Gobierno abierto, en serio (primera parte)

Gobierno abierto, en serio (primera parte)

Somos parte de una revolución política y social sin precedentes en el mundo. La información viaja y se transmite más rápido que nunca antes. Las instituciones, en sus modelos originales, han resultado insuficientes para hacer frente a los retos que enfrenta una sociedad que esta interconectada como nunca. Los discursos, estilos, formas, y dinámicas políticas se convulsionan buscando alternativas para no perder la credibilidad que tuvieron. Los partidos políticos tradicionales ven diezmados sus números, sin encontrar las estrategias para evitarlo. Los gobiernos pierden la confianza en horas y los actores políticos se relevan unos a otros en búsqueda de lograr acaparar el liderazgo. Frente a ello, la sociedad civil, organizada y no (de hecho, mayoritariamente lo segundo), observa con incredulidad, los mensajes, las acciones, políticas y decisiones públicas, en búsqueda de razones que se acerquen a la certeza, en medio de tanta incertidumbre, pero los políticos tradicionales son incapaces de entenderse sin sus ensayadas formas, la seguridad del poder y la palabra acartonada. Frente a ello, han surgido las opciones que simplifican la compleja situación por la que atraviesa el Estado, y buscan el aplauso fácil, aunque sea pasajero. Se les ha adjetivado como populistas. Abarcan todo el espectro ideológico, porque en realidad sus posiciones no descansan en ningún sistema de principios, sino en las encuestas.

De todo ello se ha inculpado, de manera redundante y acaso en búsqueda de expiaciones históricas, a la democracia, como sistema colectivo de organización política y social, atendiendo a ésta como si fuera un recetario, cuyas fórmulas debieran mantenerse intocables, cuándo la democracia es un conjunto de principios, que debieran convertirse en criterios para la acción pública y responsabilidad común. No es “la democracia”, sino estos “demócratas”, el problema. La democracia como sistema de valores, no contempla, aunque su vicio así lo parezca, la concentración de las decisiones, por el contrario, en su ADN está el combate a la concentración del poder, cuya máxima expresión es justo aquélla.

Ante tal escenario, gobernantes, funcionarios, políticos y ciudadanos (colectiva o individualmente) tienen frente a sí un reto mayúsculo: lograr juntos, las estrategias que permitan al Estado, conservar los dos baluartes sobre los que se sostiene en la democracia: eficiencia y legitimidad. Aunque la descripción anterior parece ser clara, no hay que obviar que no se trata solo del Poder Ejecutivo, ni basta con agregar a lo anterior al Legislativo o el Judicial. A donde quiera que volteemos, hay instituciones cuya confianza no alcanza mayorías para legitimar sus acciones y volverse brújula en la vida pública. Los fenómenos de corrupción, desigualdad e inseguridad (y violencia, por supuesto), golpean a todos los elementos del Estado, en sentido amplio.

La solución acaso está en el núcleo del problema mismo: la sociedad como destinatario de toda acción del Estado. Es ahí donde podemos encontrar la respuesta a esta crisis.

Lo es así, porque volviendo a un criterio básico: en una democracia el cargo más importante, es el cargo de ciudadano (Louis Brandeis, citado por Obama en su libro “La audacia de la esperanza”). No ya más tiempo, ni parece haber más oportunidades, para hacerlo efectivo, hay que poner al ciudadano en el centro de la perspectiva, en la acción del Estado, en las decisiones y políticas públicas, en la comunicación. El ciudadano como eje de lo público, en clave de agente, de sujeto activo de la problematización y las soluciones, no solo como sujeto receptor de la acción y decisión estatal.

La alternativa del “Gobierno Abierto”, es una opción, que ajustada a las realidades de cada región, puede convertirse en la estrategia que dé respuesta a estas ideas, bajo cinco premisas fundamentales. Las primero cuatro premisas ya son conocidas: transparencia, uso de las tecnologías de la información, participación y colaboración. Dado que en materia de participación, la pobreza de tiempo es uno de sus principales obstáculos, y en cuanto al uso de las tecnologías de la información, la desigualdad en el acceso de éstas, también es aún un reto por superar en muchas latitudes, es importante agregar la quinto eje de acción para que la apertura del Estado vaya en serio: hay que desplegar en el territorio, al gobierno (Estado), en búsqueda de la plaza pública, para la formación de ciudadanía, el diálogo y la implementación de una efectiva política de apertura institucional. De esta idea, daremos cuenta en la próxima entrega.

@CarlosETorres_

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