Lecciones de Kempis y Napoleón para hoy

Lecciones de Kempis y Napoleón para hoy

La gloria de este mundo es pasajera, dijo desde antiguo Tomás de Kempis. Estos atroces tiempos de pandemia exigen reflexionar en torno a esa frase.

Frivolidad, insolencia, individualismo patológico, indiferencia, campean muchas veces en las élites, a pesar de la tragedia sufrida por cientos de miles, de millones en el mundo: víctimas y deudos del virus, racismo, fanatismos, violencia, trato injusto al migrante pobre.

El sentido de humanidad está extraviado en general. El que prevalece en las élites doradas de ciertos países por regla, es el de cómoda arrogancia que consideran eterna. Olvidan la frase de Kempis y el ocaso de los hombres.

Hablemos un poco del gran corso, de Napoleón como lección de vida; de cuando su estrella fulgurante declinó después de la batalla de Waterloo. Derrotado, traicionado por el tenebroso Fouché, Napoleón se comportó como un “doctrino”, es decir, como un niño huérfano de pocos años. Él, en su papel, no de político genial en mañas, sino de soldado sin tacha, de caballero de honor, se entregó al enemigo inglés pensando que Inglaterra lo trataría con honor. Su pretensión era retirarse de toda vida pública y sentarse en el “hogar del pueblo británico”, bajo el cobijo de sus leyes, como Temístocles.

Torpe pensamiento ese del emperador en tratándose de Inglaterra y en general, del mundo. Los ingleses lo mandaron a la inhóspita, abrupta, sombría Santa Elena. “Un doctrino hubiera sido más hábil que yo”, decía Bonaparte ya cautivo en tal isla, “pequeña isla” como la describió proféticamente en sus cuadernos de colegial.

“Cara he pagado la opinión novelesca y caballeresca que de ustedes había concebido, señores ingleses”, dijo lastimeramente, el hijo de Leticia Ramolino, su amadísima madre. La gloria de este mundo es pasajera sin duda. Y sin embargo…

Causan estupor a las mentes pensantes, declaraciones de gente poderosa que se ha enfermado del covid-19 y soberbia. Como esas del trumpismo o de magnate mexicano afirmando, insolentemente, que su padecimiento fue del tamaño de una mera gripa, de un resfriado. Se curaron en tres o cuatro días, pero en los mejores hospitales y con tratamientos de primera clase -de costos elevadísimos. ¡Qué contraste ese con la infeliz suerte de las grandes mayorías condenadas a morir, en alto porcentaje, en caso de contagiarse!

O esas declaraciones de otro magnate, proponiendo que los mexicanos se jubilen a los 75 años, trabajando jornadas de más de ocho horas -sin tomar en cuenta que un sinnúmero tardan en llegar a sus trabajos hasta dos o tres horas, más las de regreso a sus hogares. Algo insólito en tiempos de desempleo, cierre de empresas, salarios infames, ausencia de apoyos gubernamentales tan necesarios para los micro y pequeños negocios, despidos mezquinos con fines de evitar antigüedad laboral de trabajadores, contratación por honorarios en los ámbitos privado y público para ruina del futuro del trabajador.

La insolencia de los pocos, la hibris o desmesura que tanto censuró la sabiduría griega, enseñoreando. Se creen dioses eternos esos amigos fieles de insolencia, de desmesura, en horas aciagas para la mayoría en los campos de salud y economía. Olvidan que polvo son y al mismo volverán como todos los mortales, pobres y ricos, sabios e ignorantes. Suerte esa de todos, suerte niveladora. Lo menos que se podría esperar sería un poco de sensibilidad, nada más. Ojalá se recuerde a Kempis y se lea la vida de Napoleón en su ocaso y se aprenda que la gloria humana pasa como sombra y que solamente la generosidad perdura.

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