La toma de Zacatecas: entre los rituales y la esperanza ciega

La toma de Zacatecas: entre los rituales y la esperanza ciega
  • Historia y Poder

Que el prestigioso arqueólogo y escritor alemán Barón de Humboldt publicara sobre Zacatecas y sus enormes portentos hacia 1822 en sus libros de Paris, sólo confirma que nuestro Estado es famoso a nivel mundial por lo grandioso de sus minas, su gente limpia, sus hechos militares asombrosamente espectaculares, la aportación al mundo de los sueños reales.

1914: todos los pánicos estaban abarrotados en perseguir o ser perseguidos y los resultados, como quiera se deba ver, fueron desastrosos, pues las hambrunas, las epidemias, la zozobra política, la imposición y el desorden siguieron la vía natural del desencanto y la insuperable condición bajuna de quien mata a un ser humano, de quien lo sepulta sin ningún honor o misal eterno.

En la ceremonia que en días pasados aconteció en el cerro de La Bufa en el Mausoleo de las Personas Ilustres Zacatecanas, con motivo del depósito de los restos fúnebres de la maestra Beatriz González Ortega Ferniza y del militar Pedro Caloca,  delante de todos los funcionarios de primerísimo nivel, los discursos fueron  anti Villistas, pues se quiso ponderar  que el valor indiscutible de la maestra se impuso a toda costa para evitar la masacre de los heridos de guerra que estaban a su resguardo y se criticó “la sed de sangre de Pancho Villa y de su incesante afán de venganza” contra aquellos que estaban en su lecho de sangre.

Pero la realidad se impuso en ese acontecimiento: los desmanes sucedieron, sin control alguno, y aunque la ilustre maestra zacatecana protestó aun a costa de ser seriamente amenazada de  fusilarla-hecho que la salvó casi por milagro pues Villa se enteró  ya a punto de ser fusilada que era descendiente directa del general Jesús González Ortega, revocando su decisión- las masacres acontecieron: en medio de gritos, berridos de dolor y el espanto de enfermeras y familiares, fueron acuchillados y martirizados aún más los sobrevivientes de la cruenta batalla que horas antes había culminado y ni mantas ni súplicas lo impidieron: fueron ríos de sangre lo que siguieron corriendo, literalmente.

El Barón de Humboldt en sus correrías por todo el continente americano quedó fascinado por nuestro Zacatecas de hace 210 años: 156 mil 309 habitantes, su territorio parecido a Suiza en su extensión y “en varios aspectos geológicos”, y el número de sus habitantes a la altura de los de Suecia, montañas de Plata pura en Sombrerete hasta de 30 metros  “al hilo” y “la mayor riqueza en minas que jamás se ha visto en ambos hemisferios”. Y el “paraje más célebre de la Nueva España”

Muchos de los asesinados y heridos de muerte en el improvisado hospital que la Cruz Roja zacatecana y la maestra Beatriz, fueron ejecutados por el afán de venganza de algunos villistas descontrolados, no por una orden directa de Felipe Ángeles o del mismo Doroteo Arango, por el contrario, ambos castigaron duramente los desmanes y las ejecuciones extrajudiciales, no por ello fueron complacientes o ignorantes y aunque la ciudad reinaba en el caos controlado para el enterramiento o exterminio de los cadáveres, estos se acumulaban aún más por la tifoidea, el suicidio, los paredones improvisados.

Rituales por todos lados: desde la juramentación de civiles y de tropas de evitar saqueos y restablecer el orden, hasta los rituales de venganza de los ricos y hacendados perseguidos y saqueados por una revolución que no tenía claros sus propósitos sino que en Aguascalientes se definieran las líneas a seguir:  quien sabe qué querían y solo hay un hecho insobornable, el pueblo sigue más o peor de desprotegido, lleno de achaques, harto de crímenes, extorsiones, falsos profetas, iracundos desechables.

La singularidad que ha tenido Zacatecas en el ámbito nacional -ampliamente comentado por el Alemán Alejandro Humboldt -hizo que surgieran hombres de singular catadura: Pánfilo Natera García (clave personal  9 en la numerología Argentina: suele deparar asuntos amorosos desafortunados, sensación de frustración, pudo ser afecto a lo religioso) y con sus 19 letras, el ciclo de las mismas supone:” Gran felicidad. Triunfo.  Dinero. Amor y popularidad” y vaya que lo logró, flaco y delgado en extremo, se dice traía su sombrero de gamuza “lleno de afiches y de imágenes religiosas” que lo acompañaban para librar los muchos peligros que logró sortear en verdaderas aventuras revolucionarias que por poco y le costaba la vida desde muy joven.

Su historial es en verdad singular en la Toma de Zacatecas por su arrojo y sus ganas de cumplir con sus cometidos y tareas urgentes de limpiar en su patria chica a tanto integrante de un Ejército Federal que se apostaba en la ciudad en medio del vicio, el amedrentamiento a la población civil, los impuestos de guerra, la violación de prostitutas, pero lo más radical estaba por venir: irrumpir en la escena nacional acabándolo tangencial y radicalmente, ejemplo global que le diera fuerza a sus guerrillas y pavor a sus contrarios. Finalmente murió a los 70 años, lleno de cicatrices y un largo historial que sus descendientes jamás olvidarán.

Una esperanza ciega: decía un lema de una publicación obrera  zacatecana a fines de 1870 lo siguiente: “El yunque más golpeado está más limpio” y esa era en muchas ocasiones la suerte del zacatecano y del mexicano en general: mientras más hubiere la explotación, el saqueo, la guerra y sus estruendos de las miserias, más el pueblo tendría motivos nuevos para luchar y tener un día un país libre de egoísmos, clases sociales, opresión entre hermanos, guerras fratricidas, tomas u ocupaciones. O sea: un mundo nuevo tan utópico como atípico.

Lo atípico: en Zacatecas nacieron hombres y mujeres dispuestos siempre a deslumbrar la escena nacional de las armas y el combate de las ideas y sus más de 13 mil indígenas que actualmente cohabitan en su escena parlan el tepehuano, el náhuatl, huichol, chinanteco, tarahumara y zapoteco y hacen poesía y canciones y relatos en una oralidad que trasciende los siglos y el entendimiento  popular: pretenden su espacio.

En medio de la Hecatombe del martes 23 de junio de 1914, de las 10 de la mañana a las 6 de la tarde y en cuyo  recinto la ciudad heroica de Zacatecas resistió el tronido de más de 10 millones de balas, muchos indígenas fueron sorprendidos sin siquiera saber porqué acontecían tales tumultos pues en su lengua originaria no se explicaban quienes eran unos y otros y muchos fueron arrasados por lo difícil de la situación en la que había escasez de alimentos y de agua, confusión por todas partes, dolor y espanto por la escena desgarradora.

Lo peor estaba por venir: nadie debía salir de sus casas y nadie debía estar en ellas, pues los cateos y saqueos estaban a la orden del día; numerosas crónicas atestiguaron el horror de los fusilamientos, los sacerdotes a la cabeza de su obispo Miguel de la Mora trataban de mitigar con oraciones lo difícil de la situación, y aunque las Leyes de Reforma estaban vigentes y se les impedía una abierta participación social o política, muchos fueron objeto de maltratos, golpizas y fusilamientos, secuestros, insultos y la ciudad se erigió una vez más en medio de los olores nauseabundos de los cuerpos en descomposición, enterramientos masivos en fosas comunes, hogueras y el largo etcétera sin conducta civil ni mucho menos eclesiástica.

Se lanzaron al abismo: la recomposición de la vida civil ordinaria tardaría años en tener el portal que le diera paz a los hogares y el trabajo tan esperado, es así que se sucedieron epidemias, robos, salteadores de caminos buscando armas o alimentos, los sobrevivientes del ejército federal huían despavoridos, ya miles de sus compañeros habían sido aniquilados en la huida azarosa y los que sobrevivían buscaban afanosos la ropa civil que los confundiera, mas de 2 mil detenidos se desconoció de su suerte, muchos fueron anexados a la fuerzas Villistas,  el más inverosímil, el atacante número uno: el general Benjamín Argumedo, que poco antes había huido vestido de charro negro –de mujer, dicen otras versiones-dejando a su tropa federal en el abandono con su actitud cobarde y cicatera, logró reunir a 300 hombres para en medio del desastre  y solo 90 llegarían a Aguascalientes heridos, hambrientos, maltratados.

Argumedo fue el promotor de la muerte de más de 300 chinos en Torreón  en donde una carnicería se desató contra ellos y con la única justificación de que uno de ellos se había defendido disparando contra las huestes de Argumedo .Figura central de “la defensa de Torreón y Zacatecas, el que “nunca tenía miedo” el famoso “león de la laguna,” fue fusilado el primero de marzo de 1916 a los 40 años de edad en la ciudad de Durango. Los zacatecanos nunca olvidaron su figura indígena, su afán anti villista y anti Maderista.

La Unión Progresista de Obreros Panaderos de Zacatecas hacia 1917 era ya un hecho que se preocupaba no solo por la defensa de su salario y de las condiciones de vida, sino por una “alimentación sana y barata para el pueblo”  por lo que se esmeraban en su decálogo interno en apoyar siempre las causas justas de sus hermanos de clase y en contra del “acaparamiento y el desabasto” y es que cuando aconteció la Toma de Zacatecas , muchos obreros tahoneros fueron detenidos, despedidos, rebaja de salario y amedrentamiento a su dignidad.

En medio de las confusiones, solo los revolucionarios podían saquear el patrimonio público, es así que casi todas las oficinas del Monte de Piedad en nuestra ciudad y en la de Guadalupe fueron despojadas durante los días en que la hecatombe se ciñó sobre nuestro cielo, muchas de las joyas fueron a parar a las ciudades de Aguascalientes donde seguía la argucia y la atención nacional.

La turbación de las almas, el penar incesante en todos los mundos posibles, ya por los males que se hicieron en la vida terrenal, las deudas fraternas por pagar, los crímenes de odio por  aclarar, es un hecho consumado en la historia de la humanidad y fuera de religiones o de creencias, durante años el habla popular zacatecana veía “fantasmas” en medio de los ayes de dolor y angustia, poco después de junio de 1914 surgieron leyendas, historias orales, cuentos y hasta guiones de cine de tal magnitud aterradora “de bultos negros que pasan las paredes” o “de almas en pena que claman justicia”, la llorona, el espíritu de Pascual Magallanes, la rielera trashumante y un etcétera que huele a lo increíble o verdadero.

Lo cierto es que no fue por los azares del destino que nuestra patria chica fuera el escenario de La Toma si no que el carácter social y político del atrabiliario y avieso gobernador de la época Luis Medina Barrón  ,que  era pieza clave en  el ejército Huertista en retirada desde Ciudad Juárez y hasta al pie de nuestras montañas milenarias, se empeñó en que nuestra ciudad fuese el lugar ideal “para acabar con los villistas-carranzistas” en un Zacatecas que se había convertido en “la llave del corazón de la República”.

El barón de Humboldt finalmente integró una visión para ver a Zacatecas desde los mundos lejanos, dándole señal a los aventureros y capitalistas para acudir ante la majestuosidad de sus minas y las condiciones de esclavismo que permearon y articularon la protección al saqueo, al pudor de los ricos, al encono entre hermanos de la misma gleba, al asqueo del déspota a la hora de ordenar patíbulos y horcas.

A 100 años de tan significativa odisea de los mexicanos, uno y otros, estarán pues en la memoria que no olvida y en la enseñanza que queda como huella y costra, herida y cicatriz, hecho histórico martirizado en un Zacatecas que jamás volverá a ser el mismo. ■

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