Amanecer en Morelia. Así han transcurrido los últimos días para mí en una ciudad que tiene la catedral más alta de todo el país, un extraordinario clima, delicioso café y las vísperas de una marcha del orgullo que apunta a concentrar a más de cuarenta colectivos. En ese sentido me propongo relatar sobre las disidencias sexuales, porque estar acá sirve como un recordatorio del valor de las causas humanas para alcanzar la dignidad. Debo reconocer un debate que se ha generado al interior de los liderazgos sexodiversos de Zacatecas sobre una callejoneada convocada desde el ayuntamiento de la capital, debate que pone en tensión la necesidad de separar la lucha social del Estado. ¿Cuál es la línea que debe marcar la distancia necesaria entre la autonomía de las poblaciones LGBT+ y su inserción en las agendas políticas de quienes hoy gobiernan desde trincheras varias?
Existe una respuesta en potencia desde el pensamiento de la filósofa Nancy Fraser, quien ha advertido sobre los peligros de que los movimientos emancipatorios, las luchas con causas como la LBGT+, sean absorbidos por el poder institucional. Fraser acuñó el término “neoliberalismo progresista” para describir ese fenómeno donde los gobiernos se colocan una máscara de diversidad y reconocimiento cultural, mientras mantienen intactas las estructuras económicas que precarizan a esas mismas poblaciones. El riesgo de diluir la frontera entre la causa y el aparato estatal es alto; que el orgullo se traduzca en una mera cuota de representación o en una foto de campaña, pero vacía de contenido para la demanda de una verdadera justicia social.
Encontrar este equilibrio no implica una ruptura absoluta ni una condena al diálogo; por el contrario, la inserción en los espacios institucionales representa una conquista histórica innegable para el acceso a derechos. Sin embargo, el desafío radica en habitar esos espacios sin perder la capacidad de autocrítica ni renunciar a la autonomía. La participación política y la colaboración con el Estado son herramientas potentes para incidir en la realidad, pero solo funcionan como avances reales si los colectivos logran mantenerse como un contrapeso independiente y vigilante. Preservar esa distancia crítica es lo que permite que las demandas de las poblaciones LGBT+ conserven su fuerza transformadora, evitando que la institucionalización termine por adormecer la urgencia de sus causas.
Ante el panorama electoral que se avecina, hay una urgencia de primer orden, la de mantenerse alerta y blindar las causas colectivas frente a la tentación del protagonismo individual, cuidando que la vanidad de los egos no ceda ante caricias políticas calculadas que fragmentan la credibilidad de los movimientos. La cooptación institucional suele comenzar de forma sutil, transformando liderazgos críticos en aliados complacientes a cambio de legitimidad efímera o capital político personal. Mantener la mirada fija en las demandas estructurales, y no en las promesas de la contienda en turno, es lo único que garantiza que las poblaciones disidentes sigan siendo sujetas de su propia historia y no mercancía de cambio en la próxima temporada de urnas.
Por ello, resulta vital que las poblaciones sexodiversas, particularmente en Zacatecas, lean, se informen y asuman una postura rigurosa frente a su propia realidad. Hoy más que nunca es necesario y urgente superar la frivolidad de lo que Michel Foucault llamaba “la utopía de los cuerpos”, esa inercia contemporánea que reduce la disidencia a una mera mercantilización estética y superficial en las vitrinas de las redes sociales. Cuando la identidad se limita al consumo visual o al aplauso digital, se vuelve inofensiva para el poder. El conocimiento y un verdadero atravesamiento de este son los únicos vehículos capaces de liberar las mentes; solo la formación intelectual y la memoria histórica devuelven el filo crítico necesario para no sucumbir ante los espejismos planteados por la coyuntura política.
El debate de fondo, entonces, se materializa en dilemas muy concretos para nuestra comunidad: ¿hacer o no callejoneadas organizadas por el ayuntamiento?, ¿integrar o no los logotipos gubernamentales en los carteles de la marcha del orgullo de Zacatecas? ¿Es esto una alianza estratégica, un avance histórico o un mero lavado de imagen institucional? ¿Qué tanto aporta realmente el Estado y qué tanto es solo la simulación de un status quo imaginario? Considero que la respuesta no es el boicot ni el aislamiento; hay que asistir a todo lo que se realice y disfrutarlo plenamente, pero asistiendo con conciencia. Una conciencia de clase, de género, política y social. Debemos recordar que no somos mercancía electoral, que la lucha va mucho más allá de un simplista “amor es amor”, y que la inclusión de ese “todes” muchas veces es una ilusión que solo abraza a “algunes”. Se trata de ocupar el espacio público con alegría, sí, pero también con la convicción colectiva y el conocimiento necesarios para dinamitar las prácticas nocivas desde su propia raíz.
Este 2026 se perfila como un año de oportunidades personales que me permitirá caminar y atestiguar las marchas del orgullo en Morelia, en la Ciudad de México y en mi tierra zacatecana. Sin embargo, el paisaje en todas ellas comparte una constante: se respira una profunda zozobra y desconfianza frente al centralismo de estos movimientos y su vínculo cada vez más estrecho con las estructuras gubernamentales. Esta cercanía ha provocado tensiones tan profundas que hoy vemos emerger alternativas denominadas contramarchas; expresiones disidentes (dentro de las disidencias) que critican y cuestionan abiertamente el trabajo de los colectivos tradicionales. ¿Qué está ocurriendo realmente en nuestras filas?
La desconexión entre el éxito político y el bienestar real encuentra una explicación dolorosa en el periodismo de investigación. En 2017, Michael Hobbes publicó en el Huffington Post un texto clave titulado “La epidemia de soledad gay”. Hobbes advertía que, si bien en muchas partes del mundo se han alcanzado logros históricos como el matrimonio igualitario, el cupo laboral trans, las leyes de identidad de género y las normas antidiscriminación, estas ganancias sociales no se han traducido en una mejoría sustantiva para la salud mental. Hablar de que hoy las poblaciones LGBT+ pueden casarse, adoptar, besar a sus parejas en la calle y acceder al libre mercado del sexo no borra el fondo de la crisis pues existe un sentido de aislamiento y soledad mucho más marcado que antes.
Ante este vacío, retomo el llamado urgente a las poblaciones sexodiversas a cuestionar y a educarse. Frente a la asimilación comercial, existen personas profundamente comprometidas con la educación desde la autogestión y el compartir colectivo del conocimiento. Debemos entender que no somos solo poses para Instagram, ni cuerpos atrapados en los mecanismos de la moda y el gimnasio; no somos meramente mercancía corporal para el sexo. Al permitirnos el acceso al mercado capitalista como una supuesta forma de “aceptación” social, el sistema nos ha dictado cómo ser y qué roles jugar, perpetuando clichés tanto en los medios como en las actividades públicas actuales: el personaje transgénero confinado al trabajo sexual, el eterno mejor amigo gay, el atleta hegemónico que oculta su orientación, la juventud como requisito exclusivo de existencia, el alivio cómico extremadamente gracioso, el destino trágico y solitario, o la bisexualidad reducida a una fase de confusión. Por eso urge construir un conocimiento que emancipe, que libere, que reivindique, que critique e incomode. Cuando una lucha deja de incomodar al poder, es porque se ha instalado en una zona de confort que solo se engaña a sí misma.
¿Cuál es la línea que debe marcar la distancia necesaria entre la autonomía de las poblaciones LGBT+ y su inserción en las agendas políticas de quienes hoy gobiernan desde trincheras varias?, me preguntaba al inicio. A lo largo de estas reflexiones, la respuesta ha cobrado forma, la línea divisoria se traza con la voluntad firme de quienes abanderan las causas. La verdadera lucha no pertenece a las cúpulas partidistas ni al negocio de quienes hoy controlan y administran el pride desde la sutil exclusión disfrazada de inclusión. Lo nutritivo y verdaderamente transformador nace de la corresponsabilidad colectiva en la búsqueda de autonomía, conocimiento, resistencia y libertad. Es hora de poner un alto a las instituciones que simulan ser LGBT+ friendly absorbiendo el trabajo de campo de los colectivos a cambio de un aplauso complaciente o un recurso efímero. Debemos recordar el origen para no perder el rumbo en este 2026: el orgullo nació del disturbio, no del patrocinio.



