Sobre verdad y mentira en sentido político

Sobre verdad y mentira en sentido político

Friedrich Nietzsche, en su breve opúsculo “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, asegura que: “El ser humano sólo quiere las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que conservan la vida; es indiferente al conocimiento puro y carente de consecuencias, y está hostilmente predispuesto contra las verdades que puedan ser perjudiciales y destructivas”. Parece decir que en los seres humanos existe una tendencia a argumentar con falacias, porque aceptar las consecuencias de una afirmación en función de intereses preconcebidos no tiene nada que ver con una inferencia correcta de premisas a conclusiones. Se conoce como “argumento ad consequentiam” y es un sofisma. A continuación, en el mismo escrito, sostiene que no hay manera de conocer la verdad de las cosas porque a ellas se tiene acceso a través de sensaciones subjetivas y metáforas. Y prosigue: “¿Qué es la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en una palabra, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente…las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son” Si es pura ilusión la verdad no hay sofisma posible, cualquier inferencia resultará arbitraria. De nadie podrá decirse que razona mal, o que miente. Se abre el espacio del posmodernismo, de las mentalidades y las ideologías, de los “otros datos”. ¿Cuál es la relevancia de un pensamiento que nulifica el criterio de la verdad como medio de decisión respecto a los acontecimientos? Tratemos de encontrarla. Jorge Volpi, en un artículo del diario “Reforma” (“La catástrofe” 22/08/2020), recordó que las autoridades sanitarias federales habían denominado “catastrófico” un escenario de pandemia con 60 mil decesos. También escribió: “Hoy es obvio que esas medidas han sido equivocas e insuficientes: la terquedad del presidente en minimizar la pandemia y afirmar una y otra vez, mendazmente, que el problema ya ha sido domado; y un vertiginoso desconfinamiento que no ha venido acompañado por un incremento en el número de pruebas o el seguimiento de los contagios”. Por su parte, en el número de octubre de 2020 de Nexos, Julio Frenk pasó revista de los que él considera son los errores clave en el manejo de la pandemia: rechazo de la evidencia científica, desmantelamiento del sistema de salud, incapacidad para suministrar las medicinas, minimización del problema. Menciona incluso la presencia, en México, de una epidemia de sarampión; enfermedad controlada durante el periodo neoliberal. Desde el gobierno de la república se manejan otros datos, se tiene otra mentalidad, incluso quizá haya una “lógica otra” respecto a los críticos neoliberales. ¿Dónde está la verdad? ¿Cómo se puede decidir entre las versiones encontradas? Si seguimos el pensamiento profundo, abismal, de los epígonos del pensador de Sils-María sin duda caemos en un hondo agujero. No hay verdad, no existe, por ende, medio alguno de decidir cuál versión es la correcta respecto a ningún tema. Lo mejor que puede haber es respeto por las opiniones contrarias, lo que hay casi siempre es desdén porque las decisiones se toman desde el poder. Tornar equivalentes todos los discursos dentro de una sociedad democrática es minarla porque reduce los procedimientos de decisión a las consultas y al autoritarismo. Veamos otros ejemplos. ¿Se debe utilizar el cubrebocas o barbijo? ¿se debe incrementar el número de pruebas? Decidir la primera cuestión exigiría, si se rechazan los argumentos posmodernos, el diseño de experimentos para determinar el nivel de protección proporcionado por las caretas. De la misma manera, establecer la utilidad de la detección de contagiados depende de un diseño capaz de utilizar esa información. Por el contrario, si se acepta el pensar “abismal”, cualquier experimento o diseño es pura metáfora, subjetividad, porque esas técnicas no pueden determinar ningún rasgo de la realidad allende los intereses grupales, así que “todo vale”. Quien crea a la ciencia capaz de determinar características de la realidad encontrará en el posmodernismo, las mentalidades y las iluminaciones poéticas un adversario. Más aún: notará el peligro que para las libertades entrañan esas posturas. Toda Constitución de una sociedad tiene dos aspectos: el jurídico-garantista y el político-democrático. Ya José Antonio Aguilar Rivera, en su “La geometría y el mito” (FCE, 2010), indicó que la construcción de los andamiajes constitucionales de México estuvieron concentrados, a lo largo del siglo XIX y otro tanto del XX, en el diseño de constituciones, es decir, en los aspectos jurídico-garantistas de la limitación del poder. Correspondió al siglo XX a la segunda mitad del siglo XX inaugurar, de manera cruda e ingenua en 1968, la crítica al monolito del Estado. Es decir, construir una reflexión acerca de las limitaciones políticas y democráticas que deben colocarse al aparato estatal para garantizar las libertades de los ciudadanos. En particular los derechos individuales, cuyos ejemplos son, entre otros, la libertad de expresión, culto, residencia, circulación etcétera, que en una sociedad cuyas autoridades están obsesionadas con los “derechos sociales” quedan a la deriva o no se garantiza su ejercicio. Aquí cabe recordar que la ciencia pretende un conocimiento no limitado, ni legitimado, por la voluntad popular, sino por la suposición de la existencia de una realidad objetiva independiente de los deseos humanos. Esto choca a la mentalidad autoritaria, cuya racionalidad es la falacia, la mentira o el terror. ■

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