es cierto, el teatro sigue siendo el rey de todas las artes, el lugar idóneo donde caben absolutamente todas las demás disciplinas, la magia real donde todo se consume, se realiza, se realza y no se daña y ahí Ballesté y Tonino le supieron previamente darle todos sus fulgores, temperamentos, adaptaciones y revisiones para que los barrios populares se llenaran de sabiduría y se vieran reflejados en su lucha, su sarcasmo, su desmadre.

Tonino del Rello tiene ascendencia con familias italianas donde también se exfoliaron las videncias de las abuelas y bisabuelas, su memoria es prodigiosa y a diario escribe sus experiencias en el teatro mexicano haciendo entrevistas, atando cabos, y siempre es referencia Quique Ballesté con sus frazadas, sus beneficios, su eterna disponibilidad aun después de fallecido para darnos señales de que la ruta indicada es la que seguimos.

Tonino destapa quién fue el pulsor de la toma del foro isabelino por los estudiantes de la facultad de filosofía y letras de la UNAM en enero de 1973, y en contra de las políticas fresas del entonces Héctor Azar y sus mega tranzas en la dirección de la Facultad; luego, cuando le dio la noticia a Ballesté recién llegado de Sudamérica, de que existía un grupo alucinante en la provincia potosina, EL ZOPILOTE, una de las agrupaciones clave en donde aprendió como nunca antes y supo repartirse lo que tanto traía adentro en su sangre republicana y plebeya mexicana. Herrero del Rello previamente había estado en esa ciudad conviviendo con los actores profesionales zopilotezcos.

No es blasfemia, es alegría y sentimiento puro, es devoción y discernimiento y es seguir extrañando como se debe a un hermano mayor que supo darnos ejemplos reales de que se podía vivir con los ideales y las travesuras del destino ya en la cárcel, los hospitales, los aeropuertos, el teatro comunal y estudiantil boteando el desayuno, cantando en los camiones y en las fábricas y en las plazas que algún día llegaría la izquierda a gobernar este país tan preocupante, tan esmerado a no echarse a perder y ser ejemplo en el mundo.

Es larguísima la trayectoria de Ballesté en la discografía, la dramaturgia profesional, el elenco de las luchas populares y ahí es consultado y venerado y su pérdida será siempre trascedente en nuestros sismos, nuestros pesares y dolores, pero también, la clara advertencia de que todo es un ciclo y una reflexión, de que continuar es lo debido, ser fuertes y valientes hasta el final sin dejar nunca de lado el compromiso de ayudar, sonreír, cambiar y permanecer en la permuta permanente.

Cuánto lo extrañamos.

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