Hacer mayores mis contadas alegrías…

Hacer mayores mis contadas alegrías…

La Gualdra 442 / Libros

 

Esta es una novela dolorosa. Yo no solo soy cubano, sino
seriamente alérgico a todo alimento que contenga huevo, el gran
salvavidas en tiempos de escasez, lo que significa que, si el
compatriota promedio pasó hambre en los años duros de 1991 a
1995, yo pasé tres veces más hambre que él. Por otra parte, abrigo
una prevención automática contra los frecuentes intentos de reducir
Cuba a ese período, de asumir que siempre hemos estado así, que
en 1993 todos comíamos bistec de cáscara de toronja o de frazada
de piso y criábamos un cerdo en la bañera… y que hoy lo seguimos
haciendo. Así, una novela centrada en esa época, y narrada además
por una extraña, parecía condenada a no gustarme. No fue el caso.

Un lugar sin alegría es una historia no menos táctil y sonora
que visual. La fascinación de la autora por los detalles, por las sutiles
evocaciones que en ella provoca el enfrentamiento a los objetos
cotidianos de un entorno que no es -pero es un poco, y termina
siendo más- el suyo, trasciende el mero relato de las peripecias del
aventurero en la Isla y se convierte en sendero al
autorreconocimiento, a la purificación. La Isla, metáfora en sí misma
del sistema cerrado y más o menos autónomo, deviene aquí
continuo disparador de sensaciones que la protagonista relaciona
con su infancia, con sus vivencias en una realidad que ha
abandonado huyendo de un desengaño amoroso y la obsesión
consecuente. Lejos de observar en torno con la arrogancia del turista gringo, la chica de la novela se adapta, sobrevive, asimila; las
circunstancias extremas, la constante mortificación obran en ella un
efecto parecido al que obtiene el yoga con la meditación y las
asanas. Y ahí, en tan enrarecida atmósfera, encuentra la familia, la
amistad y el amor. O, por lo menos, cierta variedad de tales cosas.

El derrumbe del campo socialista a partir de 1989 dejó a Cuba,
decimos acá, como al pintor colgando de la brocha: de un día para
otro la nación caribeña tuvo que reinventarse, el gobierno debió, a la
guisa del chico de barrio cuya pandilla se disuelve, buscar nuevos
socios y cómplices económicos y políticos, asumir el deber de
alimentar de alguna manera a la ciudadanía y mantener lo esencial
de los servicios básicos tras esfumarse más del noventa por ciento
de sus importaciones. Lo logró, hasta cierto punto, pero el precio
fueron cuatro o cinco años de hambre generalizada, cortes de
electricidad diarios y tan dilatados que empezó a hablarse, no de
apagones, sino de eventuales alumbrones, ausencia casi total de
transporte público, brotes de enfermedades y otras lindezas. Como
es de suponer, el flujo migratorio de Cuba, no ya a los Estados
Unidos sino adonde fuera posible, se decuplicó en esos años: el
ciudadano corriente solo veía futuro en ultramar.

Según avanza su relato, Gabriela Mier nos lleva más allá del
océano. No quiero sembrar un spoiler, así que sólo diré que la
esperanza de hallar una mejor vida, y de ser posible un sentido a la
existencia en tierras lejanas no siempre es coronado por el éxito. La
protagonista lo encuentra en Cuba, los cubanos no necesariamente
lo encuentran afuera. Demasiado a menudo la nostalgia y la soledad
son subestimados como meros daños colaterales. Estar rodeado por la abundancia económica no trae forzosamente la alegría. El frío
tampoco.

Desde el punto de vista formal, la novela es un dilatado
monólogo con pocos diálogos cabales, incorporados por demás al
cuerpo del relato sin el auxilio de rayas introductorias. Todo el
tiempo se tiene la impresión de que no sucede nada, de que nos
enfrentamos a un testimonio objetivo sin mayor contenido dramático
que el que emana de la realidad descrita, cuando en verdad pasa
todo lo contrario: los personajes se van instaurando y haciendo sus
movidas sin prisa, pero con lógica, o al menos con un habilidoso
remedo de aquella. El menos comprensible tal vez sea la misma
protagonista, porque elude temas delicados como, por ejemplo, qué
hace allí (algo que constantemente le preguntan) o por qué sigue a
Luka en lugar de llevárselo con ella. Gabriela es hábil porque teje la
novela frente a nuestros ojos y no la vemos enhebrar los hilos. Por
demás, los caracteres son inolvidables, incluso los episódicos: el
iraní que juega obsesivamente al tenis de mesa […some dance to
forget, dirían los Eagles], la funcionaria rosada y gorda, la camarera
del Centro Vasco… Y hay algo cinematográfico en el ritmo y la
minuciosidad del relato, como de película europea o asiática de esas
que arrasan en festivales. Autenticidad, esa es una buena palabra
para describir la sensación que trasuda la novela: después de tantos
relatos literarios y cinematográficos con una mirada externa a la
realidad cubana que la reduce y simplifica a un puñado de clichés, la
Cuba de Gabriela, la que ella habitó realmente en ese periodo, es la
Cuba que yo conozco, que viví y que vivo. O, por lo menos, una
parte de ella.

Por fortuna, no todos los cubanos emigramos durante esos
años oscuros. Vale, algunos emigraron después, pero otros no lo
hicimos en absoluto. El país se recompuso, llegando a alcanzar una
estabilidad y nivel de vida notables… que la jodida pandemia que
azota el mundo ha vuelto a destruir, aunque la situación (como diría
Gabriela, con razón, que decimos nosotros) no ha llegado todavía a
la gravedad que caracterizó a la primera mitad de los noventa. Aquí
seguimos, y no nos hace mucha gracia evocar aquel período terrible,
pero al mismo tiempo no tenemos derecho a olvidarlo. Gabriela no lo
permitiría.

***
Mier Martínez, Gabriela, Un lugar sin alegría, México, Ficticia, 2016. 144 pp.
Biblioteca de Novela Contemporánea. ISBN: 9786075210636

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