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México de las desapariciones: ausencias, conversaciones truncadas y artefactos de memoria

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Por: Jairo Antonio López •

Una mujer que iba delante mío en el camión que nos dirigía a nuestros respectivos lugares de trabajo tenía en sus manos su celular, con actitud ansiosa, el cual revisaba constantemente. La pantalla reflejaba las imágenes y letras en tamaño muy grande, esas opciones para quienes sacrificamos privacidad a cambio de poder enfocar bien. La pantalla de WhatsApp era la del chat con su hijo, tenía cinco mensajes seguidos: “-Hola -Hola -Hola -Hola -Hola”. El primer mensaje había sido enviado a las siete de la noche anterior, el último a las siete de la mañana. Eran las 8 de la mañana, y justo entró una respuesta que decía “-Hola mamá”, ella respondió “-Hola -Cómo estás, estaba con el pendiente. -Ya estás en la chamba? -Espero que tengas un excelente día. Te quiero mucho hijito, mucho mucho mucho”. Suelta el celular, lo guarda ahora con calma y una sonrisa y espera llegar a su destino. En ese momento solo puedo pensar en las miles de conversaciones que se quedaron incompletas, los miles de mensajes truncados ya que la contraparte nunca respondió porque “desapareció”. Mi compañera de ruta tuvo la suerte de recibir ese mensaje de respuesta que aguardó toda la noche, saber que su hijo está bien y que les espera un nuevo día.

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Durante el tiempo que hemos acompañado a familias que buscan a personas desaparecidas hemos visto cómo en las narraciones que elaboran sobre la desaparición de sus seres queridos suele destacar la referencia a “la última conversación telefónica”, la cual queda resguardada como prueba y testimonio de la existencia de ese a quien se busca. En México son miles los casos donde “el último mensaje» se vuelve una prueba, un recuerdo y una tortura constante. Los teléfonos celulares se convierten en un artefacto emocional y de memoria donde se guardan los mensajes de voz como resquicio de la materialidad humana que fue arrebatada. Una síntesis de este México del dolor, de ausencias y tragedia. Lo mismo sucede con las prendas de ropa, las posesiones, todo queda resguardado (para usar términos forenses), como una huella que testifica y asegura que las madres y familias que buscan no están locas. La maquinaria de la desaparición nos quiere hacer dudar sobre si alguna vez existieron aquellos a quienes se busca. Cuando no lo logra nos quiere convencer de que su desaparición tiene justificaciones (las personas dicen autocomplacientemente “eran malos”, “narcos”, “en algo andaban”, “consumían drogas”, “no se cuidaban”, etc), o que son “daños colaterales” de una guerra que se da entre delincuentes.

Cuando hablamos con madres buscadoras, en el espacio público o en privado, muchas veces toman y nos enseñan su celular para que escuchemos la voz de sus hijos o familiares, la cual solo pueden encontrar en chats obligatoriamente interrumpidos (¿finalizados?). También nos presentan videos, fotografías, en fin, cuanto rastro les permite asegurarse y asegurar a los demás que están buscando a un ser humano, aunque el Estado, la sociedad y los grupos criminales nos quieran convencer de que sólo son fantasmas.

Esos mensajes se vuelven lo último a lo que las familias se aferran cuando se dirigen a las incompetentes fiscalías o comisiones de búsqueda. Si las autoridades hicieran el trabajo que les mandata la ley, estos rastros podrían ayudar a conocer el último lugar o momento en que se tuvo certeza de la localización de la persona. Pueden ayudar a entender qué podía estar pasando el día y el momento en que se pierde el contacto. No obstante, la regla es diferente. Las autoridades suelen ser omisas con este tipo de indicios, al punto de ejecutar búsquedas por la última localización geoespacial de los celulares hasta tres o cuatro años después de puesta la denuncia. ¿Qué esperan encontrar? Los gestores del dolor y el sufrimiento se encargan de hacer creer que buscan, mientras en México crecen las conversaciones obligatoriamente truncadas.

Hace poco publicamos una investigación donde documentamos cómo la desaparición mayoritaria de jóvenes hace parte de continuos de violencias juvenicidas. Jóvenes cuyas vidas suelen estar inscritas en condiciones de precariedad, exclusión y vulnerabilidad; que son estigmatizados y criminalizados no sólo para justificar su desaparición sino también para que no sean buscados eficazmente por las autoridades; que son rebajados moralmente como víctimas que no merecen ser lloradas. Pero también documentamos cómo la acción de búsqueda y resistencia, a la manera de un doble espejo, ilumina lo que la violencia desaparecedora quiere ocultar. Testifican la existencia de unos muchos a los que las burocracias y la sociedad amnésica quieren ocultar para poder vivir sin preocupación. Más del 45% de las víctimas de homicidio en México son jóvenes. Más del 55% de las personas con registros de desaparición o no localización tienen entre 10 y 34 años. Más de 130.000 personas desaparecidas. Es aturdidor.

En estos días estoy leyendo el libro de Alma Delia Murillo, “Raíz que no desaparece”. En él narra los casos de madres que van a testificar a las fiscalías la aparición de sus hijos en sus sueños, en los cuales según ellas se les dice dónde pueden estar los cuerpos ocultados. En la novela se describe cómo en varios de estos casos las señales oníricas terminaron llevando a las autoridades a lugares donde se encontraban restos humanos. No sé cuánto de lo narrado sea real o ficción literaria, pero cuando uno se acerca a la experiencia de las madres que buscan esto suena muy posible.

El dolor de la ausencia forzada se manifiesta en la pregunta infinita: ¿Dónde están? Las personas ausentes están en los celulares, en los sueños, en las fichas, en las lonas, en los memoriales, en el grito de sus familias, en la voz que se alza haciendo re-aparecer lo que se oculta. No basta con recordarlos el 10 de mayo o el 30 de agosto. Si como sociedad queremos hacer frente a esta crisis debemos prestar atención a esas huellas de memoria, no esperar a tener una conversación obligatoriamente truncada para preocuparnos por lo que pasa. 

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