Ninjas

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La Gualdra 466 / Río de palabras

 

 

 

I

La mañana era húmeda, del sol apenas asomaban sus primeros rayos, los ruidos de metal comenzaban y, junto con las nubes cargadas y gruesas, como ya era costumbre, se dibujaba otra mañana gris, entre el polvo y los combustibles.

Minerva corría sobre el piso húmedo, esquivando las raíces de los árboles. Audífonos y celular con gps activados. Adivinando los recovecos y caminos por donde no se cruzara nadie.

Llevaba ya tres kilómetros, le faltaban dos para completar la mínima rutina del día. Si no salía a correr, se moría. La falta de luz, oxigenación y endorfinas en su cerebro habían hecho estragos en su cuerpo y en su ánimo, de por sí ya mermados por los últimos acontecimientos.

Minerva corría desde los trece años, cuando un profesor en la secundaria descubrió el talento que poseía para hacer carreras largas. Era dueña de una fuerza mental peculiar. Sus piernas largas y su torso angosto le ayudaban a deslizarse entre el viento y los obstáculos.

Cuando la eligieron en el equipo de atletismo su vida cambió, mejoró. Encontró un propósito. Ella, la menor de cuatro hermanos, su madre había muerto cuando apenas la vio nacer. El padre nunca regresó del otro lado. Su abuela materna los sacó adelante, como pudo.

Dedicarse a correr le ofreció la oportunidad de alejarse, al menos por temporadas, de los pisos de tierra, las paredes remendadas y los techos de lámina, construidos sobre lo que alguna vez habían sido vagones de tren, dos para ser exactos. Sus tres hermanos varones y ella compartían la vida en sendos despojos de metal.

La abuela, Candelaria, como pudo los fue mejorando, con muchos sacrificios logró que su nieta tuviera al menos unos centímetros de intimidad, rodeados por una cortina floreada de poliéster. La libertad está en tu pensamiento, así sean dos centímetros, siempre hay posibilidad para que vueles, tenlo siempre presente, le decía su abuela.

Correr hizo que sus alas crecieran. Sus centímetros de libertad se expandían cuando se ponía los tenis, los shorts, y salía del tren, de la mano del sol, a entrenar. Así pasó toda la secundaria. En la prepa ya era seleccionada del equipo juvenil del Estado de México. En la colonia, los vecinos de los vagones, le decían la Mine, la atleta, siempre con su pants tricolor. Pronto calificó a los Panamericanos.

 

II

Mientras corría, Minerva iba tejiendo recuerdos. Una parvada de drones oscureció aún más el cielo y la hizo voltear, lo que la llevó a una colisión que le revolvería un poco la tranquilidad.

—¡Hey, cuidado! —gritó Mine.

—Lo siento, perdón, no vi —respondió nervioso. Él. Un joven alto, alargado, tez morena, pelo largo y pants remendados—. No te vi… disculpa, creo ibas distraída.

—No importa, escuché una parvada y me desconcentré.

—Sí, pero no te asustes, esos no se detienen acá, van a hacia el centro de la ciudad a resguardar Palacio Nacional y las tiendas comerciales de aquel rumbo.

—Vienes seguido a correr, me imagino…

—Sí, aunque cambio las rutas. Es que, si no corro, me muero, me pongo mal.

—Te entiendo. Me llamo Mine. La Mine…

—Soy Ramón —la respuesta del joven llevándose una mano al lado izquierdo del corazón—. ¿Solo corres acá? Me avisaron que a veces abren unas estaciones de metro en la madrugada. Por veinte pesos, quienes están de guardia te dejan caminar a lo largo de las vías, supongo que te gusta mucho correr…

—Algo supe, yo me enteré de algunas plazas comerciales, pero ahí son cien pesos por persona, prefiero esto, tiene su encanto esquivar los filtros sanitarios, cada dos días los cambian de lugar. Hice un mapa, mira. Son cinco posibilidades de combinación, creo que tiene que ver con las conexiones a las cámaras.

—Vaya —exclamó Ramón sorprendido—, lo tienes todo calculado. Y ¿por qué no tienes pasaporte?

—Supongo que por la misma razón que todos, no alcancé vacuna a tiempo, me pusieron en la segunda tanda, por el maldito sorteo, y ya sabes, lo que no nos dijeron es que quienes salían sorteados para la segunda debían pagar el pasaporte mientras les aplicaban las vacunas. ¡Pura mierda! Toda la gente de mi colonia “salió sorteada” para la segunda tanda, o sea toda esa gente sin vacuna, toda la gente pobre quedó más jodida.

—Lo sé, en el gimnasio donde boxeaba, en Tepito, sucedió lo mismo. Solo muy pocos, con algunos sobornos y pistolas de por medio, alcanzaron vacuna y con ello el pasaporte de inmunidad. ¡Pura mierda! —repitió la voz de Mine el joven—. ¡Pero qué tal para reclutarnos a las brigadas!..

—En mi colonia nadie recibió vacuna, nos dejaron al último, sabían de antemano que la vacuna funcionaría y quienes no alcanzarían turno —exclamó Mine con amargura.

III

Las lágrimas se acumularon en los ojos de Mine al recordar a sus vecinas, con niños pequeños, suplicando por vacuna a los militares. Recordó los motines recién salieron los resultados del sorteo. Con el corazón partido albergaba en su memoria los sonidos de los tanques reprendiendo a quienes estaban en la calle sin pasaporte. Recordó a su hermano que no regresó, fue el primero que llevaron a las peceras. Recordó las maletas de sus dos hermanas que se fueron a las brigadas con la esperanza de ser vacunadas y de conseguir dosis para la abuela Candelaria y para ella, la Mine.

—Nos toca ser ninjas, Mine. Espero este lugar perdure, es poco ya lo que queda, sin tanta pendejada de parvada vigilando ¿Vives cerca?

—A unas cuadras, en la colonia de atrás —respondió.

—¿Sola?

—Con mi gata. Mi abuela falleció durante el primer brote. Mi hermano desapareció, violó el toque de queda, no tenía pasaporte y mis otros dos hermanos se metieron al ejército para ser parte de las brigadas. Hace un año de todo esto, no sé nada de ninguno.

—Una locura, mi esposa era enfermera. La enviaron al sureste. Un día dejó de escribirme. Supongo que le pasó lo que a toda esa pobre gente, lo mismo que a tu hermano.

—Sí. Vi fotos de las peceras.

—¿De verdad?, Dios, Mine, ¡qué horror!

—Creo hubiera preferido no verlas, pero al menos sé que mis hermanos no volverán.

—Solo nos queda ser ninjas y juntar fuerzas para terminar con esto. Memoriza: 8765-98, sector 7, por si necesitas algo… No dudes en decirme. De repente hacemos reuniones, esto no puede durar para siempre, no podemos permitírnoslo.

 

IV

El estruendo de una parvada interrumpió la conversación.

—Mierda, Mine, a esta hora no van pal centro, seguro es operativo, ¿sabes del algún atajo para llegar a tu casa?

—Sí, ya todo está medido, tengo spray anti-reflejante, ¿quieres?

—Consérvalo, es mejor irnos. Y recuerda, Mine, somos ninjas, indeseados y sobrantes.

 

V

Los jóvenes desaparecieron, como ninjas, evadiendo los drones y sus duelos. Se dirigieron hacia lados opuestos del parque boscoso, saltando, corriendo, casi volando.

Una parvada de drones oscureció aún más el cielo, al punto de anochecer el cuadrante. El sonido de los tanques acompañó lo gritos. Ruidos metálicos siguieron el vuelo de las máquinas. Minerva, la Mine, recordaría muy especialmente el grosor de los gritos de esa mañana de sopor.

 

 

o0o

* Maestra en Estudios Latinoamericanos y doctorante en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM. Esta es una de sus primeras narraciones literarias.

 

 

 

 

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