Espanto

Espanto

“No leemos porque el precio de los libros es muy caro” comentó arrobado el gerente del Fondo de Cultura Económica (FCE), Francisco Taibo II, en Mocorito, Sinaloa, según nos informa “El Universal” del 27/01/19. Añadió: “vamos a hacer libros baratísimos, vamos a regalar libros. Y no sólo eso, vamos a forzar a que el conjunto de la industria editorial baje sus precios, coeditando con ellos, sustituyendo importaciones”. Poco después el director de la biblioteca Vasconcelos, Daniel Goldin, renuncia por desacuerdos con el manejo de personal (El Universal, 02/02/19). Hay quienes aseguran que fue despedido (Milenio, 02/02/19, con mensajes de Julio Patán, Marisol Schulz, Martín Solares). ¿Cómo se enlazan estos dos hechos? Por el aire de paradoja que exhala de ellos si se les ve simultáneamente: por un lado, se lanza una agresiva campaña de fomento a la lectura fincada en falsas hipótesis y por otro se retira un conocido promotor de los libros que en 2006 declaró: “Con poca eficacia nos hemos llenado la boca con lemas altisonantes sobre el valor de la lectura y los libros. En el mejor de los casos sirven para reforzar la sacralización de los libros, no su posible apropiación” y abundó: “Nadie puede convencer a otro del valor de la lectura con discursos, para valorarla es indispensable tener una experiencia de lectura real. Más que el precio e incluso su capacidad económica lo que determina que alguien compre o no libros es la calidad y hondura de esa experiencia” (Letras Libres (2006) diciembre). En un artículo previó reflexionó sobre el reparto de libros por parte del Estado mexicano: “No hay ningún país que lo iguale en Iberoamérica ni probablemente en el mundo: más de cinco mil millones de libros repartidos gratuitamente, la edificación y aprovisionamiento de 7,200 bibliotecas, más de 5,900 salas de lectura, incontables coediciones, ferias y becas a escritores” (Letras Libres (2006) octubre). Estecomentario fue parte de la defensa de un artículo de la Ley para el fomento del libro y la lectura que contenía la propuesta de precio único del libro, vetada por Vicente Fox con argumentos falaces. Con un precio uniforme a lo largo de toda la república para los libros se intentó evitar la concentración de la oferta en los grandes centros urbanos. La tesis de fondo, sin embrago, es que las campañas de promoción tienen por fin crear el gusto por la lectura, pero para ello se requiere no sólo regalar libros, sino permitir que exista en cada localidad del país una oferta amplia de títulos para que los nuevos lectores puedan proseguir su hábito en el mercado editorial. Sin él no existe continuidad de los lectores. Tampoco se entiende que los lectores pueden crear sus propios mercados de libros sin ayuda estatal como parte del proceso de fabricación de la sociedad porque la sinergia entre la verticalidad del Estado y la espontaneidad del mercado es la fuerza mayor de la transformación social.Podemos conjeturar que sin un mercado de libros extenso y funcional las estrategias de creación de lectores van al fracaso, y sería mejor abolirlas. Se puede creer que la “sustitución de importaciones” que anuncia el gerente del FCE apunta en esa dirección, pero la política económica general del gobierno de la cuarta transformación no indica nada de eso. Un análisis del paquete económico no muestra un regreso a la política de los años del “desarrollo estabilizador” (véase Marco Provencio “El paquete económico 2019”, Este País, febrero) ¡y que bueno!, así que las palabras del gerente son, por lo pronto, metafóricas. ¿Triunfará la estrategia de lectura?, quizá debamos enfocar las cosas desde otro escorzo. Para ello acudimos al libro “La filosofía en México en el siglo XX” de Gustavo Leyva (Cultura/FCE, 2018) que nos permite tener presente que el positivismo mexicano, soporte intelectual del régimen de Porfirio Díaz, apareció como respuesta al ambiente convulsionado del siglo XIX junto a promesas de mayor crecimiento económico y paz duradera. Sabemos que la crítica filosófica de esa solución y ese régimen por Francisco I. Madero inicia con su libro “La sucesión presidencial de 1910” y se continua en la obra de Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Antonio Caso, todos ellos lectores voraces de libros, para concluir en la violencia de la revolución mexicana. Uno de los puntos clave de esa crítica era el “materialismo” predicado por el régimen, la ausencia de espiritualidad y la certeza que el porfiriato era “el mejor de los gobiernos posibles”. En ese mundo asfixiante, enrarecido por determinismos insuperables, esos hombres supieron proponer una salida, pergeñada a partir de la lectura atenta de su circunstancia y el dialogo constante con los muertos. Los libros traídos de Francia e Inglaterra, los tomos que contenían las doctrinas de Comte y Spencer, permitieronimaginar la dictadura de Porfirio Díaz, mientras que los libros de espiritismo de Allan Kardec, los sofismas de Nietzsche, el voluntarismo de Schopenhauer, sugerían la presencia de otro mundo en este mundo: uno que podía surgir si el empeño era mucho. Por eso es mejor para los gobiernos que no se lea y se tenga repugnancia por los libros: la ausencia de ideas ajenas a las de los funcionarios públicos siempre es una buena estrategia de estabilidad política. ■

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